El señor B despertó una mañana de un sueño que no quería irse. Mientras se duchaba estaba en una playa donde se veía una montaña tronchada como un volcán y una selva borroneada por tinieblas. Mientras se afeitaba y cepillaba los dientes, organizaba una choza que se había construido con palos y hojas de palmera. Mientras desayunaba pensaba si iría a cazar algún ave o intentaría arponear un pez en la entrada de mar. Después, organizando su portafolio y el sandwich para el almuerzo, le sucedieron tantas torpezas que pensó que no estaba en ningún lado. La espera del ómnibus en la esquina fue como siempre, mirando pasar autos como si contara ovejas para dormirse, y el viaje al trabajo, también de costumbre, dormitando y sobresaltándose, una y otra vez.
En la oficina cometió varios errores que pudo corregir a tiempo porque hacía muchos años que se encargaba del mismo papelerío de la empresa y ya los clasificaba sin prestar demaciada atención. Por la tarde volvió a la choza aunque ya no había un mar cercano sino que lo rodeaban matorrales y se escuchaban rugidos de fieras. Esto confundió al señor B porque nunca se había dormido mientras trabajaba.
Esa noche soñó que navegaba con otros hombres en una frágil barcaza con una amenazadora tormenta que desde el horizonte mandaba encrespadas olas. La posibilidad de zozobrar fue una preocupación recurrente por el resto del día, al punto que otros empleados notaron algo y le preguntaron si se sentía bien. Otra vez en su cama, a la misma hora y en la posición que le resultaba más cómoda, el señor B sintió una nueva ansiedad, mezcla de miedo y atracción; pensó que eso no estaba tan mal: pero luego, y por responsabilidad con su empleo, tomó dos pastillas para dormir que guardaba desde un tiempo atrás. Pronto se desbarrancó en un abismo somnífero que lo mantuvo por una eternidad en un laberinto en el que el destino lo iba a enfrentar con un adversario con cuerpo de hombre y cabeza de toro llamado el Minotauro. Los atenienses debían entregar todos los años, como tributo, siete jóvenes y siete vírgenes a Minos, rey de Creta, para que éste alimentara al monstruo. El señor B decidió librar a sus conciudadanos de semejante penuria y por eso entró en el laberinto del que nadie salía, ni siquiera el monstruo, por lo complicado de su diseño. Iba dispuesto a matarlo o a morir en el intento. Ariana, la hija del rey Minos, se había enamorado de él y le había dado una espada para luchar y un hilo muy fino de oro que debía ir desenrollando a su paso para luego encontrar el camino de salida. El señor B mató al Minotauro, escapó del laberinto y con Ariana y los jóvenes liberados se embarcaron para cruzar el Egeo.
El señor B estuvo en la oficina tal cual en cientos de mañanas anteriores durante los veinticuatro pasados años. Sin embargo había atravesado el primer umbral, estaba iniciado en el sendero del héroe. El héroe mitológico que se retira del mundo hacia su interior para encontrar la energía que lo transforma en un ser superior cuando retorna entre sus pares. Y con esa ayuda sobrenatural puede dejarlos como están o cambiarles la vida para siempre. Y por ser elegido de los dioses, elige a la diosa. El héroe es el origen y el fin del mito, aunque el mito es el creador del héroe. Sin embargo, la señorita L, recién incorporada a la empresa, se levantó de un salto y le dio al señor B una cachetada que dejó cinco blancas marcas en su mejilla encarnada. Ø