Las balas aullaban sobre nuestras cabezas. Los morteros, gritaban estruendosos a nuestros flancos. La tierra, envuelta en polvo, sangre y carne quemada, volaba sin sentido aparente de un lado al otro de nuestro bunker. Los aviones, los nuestros y los de ellos, pasaban rasantes sobre nuestros cascos gastados; camuflados estúpidamente, como si de esa manera nadie nos pudiera identificar, con las mismas estúpidas hojas, arrancadas estúpidamente, de los estúpidos pajonales. La radio, entre una interferencia y la otra, daba el reporte diario -y exacto- de lo que en otros sitios estaba sucediendo: quiénes se acercaban y quiénes se alejaban. Daba palabras de aliento y gritaba voces de desesperación. Nuestras vidas -como la de muchos otros soldados- dependían de ella.
Aquella mañana había amanecido oscura por la gran cantidad de humo de pólvora que se elevaba insolente en el cielo; por las nubes de tormenta que corrían de un lado al otro, como queriendo escapar de esta estúpida guerra, pero sin saber con certeza por dónde. Ni hacia dónde. De todos los costados nos llovían balas y bombas. De ninguna parte caía la paz tan ansiada; aquella paz que nos habían enviado a encontrar detrás de esta batalla. Una paz que nuestras almas sólo encontrarían en el refugio de nuestras familias. La radio seguía gritando ruidos ensordecedores, pero nada claros. La antena, que apenas se mantenía en pie sobre un montículo de tierra, bailaba como una loca bajo el ulular de los aviones caza. El frío de la mañana había amanecido, temeroso, a nuestro lado; abrazado a cada uno de nosotros, como temiendo salir al campo de batalla. El sol, escondido detrás de las nubes, miraba por las rendijas que quedaban entre una y otra, para saber cómo se iba desarrollando aquella incoherente aventura humana. La radio, seguía dando informes, pero cada vez más espaciados, a diferencia de nuestros momentos de descanso. La comida se hacía rogar, pero no faltaba; al menos, por los cálculos que habíamos hecho, nos duraría todo lo que la guerra o nuestra permanencia en ella se prolongase. El agua, aunque más escasa, también estaba segura, al igual que las municiones. Nada, salvo la paz y la tranquilidad, escaseaba. Hasta la provisión de puchos era más que holgada; salvo por los informes de la radio. Estos, cada vez se hacían más y más esporádicos. Por un lado, nos desesperábamos cuando ésta se callaba por un período mayor a la media hora, que era a lo que nos tenía acostumbrados, pero por el otro, era mayor la alegría cuando ésta gritaba, ya que generalmente era para informar que las cosas iban de peor a mejor. Distintos puntos estratégicos en los que teníamos batallones, iban cayendo en nuestras manos. La guerra, pronto llegaría a su fin, y nosotros, emprenderíamos, felices, el regreso a casa.
Las noches llegaban bajo los gritos tortuosos de las almas que vagaban sin encontrar un rumbo hacia el cielo y la calma. Llegaban anunciadas por el silencio de los morteros, y por la ausencia de los aviones. Llegaban plácidas hasta la mañana siguiente, en la que despertábamos sobresaltados -cada vez más tarde- por las mismas balas, bombas y gritos de horror. Gritos de dolor.
La guerra es la guerra. Todo debía soportarse hasta que llegara la paz. Por eso estábamos en este pozo de almas. Por eso, combatíamos con la bandera, la bandera de la libertad, enarbolada en nuestras mentes. El escenario cambiaba poco a poco, suavemente. De ráfagas incesantes de disparos y bombas que caían una tras otra, segundo a segundo, pasábamos a ráfagas de disparos y bombas que caían. En el refugio de nuestro bunker, sabíamos que la guerra estaba terminando, lo presentíamos. Lo intuíamos. La radio, cada vez hablaba menos; y cuando lo hacía, gritaba victorias; y las interferencias, eran más comunes y frecuentes. Las sonrisas se develaban poco a poco, como el sol desde detrás de las nubes de polvo; como la luna desde detrás de la tormenta.
El fin estaba cerca. La radio seguía crepitando y, detrás de ella, esperábamos la llamada final, la llamada de la paz. Aquella llamada que nos haría felices, aquella llamada que nos sacaría de esta agonía de vivir por más de tres meses en un pozo lleno de agua, sudor, muerte, casquillos de balas y granadas listas para ser detonadas. Un pozo con seis almas desconocidas, pero aunadas por la desesperación de libertad; unidas por una misma necesidad: la de volver a casa urgentemente. Se sentía en la piel, y de ello dependían nuestras ganas de vivir. Cada uno contaba su historia en los momentos en que las balas, los aviones y los morteros se callaban. Cada uno derramaba su lágrima de alegría y su lágrima de tristeza; lágrimas por aquel amigo que murió más allá, y lágrimas por aquella mujer que dejó más acá. Todos, sin excepción, llorábamos ansias de libertad. La opresión de vivir bajo una red que nos camuflaba, nos estaba matando. No poder ver un sol verdadero y una luna auténtica, nos estaba llevando a la locura. Nada era real, todo era pantalla. Salvo nuestras ganas de vivir y lo que la radio nos gritaba. La guerra, pronto acabaría, gracias a Dios.
Una mañana -la que más tarde nos despertamos- el ruido de un mortero nos sacó del profundo adormecimiento que se había apoderado de nuestros cuerpos agotados. Había sido tan calma y plácida la noche, que más de uno pudo encontrar la paz para dormir, profundamente, por primera vez, en meses. Aquel mortero había caído justo delante de nuestro bunker, al lado de la antena de la radio. La radio, por suerte, estaba en perfecto estado y transmitía interferencias continuamente, como lo venía haciendo desde hacía treinta horas y como lo viene haciendo desde hace seis meses. Las balas, los morteros y los aviones ya se callaron, por lo que seguimos esperando, esperando... y esperando... Ø