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Según comentan los viejos descendientes de tobas y matacos, el Río Bermejo, que baña las costas de las provincias de Chaco y Formosa llegando hasta el río Paraná, en tiempos en que sus antepasados eran dueños y señores de esos parajes, llevaba en su denso caudal agua pura y límpida. De todas maneras, tobas y matacos, fieles a su ancestral diferencia, se disputaban las tierras que bordeaban el río. Pescaban, se sumergían en sus frescas y cristalinas aguas para calmar los efectos del quemante sol y se sentaban a sus orillas disfrutando las noches de luna.
En una de sus constantes guerras, las fuerzas de los matacos capturaron a la hija del cacique toba, llevándola a vivir a sus tierras. Fue muy duro en los primeros tiempos la vida de la joven y bella india. Pero el tiempo, que todo lo suaviza, le hizo más llevadera y menos extraña la compañía de los matacos, más aun cuando conoció al hijo del cacique de sus captores. Pasaban horas juntos conversando bajo la sombra del urunday, nadaban en el río, paseaban en silencio admirando pájaros y ciervos. Pero había una pesada sombra sobre sus vidas. La relación entre tobas y matacos estaban prohibidas por los hombres y maldecida por los dioses. El consejo de la tribu dio órdenes estrictas prohibiendo los encuentros de la pareja, mas ellos trataban de hacerlo en secreto, amándose con sigilo. Sin embargo, los habitantes de la tribu se comentaban unos a otros que los veían juntos aquí o allá, desoyendo lo mandado por el consejo. Llegado el día de una nueva reunión del consejo de la tribu, ambos jóvenes debieron comparecer ante él. Los jefes, que ya habían tomado la determinación, los aguardaban en silencio. Cuando todo estaba listo, el cacique habló firmemente sentenciando: "Había que respetar las tradiciones de la tribu, con más razón tratándose del heredero de la autoridad. Deberán separarse inmediata y definitivamente". Ante la decidida y desafiante oposición de los jóvenes enamorados, el consejo emitió el fallo final: los amantes serían sacrificados, se les arrancarían los corazones y éstos serían arrojados al río. Los jóvenes fueron llevados a lo alto del barranco y muertos por el haiawú (hechicero de la tribu). Cuando el agua recibió sus corazones sangrantes se tiñó de rojo para siempre. A los pocos días del sacrificio, la gente se acercó al barranco: a los corazones no se los había llevado la corriente; flotaban juntos en el mismo lugar en el que habían caído. ¿Era acaso disgusto de los dioses por el cruel final de un acto de amor? ¿Sería un aviso de pestes y sequías? Los jefes decidieron sacar los corazones del agua y quemarlos convirtiéndolos en ceniza, para que no quedaran rastros de ese amor que había contrariado la tradición. Todos los matacos armaron una gran pira; nadie quería contrariar a los dioses. Los corazones latían al sonar de los pimpines (tambor mataco). Días después, un enviado que había sido encomendado para comprobar si el viento había dispersado las cenizas, comprobó con asombro y terror que un arbolito desconocido había crecido en el lugar donde se armó la pira, que lucía entre sus verdes hojas dos flores rojas, una al lado de la otra, en forma de corazón. A la sombra del letanetá, que así llamaron a la nueva planta los matacos, y mecida por las aguas del río que encontró su nombre, nació entonces la amistad entre los tobas y matacos, que aún hoy luchan en el monte para sobrevivir. ® |