Asumir una actitud crítica sobre la política exterior de los Estados Unidos parece lo más fácil y, al mismo tiempo, lo más lógico en días en que la Casa Blanca inicia una guerra a espaldas de la ONU. Incluso, sin el apoyo de potencias de la UE como Francia o Alemania.
Algunos análisis ponen énfasis en las acciones bélicas; duración de las operaciones en Irak, prevención de ataques terroristas, intereses empresariales en el proyecto de reconstrucción de ese país, etc. Pero debe reconocerse la enorme complejidad del mundo que le ha tocado liderar a la dirigencia estadounidense. Desde 1945 sobrellevó el avance de la URSS con su propuesta antagónica de organización social, reconstrucción de la Europa occidental de posguerra, intervención en conflictos de Oriente Medio, combate del avance del comunismo en América Latina (sosteniendo dictaduras varias) y, desde 1989, liderazgo absoluto en el ámbito militar y económico. Dificultades en muchos frentes para una nación que hace y piensa casi al mismo tiempo. Por eso es que hoy le toca pelear contra aquellos “monstruos” que creó ayer, con creativa improvisación, para asegurar su liderazgo global.
Pareciera ser que las dirigencias de países como Argentina no tuvieran responsabilidad directa sobre el mundo que vivimos. Sin embargo, un poder político-militar fuerte en la región de América del Sur, obligaría a la Casa Blanca a un diálogo profundo sobre los pasos para resolver crisis como las de Irak. Nuestros gobernantes optaron por renunciar a todo intento de desarrollo del potencial geopolítico regional. Ha quedado demostrado que la posición de Francia, Alemania y Rusia no basta.
Por su parte, Blair, Berlusconi y Aznar (este último mucho más) demuestran que los lamebotas prosperan también en Europa. Lo de Blair es más entendible porque el Reino Unido asumió hace décadas la conveniencia de ser la pequeña oficina estadounidense en el viejo mundo. Lo de Aznar convierte a España en la vergüenza iberoamericana del momento.
La propuesta de los Estados Unidos para las décadas que vienen es la siguiente: nosotros (el pueblo de Dios, el país del bien) eliminamos el mal (por medio de las armas) y nos repartimos los beneficios (negocios y derechos sobre los recursos “salvados”) del trabajo sucio. Ustedes (europeos, asiáticos y latinoamericanos), simplemente eviten contrariarnos, porque sino serán parte del peligro para la seguridad nacional de los norteamericanos.
Desde ahora el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas será pieza de museo, después del ridículo vivido. ¿Nadie se atreverá a sancionar a la Casa Blanca por violar acuerdos del organismo multilateral? No es la primera vez: recordemos la Corte Penal Internacional, tratado de Kyoto, y siguen los casos.
Como todo presidente de EE.UU. George W. Bush tiene su película representativa: La vuelta al Planeta de los simios. Su país está a la cabeza de dicho rumbo. Ciertamente los humanos del subdesarrollo anhelábamos otra cosa. Pero creo, tendremos que esperar otros mil años más. Ø