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¿Vamo'a pulir el sopi, varón? Imprimir E-Mail
Escrito por Silvia Dopacio   
jueves, 01 de mayo de 2003
Siempre se dijo que el tango nació en la cuna de malvivientes, reos y perseguidos, pero también en medio de los criollos sin laburo que se venían para el centro, los peones rurales que se quedaban en la calle por las nuevas organizaciones empresariales, expulsados del campo, porque ese tipo de ganadería extensiva requería de menos mano de obra. Entonces rajaban con lo poco, la guitarra, el poncho y la china con sus crías. En conventillos, en cuartos de pensión, en donde las madres cocinaban y lavaban las ropas en los enormes piletones de los patios llenos de malvones, todas las familias juntas, los tipos venían del laburo para echarse un rato en la catrera con el sonido de fondo del picadito con la pelota de trapo en la vereda. En Boedo -y vos que estás leyendo te ponés de pie porque es mi barrio-, en La Boca, Monserrat y Palermo. Dicen que cuando el bacán está en cana, la mina se peina rizos. No hay mina que no se espiante cuando el bacán anda misho. Muchas de las pibas en crecimiento se mandaban a la calle para encontrar, al fin, una salida, un destino. Aprendieron a bailar y te decían al oído, con el sabor dulzón del alcohol: ¿vamo a pulir el sopi, varón? Y un rayo de luz eternizaba a los dos.
1880-1890: en esos años se multiplicaron los burdeles, mayormente repletos de mujeres inmigrantes de toda Europa: España, Francia, Italia, Alemania y Polonia, cuyos clientes eran también inmigrantes que habían abandonado a sus familias y mujeres en busca de nuevas vidas en otro continente. Quizás por eso el abrazo. Llegó el bailongo al Café Tarana, conocido luego como el Café Hansen, que estaba en donde ahora está el Rosedal, El Kiosquito, La Glorieta, La Red y El Velódromo, Tambito, el Pabellón de las Rosas. Casi todos estaban en Palermo, en patios que eran de tierra, que se baldeaban para que mientras se desarrollaba la danza no se levantara polvareda y todo estuviera liso para poder bailar tranquilos.
Y allí, el tango, el criollo y el inmigrante, sus hijas, sus hijos y su esperanza, se entrelazaban apilados unos a otros, para olvidar la falta de trabajo, el laburo de vivir en una tierra, muy al sur, entre la pampa, el viento sureño, el riachuelo y ese pañuelo que aún levantamos en el puerto para despedirnos.
Siempre parece que andamos extrañando. Siempre. Somos de una tierra madre que nos ampara a la distancia. Siempre. Por eso el tango y su nostalgia. Siempre el tango. Ø
 
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