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Un País en Ruinas Imprimir E-Mail
Escrito por Luis Alberto Lecuna   
sábado, 01 de marzo de 2003

Los argentinos debemos desarrollar una contracultura basada en la ética, el trabajo, el desarrollo sustentable y una verdadera democratización de la inteligencia, para oponernos y vencer como comunidad nacional a la actual cultura de la mediocridad y a la autodestrucción que ejercen para su propio beneficio las nefandas corporaciones que manejan nuestro destino individual y han hecho de nuestra patria, un país en ruinas.

En ocasión de la firma del Tratado de la Unión Europea en la ciudad holandesa de Maastricht, en febrero de 1992, los líderes de los países miembros coincidieron en afirmar que la Unión “antes que económica, es y debe ser de orden cultural”. Fue así que la Comunidad Económica Europea cambió de nombre para denominarse Comunidad Europea (CE), perdiendo el término “económico”. A partir de la entrada en vigor de dicho tratado los ciudadanos europeos fueron formalmente considerados mucho más que meros “sujetos económicos”.
Por su parte, fue Freud quien afirmó acertadamente que “...sólo la cultura puede mitigar el instinto de autodestrucción inherente a la especie humana”, y a la luz de los actuales acontecimientos mundiales, la cultura y el sentido común no parecen estar en la agenda de quienes deciden los destinos de la humanidad.
En nuestra condición de país emergente, sin el control propio de nuestros intereses nacionales estratégicos, inmersos en décadas de corrupción estructural y bajo riesgo de perder nuestra propia entidad como Nación, quienes creemos que una Argentina distinta es posible, debemos asirnos con determinación al desarrollo de una contracultura basada en la ética, el respeto de la ley, el trabajo y el desarrollo sustentable, para oponernos y vencer como comunidad nacional a la actual cultura de la mediocridad y la autodestrucción que ejercen para su propio beneficio las nefandas corporaciones que manejan nuestro destino individual y el de nuestra patria.
Existe actualmente en Argentina una cultura seudo-democrática que debe ser reemplazada por una contracultura democrática. Argentina como país tenderá a la desaparición si no se opera en la gente y en las mentes este cambio cultural, y mientras siga vigente una tabla de valores negativos basada en creencias, comportamientos, hábitos y costumbres en donde impera el individualismo feroz y la falta de conciencia cívica que explican por qué estamos como estamos.
Por eso es imperioso gestar una nueva organización social basada en una contracultura signada por valores positivos, lo cual requiere una estrategia coherente y consistente de adaptación para el cambio. Para ello, es imprescindible hacer un aporte sustantivo al diseño de políticas públicas y al accionar privado en materia de Cultura y Educación, por ser éstas históricamente las claves de la transformación para un desarrollo digno y de calidad.
Pero... ¿qué medios de comunicación están haciendo su aporte para este cambio? ¿Qué propuestas políticas están privilegiando la educación por sobre las otras variables socioculturales? ¿Acaso Argentina no alcanzó a tener entidad como nación y convertirse en su momento en faro de civilización, cuando los líderes de antaño (como Sarmiento) privilegiaron por sobre todas las cosas “la educación del soberano”?
De aquella Argentina pensada por Alberdi, Sarmiento, y tantos otros, las cosas cambiaron significativamente, pero para mal. Aquel país que estaba signado a ser una de las grandes potencias mundiales, es hoy un eficiente expulsor de los argentinos más capacitados, un Estado inepto envuelto en la anomalía a la que lo lleva la falta de un proyecto de Nación. En tanto, la indigencia avanza, el hambre y la desnutrición avanzan, y la corrupción sigue instalada en los despachos de las corporaciones que nos dominan porque nosotros, como sociedad, nos dejamos dominar.
Pueblo manso, que sólo reacciona cuando le tocan el bolsillo individual (corralito), pero que no reacciona cuando le roban del bolsillo colectivo (nación, intereses nacionales). Pueblo zonzo, porque funcionamos más como individuos que como sociedad, porque el Estado nos es ajeno, porque lo que debiera transformarnos la vida para bien, que es la política bien ejercida, nos ha degradado económica y socialmente, entonces le echamos la culpa a la política, y ésta se transforma en mala palabra.
Pueblo cómodo, porque siempre esperó la llegada del líder magnánimo, benefactor y dispendioso que le solucionara todos los problemas por arte de magia. Y esto lo arreglamos entre todos, o no lo arregla nadie.
O cambiamos o morimos. O entendemos individual y colectivamente que no hay otro camino que el gestar esta contracultura y obramos en consecuencia, o ni siquiera llegaremos a conmemorar el bicentenario de la revolución de Mayo como país soberano.
Partiendo de esta consigna, está claro que esta contracultura democrática será el instrumento del cambio que nos permitirá moldear nuestra conducta ciudadana hacia la consecución de un fin común, con reglas claras y compartiendo no sólo un lenguaje, sino también conocimientos, capacitación integral (formal, humanística, técnica, tecnológica), costumbres virtuosas y un sistema justo de premios y sanciones, en el marco de una una filosofía de vida basada en el esfuerzo, la solidaridad y la ética ciudadana que nos distinga e identifique.
Para parir “una nueva y gloriosa Nación” -como dice esperanzadamente nuestro Himno Nacional- necesitamos recuperar los valores perdidos y mancillados por la actual cultura de la mediocridad. Nuestros abuelos no vinieron del viejo mundo a estas tierras a depredarla como tantos políticos de hoy y de siempre, o como tantos sindicalistas y empresarios actuales. Ni mucho menos esos tanos, gallegos, judíos, alemanes, polacos y árabes valerosos y corajudos que se animaron y cruzaron el océano en busca de “planes trabajar”. Vinieron a agachar el lomo, a trabajar de sol a sol, a dar a sus hijos la educación que ellos no pudieron recibir, y a transmitirles la cultura que ellos heredaron de sus padres: la cultura de la honestidad, del esfuerzo y del trabajo. Ellos vinieron a construir un país. Y unas pocas generaciones después, esta tierra pródiga como pocas, está expulsando a sus nietos y bisnietos. Perdón. La tierra no, sino quienes la manejan a su antojo a partir de nuestros votos. La contracultura que debemos impulsar es también la de recuperar aquellos valores de nuestros abuelos y bisabuelos, y la de hacer un control de gestión de nuestros mandatarios, y si no cumplen, echarlos de las pestañas.
El mundo se ha convertido en un inmenso mercado global con ganadores y perdedores, y si bien es imprescindible desarrollarnos, producir bienes y servicios y comercializarlos, es también importante generar una nueva “moral de la productividad” que rija las relaciones humanas y sociales del nuevo país. Por eso no deja de ser apropiada la idea de generar un “capitalismo popular”, es decir, un capitalismo con contenido social que no se desentienda ni de la gente ni del cuidado de nuestro planeta.
Junto con la producción y el desarrollo económico y guiando al mismo, una sostenida democratización de la cultura y la educación son las únicas armas con que dispondremos para revertir la marginación, la indigencia, y el deterioro integral de Argentina, y eliminar sus actuales miserias física y morales.
Argentina es un país en ruinas, y aún estamos lejos de ver cambios significativos que nos indiquen que estamos, como sociedad, dirigiéndonos al camino de la refundación nacional. En esta transición dolorosa y casi interminable hacia una nueva nación, estamos asistiendo (unos sufriéndolo en carne propia, otros desde la distancia física pero desde la cercanía que brindan los sentimientos), al bochornoso espectáculo de un país sin rumbo, inmerso en corrupción y con heridas lacerantes en todo el cuerpo social, cuyos estertores agónicos se prolongan más de lo debido y de lo tolerable.
En la construcción de una nueva Argentina se necesita más que nunca del aporte de todos los argentinos de buena voluntad y con sentimientos de amor por su patria, y particularmente de los trabajadores de la cultura y los profesionales de la educación y la comunicación. Docentes, profesores, artistas, artesanos, promotores y animadores culturales, comunicadores sociales, administradores y especialistas en política cultural y educativa imbuidos de este espíritu transformador y refundacional, serán imprescindibles para dotar de nuevos contenidos y estrategias que sean el vehículo de acciones concretas para el sostenido desarrollo integral de nuestra comunidad, habida cuenta de que el verdadero protagonista de esta “revolución de los honestos”, el recipiendario del cambio social, será cada vecino, cada ciudadano de nuestra patria, de esa Argentina que entre todos, unidos, debemos construir, si es que queremos llegar al segundo Centenario de la Revolución de Mayo, llamándonos , todavía , “argentinos”. Ø

 
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