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En mis muchos años de transmitir boxeo profesional, tanto para la radio como para la televisión, he tenido la suerte de conocer a casi todo el mundo del ambiente boxístico mundial y también la aceptación del público, quienes siempre me han dado su voz de aliento y también su elogio, cosa que siempre a uno le gusta porque hace que nuestro ego se sienta satisfecho, ya que todos lo tenemos. Pero el mejor elogio y el que nunca olvidaré, me lo brindó una persona con una enorme sensibilidad y unos deseos enormes de seguir adelante en la vida. Todo ocurrió hace un par de años durante la cena anual del Salón de la Fama del Boxeo (Boxing Hall of Fame), una cena que reúne a más de 2,000 comensales. Estaba sentado a la mesa y un amigo me dijo: “hay una persona que quiere conocerte. Ahora te lo traigo, pero tené cuidado,” me dijo, “anda con un bastón.” “Bueno” le dije, “si no es para pegarme, ve por él.” Al rato se acercó la persona que quería conocerme, y traía bastón, pero un bastón blanco. Era ciego. Me dijo: “Me llamo Eli y soy colombiano. Siempre sigo sus transmisiones. ¿Me deja que le de un abrazo?” “Claro que sí” le dije, “y gracias por escucharme” “La verdad, cuando lo escucho, yo veo las peleas en mi mente, por lo descriptivo de su relato. Por qué no me invita un día a una cartelera boxística? Quiero estar bien pegado al ring para vivir las peleas bien de cerca” Por supuesto que lo invité. Fue una cartelera en el Hollywood Park Casino de Inglewood, California. Llegó puntual y me dijo “quiere que comente las peleas con usted?” El ingeniero, Mario Saavedra, me miró atónito como diciendo, ¿qué hacemos? Le dije “ponele los auriculares” Fue asombroso. A través de mi narración, él comentaba y lo hacía muy bien. No lo podíamos creer. Un ciego comentando boxeo en vivo por radio. Hubo un fallo descabellado por parte de los jueces y Eli dijo: “estos jueces ven menos que yo!” Y todos reímos. Qué lección de vida la de Eli, quien a pesar de ser un no vidente, sigue un deporte como el boxeo a través de las narraciones y comentarios. Cuando terminamos la transmisión, estaba radiante de felicidad. “Esta fue una noche inolvidable para mí” Y no terminaba de agradecerme el que lo hubiera invitado. Hace unos días lo vi en una cartelera. Yo estaba transmitiendo y él y otros dos no videntes subieron a cantar el himno de los Estados Unidos, el que a mí me pareció un himno a la vida. Yo, como tantos otros, vivo quejándome, tomé este ejemplo de no quedarme de brazos cruzados ante la adversidad. Creo que el mejor elogio que me han hecho en mi vida me los dio este ser humano excepcional que a pesar de ser un no vidente, quiere y siente el boxeo tanto o más que yo. Ø
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