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Leyendas Cachirú y Atajacaminos

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El Cachirú
Este mito, sin la difusión de otros como la mulánima o el duende, es descrito por Adolfo Colombres en su Seres Sobrenaturales de la Cultura Popular Argentina.


El Cachirú (también conocido como Cachurú), es representado como una gran lechuza de color gris oscuro y de poderosas garras, y tiene ojos luminosos que denuncian su vuelo nocturno y silencioso. Eventualmente, en la oscuridad se oyen sus fuertes graznidos.
El Cachirú ataca a las personas elevándolas con sus poderosas garras y, destrozándolas, les come el alma para convertirlos en fantasmas. Muy rara vez se lo oye o ve en campo abierto; su zona preferida son los tupidos montes, en donde es casi imposible el acceso.
Se tienen referencias de sus apariciones en Mailín, Santiago del Estero.

El Atajacaminos
Esta extraña ave, de hábitos nocturnos y de canto muy monótono, hacia la hora del crepúsculo se sitúa en los caminos para salirle de repente a los transeúntes. 
Cuenta Félix Coluccio que en algunas regiones traducen el canto del atajacaminos como “chorizo gordo” o “clarito había sido”, en alusión a la añapa de algarrobo que gusta y que no es suficientemente espesa como a él le gusta.
Nos dice también que sobre los huevos de este animal existe la creencia de que al que los saca de su nido les produce un adormecimiento casi cataléptico. En otros lados se cuenta que el atajacaminos era un gaucho bandido, que asaltaba transeúntes y que fue condenado a vivir así, a la vera del camino y con perpetuo sobresalto.¤

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