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Carmencita Calderón: Símbolo del tango orillero Imprimir E-Mail
Escrito por Silvia Dopacio   
martes, 01 de abril de 2003
Supera los 96 años y con sus ojos pícaros parece decirnos que sabe que es símbolo del milonguear canyengue y orillero. La vi la otra noche en la milonga La Baldosa, en el barrio de Flores, festejando un cumple. Esta piba milonguera es simpática y conversadora. “El asunto empezó un domingo a la tarde, en el club Sin Rumbo. Yo tenía dos hermanitas, que tuve que criar al morir mi madre. En ese tiempo, la mayor tendría quince años y, como antiguamente las chicas no iban solas al baile, esa tarde de verano yo la acompañé y me quedé sentada donde estaban todas las viejas. Sí, era joven, y sabía bailar muy bien. Aquella vez me insistieron para que aceptara bailar con un señor que estaba allí. Supe que era José Giambuzzi, El Tarila, que había quedado viudo poco antes, y me acordé de que yo había visto pasar el cortejo fúnebre por la calle Constituyentes, mirando por la ventana de mi casa. La cosa es que acepté bailar, y al terminar la pieza, el Tarila me dice: “¿Usted aceptaría ser mi compañera, y la compañera de Benito Bianquet, el Cachafaz?” Cuando escuché Cachafaz me prendí como abrojo. Debuté con don Benito en el cine teatro de San Fernando: tocaba Pedrito Maffia; para mí, el más grande bandoneonista” Recuerda como si fuera hoy, ese 1933. Ella es hermosa, menudita y lleva el pelo peinado para atrás y un chal dorado al cuello. Toma agua con hielo, es que en Buenos Aires hace mucho calor y son como las 2 de la matina, mientras mira la pista floreciente de piernas que se cruzan. Carmencita cuenta que “durante esos años trabajamos mucho en compañías como la de Canaro, y también viajábamos. En ese entonces don Benito extrañaba Buenos Aires como loco porque él era de dormir todas las noches en la casa de su mamá, y le gustaba llegar todas las tardes, a las seis, al café de Corrientes y Talcahuano. La primera mesa, era su secretaría. Ahí iban a verlo los amigos: Tito Lusiardo, Elías Alippi, Carlitos Gardel” y sonríe y entorna sus ojos como recordando. Todo el que está en la milonga sabe quién es y la besamos con amor, como si fuera nuestra hermana mayor, nuestro amorcito orillero. Recuerda la última salida con el Cachafaz: “hasta esa misma noche estábamos actuando en El Rancho Grande, de Mar del Plata. Terminamos la función y yo me fui para la pieza de la patrona a escuchar por radio un partido Argentina-Uruguay. De repente, se abre la puerta. Era don Benito: “Carmencita, la espero después del partido para tomar medio whisky” (no me tuteaba, siempre fue muy respetuoso). “Bueno” le digo, y se va. Al minuto entra a los gritos una mujer que trabajaba allí: “¡Vengan rápido que don Benito está tirado en el patio!”. Salí corriendo. Lo vi en el suelo. Creí que era nada más que una caída. Era Febrero de l942 y ya habíamos recorrido casi toda Europa. Y en ese momento nos imaginamos entrar compadriando al Cachafaz, a ese Benito Bianquet feo como una noche oscura. Con la cara picada de viruela. Pero tenía una forma de ser... era suave y muy simpático. Ahora, cuando se enojaba, le temblaban todos. El nunca usó revólver: de un cachetazo los dejaba dormidos”.
Pido una copa de vino blanco para poder seguir. Pienso que Carmencita vivió una parte de mi historia, de la historia milonguera y porteña, y aún está con nosotros para compartirla. Sigue contándonos: “fue un gran creador de pasos, pero también tenía muchos cortes (figuras) en común con José Giambuzzi, El Tarila. La diferencia es que don Benito los hacía impecables, sin encorvarse y con una delicadeza que le quitaba lo soez al baile. Para el tango con corte vestía saco negro y pantalón fantasía; para el tango de salón, esmoquin. Entonces me cabecean para salir a bailar... “dale piba, aprovechá que ese baila bien, después la seguimos” Y me voy hacia el abrazo tanguero y vital. Ø
 
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