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Sólo el hada tanguera tiene las llaves del cielo Imprimir E-Mail
Escrito por Pablo Goldstein   
martes, 01 de abril de 2003
El aprendiz de tango
Es un personaje peculiar. Torpe y asustado como un pajarito caminando sobre el césped, está tan preocupado en ver por dónde va, que se olvida de casi todo lo que le explicaron que debería hacer. La cabeza erguida, sin mirar al piso, los hombros levantados, el andar de gacela, como un avión en el horizonte, o como un patín sobre un piso encerado. Sin levantar demasiado los pies, pasar siempre con el pie que se mueve por el eje central, apoyar la parte más carnosa del pie en vez de toda la planta, el talón o la punta. Tomar con delicadeza a la compañera abrazándola con la mano derecha con carácter, mas no con fuerza. Apoyar la mano a la altura del bretel del corpiño (otros profesores recomiendan el omóplato) y la mano izquierda, actúa como balance. Está cerrada y firme, mas no aprieta, no incomoda. Con ambos brazos y manos, respeta y protege a la compañera. El codo nunca debe sobrepasar un ángulo de noventa grados entre el brazo y el antebrazo y el ángulo del hombro no debe superar los cuarenta y cinco grados. Además los ocho pasos básicos. La izquierda abre, la derecha avanza y después lo hace la izquierda, la derecha nuevamente y la izquierda cierra para que la mujer cruce, y la resolución. Después el sandwichito, la sacada, el molinete.

Zombies en la pista
La presencia de la gente en las clases de tango es tan fortuita, que a veces puede haber tres mujeres para cada hombre y, a veces, como aquel nublado jueves de marzo, sólo dos mujeres para diez hombres. Entonces al profesor se le ocurrió una solución inteligente:
-“La mejor forma de bailar el tango, dijo a sus discípulos, es bailar solo”. Contó brevemente la historia de varios bailarines famosos que se entrenaron durante años entre bambalinas, hasta animarse (o que los dejaran) salir al ruedo y bailar en la milonga. Cierto o falso, convenció de todas formas a su tropa a bailar perfectamente toda la noche con una compañera imaginaria.
El grupo, tan heterogéneo como lo es cualquier grupo en esta parte del mundo, formando un verdadero bouquet de etnias (orientales, negros, blancos europeos, indoamericanos, todos con un común denominador en dos por cuatro o en seis por ocho) dividido ahora en unidades individuales, lo que era el grupo es ahora un conjunto de zombies desplazándose animosamente por todo el salón, abrazados a nadie, caminando de mil diferentes formas.

La primera vez que la vi
Estaban probando uno de los pasos nuevos, el lápiz, una especie de seis trazado en el piso con un solo pié, hasta que se junta con su homólogo en el centro, entonces -con ambos- pivotea y gira cuarenta y cinco grados, cuando la vi por primera vez. A diferencia de cualquier otra hada de los cuentos, ésta entró en el salón sin ningún otro halo en derredor que no sea el de su propia aura. Tanguera y bailarina, profesional de las que se reconocen a primera vista, elegante en el andar, se desplazó con sigilo hasta donde bailaba uno de los zombies abrazado a nada, se metió entre sus brazos en el más absoluto silencio, cubrió con su cuerpo todo el espacio que el sorprendido aprendiz había dejado delante de sí, de modo que el bailarín se encontró de pronto abrazado a una compañera que latía como late la vida, que además irradiaba calidez e infundía confianza en el noble tanguero. Apoyó el hada su cabeza con sensualidad sobre el hombro del todavía asombrado, y se dejó llevar tan coordinadamente como le fue posible, haciendo ver a su compañero como un gran bailarín. Ella misma lucía esplendorosa, como si hubieran ensayado los pasos con él toda la vida. Claro, ensimismados en sus propios bailes, nadie sino yo pude observar la escena.
Al terminar de bailar con él, bailó unos compases con cada hombre de los que estaban allí. A este le corregía la postura y a aquel otro le enseñaba a caminar derecho. Al de más allá le levantaba el codo y al otro le acomodaba la cabeza. También hizo lo mismo con las dos mujeres, y no se detuvo hasta no bailar con todos los que allí estaban.
A cada uno le dejó una enseñanza. A cada uno le dejó el influjo de su magia.
Uno de los participantes había intentado retenerla a su lado un rato más, pero ella se negó ofreciéndole a cambio su mejor sonrisa. El hombre entendió el mensaje: supo que su cometido era enseñarle algo a cada quien, y si la retenía, toda la comunidad tanguera podría afectarse.

Moraleja
Si aprendes a bailar el tango, tendrás en las manos una llave que te abrirá todas las puertas, pero especialmente una.
Practica lentamente tus pasos, cuidando todos los detalles. Extiende tus brazos y cúrvalos como para contener a tu compañera. Jamás mires al piso y no andes dando saltos, sino deslizándote con elegancia. Si tienes ilusión y afinas el oído, si logras alguna vez la gracia en tus pasos y la postura correcta, la verás llegar, acercándose a ti, con delicadeza, con sensualidad, con la emoción única de compartir la pieza con una compañera. Escucha su corrección y su consejo, estará siempre a tu lado, enseñándote cómo guiar a la mujer real que una vez ocupará el espacio que hay entre tus brazos rodeando a nada, y tu pecho. Siente latir su corazón. Cuando suenen acompasados los dos últimos acordes de dominante y tónica, tendrás una visión colosal, pues ella te abrirá la entrada a ese cielo celeste y blanco, al que sólo acceden los que bailan con destreza el tango, la milonga o el vals. Ø

 
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