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“Angel de la guarda, dulce compañía, no me abandones ni de noche ni de día” Estaba en la sala de terapia intensiva respirando los últimos acordes de mi vida. El aire enrarecido salía, áspero por la enfermedad de mis pulmones, como las quejas del fuelle de un viejo bandoneón. Pensaba en mi vida y sentía miedo. Pensaba en mi muerte y sentía paz. Los dolores que por tantos años se habían apoderado de mi cuerpo iban dando claras muestras de abandono. Lentamente sentía cómo mi cuerpo endurecido se aflojaba, cómo cedían los dolores y la rigidez de mi nuca. La curva de mi espalda me iba despojando, de a poco, tiernamente, del mal contenido en aquellas dolencias que se habían hecho dueñas de mi cuerpo treinta años atrás. Vi a mi esposa a mi lado, como había estado toda su vida -y la mía- desde que tenía trece años. A mi único hijo varón, al que había preparado por tantos años para que cuidara de la familia luego de mi muerte en vida. “Ingeniero” había gritado a los cuatro vientos en la maternidad cuando nació, pero fue escritor. A mi hija mayor, la primer chancleta y, a lo lejos, a mi hija menor. A lo lejos porque vivía en el exterior, pero muy dentro mío porque era la gurrumina de la familia, la pizpireta, la enchufada. Los dolores, antiguos e inquebrantables hostigadores de siempre, desaparecían rápidamente. La calma me invadía suavemente, dulcemente. Todos los odios y rencores desaparecían. Todo el amor que nunca supe expresar me asaltó por última vez. Teniendo a mi familia a mi alrededor, supe que era momento de partir. Ya no había más motivos para sufrir. Ni yo por mi dolor, ni ellos por mí. Ya no quedaban rastros de aquellos dolores físicos y emocionales. Dolores que, afortunadamente, me prohibieron ser quien podría que haber sido, dolores que, gracias a Dios, me permitieron ser quien fui. Todo estaba preparado para afrontar mi muerte, mi abandono. Los miré, a uno por uno, les toqué las manos suaves, tristes y nerviosas con mis manos flacas y descontroladas; les dije con caricias, no con palabras (mi boca estaba ocupada por mangueras y cánulas) cuánto los amaba y que no me odiaran por dejarlos. Con las pocas lágrimas que quedaban en mi cuerpo, desparramadas por mis mejillas gastadas por el dolor y la enfermedad, di mi último respiro y mi último adiós. Hoy los sigo vigilando, cuidando y amando, pero sin aquel dolor físico, desde lo más alto de mi condición humana: desde el cielo, desde el alma. Con amor: papá. (1933-1996)
“Angel de la guarda, dulce compañía, no me abandones ni de noche ni de día, hasta que descanse en lo brazos de Jesús, José y María. Si me desampararas, yo me moriría”
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