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La sabiduría y las ganas de saber Con el argumento de que la crisis económica impide mejorar algunos índices, como los de delitos cometidos por menores de edad, deserción escolar, etc., la sociedad ha dejado de ocuparse de vincular dos sectores que en nuestra población pueden aportar mucho. Se trata de los niños en edad escolar y los ancianos, muchos de ellos apartados y sin espacios de participación. Los mayores de edad en la Argentina parecen condenados a vegetar sin derecho alguno a dar opinión o consejos sobre cuestiones sociales importantes, que de hecho ya han vivido. Las experiencias de estas personas pasan a ser anécdotas de bares y hospitales, que nadie escucha con atención. Que nadie parece necesitar. Al mismo tiempo, se discute sobre la incapacidad de nuestras escuelas para generar una propuesta atractiva para los niños, que cada vez parecen más abocados a formarse sobre la base de lo que ven fuera de la escuela. Más precisamente en los medios audiovisuales. Debiera desarrollarse un programa de acercamiento de los conocimientos y experiencias de nuestros ancianos a la escuela, acercamiento a las aulas donde habitan sus propios nietos. La situación de crisis derivó en la sustitución de los padres, abocados a llevar dinero a la casa, los que recibieron con alivio la colaboración de los abuelos en la crianza y cuidado de sus hijos. Pero estas horas compartidas por los mayores y los pequeños, están atravesadas por una actividad hogareña que, por supuesto, no es poca ni sencilla. De modo que es un tiempo compartido en donde hay tantas obligaciones, que la riqueza de la sabiduría de nuestros mayores queda postergada. De los geriátricos a las aulas, podría definirse la idea. Es que unos suelen sentirse solos y poco atendidos. Mientras otros parecen recibir una sucesión de estereotipos y modelos de individuos que sobrepasa su capacidad de asimilación, además de desvincularlos de los valores sociales que forjan una identidad con dudas “existenciales” que ni padres ni maestros parecen advertir y poder eliminar. Podrían implementarse visitas semanales. Para los menores, excursión didáctica y segura, sin salir del establecimiento. En tanto que los abuelos lograrían escaparle a la rutina del jardín o la sala de video, además de volver a ser escuchados. Los alumnos suelen ver en los maestros a la autoridad. Así que cuando llega a clase una persona externa a la institución, el silencio, como la curiosidad, abunda más que de costumbre. Es una ventaja que se explota muy poco. No creo que la cuestión sea la falta de fondos. Me inclino a pensar en desatención de la sociedad y burocracia de la dirigencia. Sumar esta idea y aplicarla en los programas de estudio depende de la voluntad de la dirigencia educativa y una flexibilización de las estructuras organizativas. No tardarán en aparecer los “pero” y las “objeciones” provenientes de pedagogos, especialistas, etc., además de las supuestas dificultades operativas de trasladar un grupo de “jubilados” hasta una escuela. Tal vez sea hora de que los padres se pongan los pantalones largos y empiecen a decidir cómo desean que sus hijos ocupen su tiempo de recreación dentro de las horas de estudio. Ø
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