El shock de optimismo que se vive en Argentina sorprende a propios y ajenos. Porque convengamos que se sostiene sobre bases poco sólidas al no haberse realizado las reformas profundas que son necesarias en lo político, económico y judicial. Quizás la única explicación valedera de esta saludable ola proactiva no pase por la economía sino por la íntima necesidad anímica de los argentinos de empezar una nueva etapa, con un país predecible, y fundamentalmente con posibilidades ciertas de superar la decadencia integral en que está sumida la nación.
Y como siempre, las cosas tienen distintas lecturas, según el cristal con que se miren. Es real que hay cierta reactivación con un notorio incremento en la compra-venta de bienes inmuebles, pero también es cierto que con la terrible devaluación asimétrica se están vendiendo las cosas a precio vil. O sea que los capitales oportunistas están haciendo su negocio a expensas de gente que está disminuyendo ostensiblemente su patrimonio, o ha quedado literalmente en la ruina.
Es verdad que más allá de los terribles problemas en Santa Fe, seguramente tendremos una cosecha de granos récord, pero por otro lado sólo seguimos exportando materia prima con escaso o nulo valor agregado, imprescindible para generar divisas.
Es cierto también que hay capitales que están comenzando a invertir, aunque son ínfimos en relación con los capitales (no declarados) de argentinos cuyo monto supera la deuda externa, que están resguardados en cuentas de bancos off shore. Además, los capitales extranjeros que vengan deberían hacerlo para generar actividades que también favorezcan los intereses nacionales, quedarse un tiempo preestablecido, y no ser como son ahora, voraces capitales golondrina que vienen para hacer pingües ganancias en cuestión de días, a costa del oprobioso defasaje entre los intereses del primer mundo y los intereses que se ve obligado a pagar el mercado argentino por ser un “país emergente”.
¿Hará este patagónico descendiente de suizos y chilenos las reformas estructurales, políticas y socio económicas que el país necesita? ¿Cerrará el ciclo de endeudamiento permanente de estos veinte años de democracia, que concluyen con los 40.000 millones de déficit que incorporó Duhalde a la eterna deuda externa?
Kirchner habla de cosas sensibles a los oídos de la gente, de los que aman el progreso, la ética y la justicia, ¿pero combatirá eficientemente la corrupción que está instalada en todos los ámbitos? ¿Contará con el apoyo de la gente cuando disponga medidas que defenderán los intereses nacionales estratégicos y por eso mismo lesionarán los intereses de otras naciones o grupos empresarios y de poder económico?
Es fantástico que le brinde un fuerte impulso al trabajo a través de un ambicioso plan de obras públicas, siempre y cuando arbitre los mecanismos para combatir a la “patria contratista”, a los lobbies de empresas que se entongan para presentarse confabulados a las licitaciones, con precios que exceden abrumadoramente los valores reales de las obras que cotizan.
Es maravilloso que hable de que habrá “respeto irrestricto de la seguridad jurídica”, siempre y cuando se venga cuanto antes un “mani pulite” que empiece primero por el propio poder judicial. Y que cuando hable de “la lucha encarnizada contra la evasión fiscal y la corrupción”, empiece por los políticos en general y ambas Cámaras del Congreso en particular. Siendo Ministra de Trabajo Patricia Bullrich les exigió a los “gordos” del sindicalismo la presentación de la declaración jurada de bienes y la respuesta fue desplazarla rápidamente de su cargo. Sin masa crítica de políticos y de pueblo que lo apoye ¿correrá la misma suerte Kirchner cuando diga y haga cosas que beneficien los intereses nacionales a la vez que perjudiquen los intereses sectoriales de las corporaciones legislativa, judicial, sindical y del mismo establishment?
También es de esperar que cuando comience a revisar los contratos con las empresas privatizadas, la gente esté alerta ante las operaciones de prensa que las mismas empresas iniciarán contra el presidente.
A nadie le escapa que durante la década del noventa en este país en ruinas que malvendió quien todos sabemos, las grandes corporaciones hicieron diferencias impresionantes de dinero que enviaron prontamente a sus casas matrices del primer mundo. No por nada el prestigioso catedrático Mariano J. Windis dijo que “de algún modo, el interesante standard de vida del primer mundo, se sostiene en gran parte sobre el doloroso estándar de sobrevida de los países emergentes”
Kirchner ha armado un equipo de gente joven, idónea, con convicciones, como el canciller Rafael Bielsa, el Ministro de Justicia y Seguridad, Gustavo Beliz, Martín Redrado y Alberto Fernández. Esto también contribuye a esta expectativa positiva que se vislumbra en la gente.
Las cosas en Latinoamérica, casi siempre se han dado por “oleadas”, de acuerdo a los intereses estratégicos de las potencias hegemónicas. Por eso no es casual que a las democracias cuasi revolucionarias de los setenta les siguieran en cada uno de nuestros países dictaduras militares, y que a éstas les siguieran democracias de transición o “blandas”.
Ahora parece ser que se da una excepción a la regla, o dicho de otra manera, la llegada de “democracias progresistas” que están logrando en mayor o menor grado cierta convivencia con cada establishment local e internacional, no es algo impulsado por los dueños del poder mundial. El brasileño Lula y el chileno Lagos quizá sean los ejemplos más paradigmáticos de esta nueva tendencia.
Los problemas de Argentina son parte de una rueda que se retroalimenta: inseguridad - desempleo - menos salud - menos educación - exclusión social - mayor inseguridad.
Kirchner sabe que debe generar empleo, aumentar la competitividad, incrementar las exportaciones y reactivar el consumo. Pero cualquier plan de infraestructura, de obras y vivienda, por fantástico que sea, se va a topar con un sistema crediticio prohibitivo.
Por caso, estamos a años luz de EE.UU. en materia crediticia. Si en Norteamérica alguien quiere comprarse una casa, puede recurrir a créditos hipotecarios de 15 a 30 años con un interés del 5 al 6% anual, y si quiere comprarse un 0 Km., tiene un financiamiento a 5 años al 0% anual o puede recibir reembolsos con un interés de menos del 5% anual. Estas posibilidades, que también se dan en España y muchos países del primer mundo, en la Argentina quebrada de hoy, sueñan con cuentos de hadas.
Y este no es un problema de liquidez de los bancos. Durante la década del '90, los bancos ganaron dinero a raudales, pero igualmente el crédito fue inaccesible para la gente, y los intereses eran propios de los mejores usureros. Quienes no tuvieron más remedio que solicitar un préstamo para sostener a su PyME, debieron pagar intereses del 15 al 23 % anual en dólares. Esos mismos bancos son los que ahora reciben el fuerte apoyo del FMI para que sean “compensados” por el gobierno, tras la pesificación asimétrica.
¿Puede progresar la Argentina? Si la defensa de los intereses estratégicos nacionales que va a impulsar el nuevo presidente, coincide con la defensa de los intereses de los grupos económicos del establishment internacional, todo irá viento en popa. Si ambos intereses colisionan, el conflicto está a la vista. De hecho, el discurso progresista del patagónico, no es música agradable a los oídos del FMI, co-responsable de la debacle argentina por imponer la aplicación de fórmulas económicas salvajes e impropias que destrozaron al país, con 14 millones de pobres y más de 9 millones de indigentes, es decir, más pobres que un pobre, sin sus necesidades elementales satisfechas. En los '90, con el libreto del FMI, se logró un país ahora sin gas, luz, petróleo, comunicaciones ni desarrollos de alta tecnología propios como el proyecto Cóndor, que había concretado un vector capaz de enviar un satélite en órbita terrestre. Ya sabemos entonces qué pasa con un país genuflexo y obediente a ultranza, solícito recipiendario pasivo de las “relaciones carnales”.
Si por el contrario y en el otro extremo, se maneja con un discurso visceral, populista y “progre” para defender los legítimos intereses de la nación, tendrá la férrea oposición tanto de los “derechistas” de adentro (muchos de ellos expertos negociadores de las operaciones privatizadoras durante la década pasada), y del poder económico foráneo. Y si se maneja con un mix de corazón, cerebro y bolsillo, las cosas pueden llegar a funcionar. ¿Lula estará marcando el sendero del sentido común a seguir?
Argentina es un país generoso, y esa generosidad gauchesca no siempre fue tratada con reciprocidad. Mientras Monroe hablaba de “América para los Americanos”, Sáenz Peña habló de “América para la Humanidad”
A pesar de haberse cometido violaciones terribles a los derechos de la gente, como depreciar por decreto sus ahorros, expropiarle su dinero con “ahorros forzosos”, “impuestos por única vez” y los más recientes “corralito y corralón”, el argentino quiere darle por ahora su cauteloso voto de confianza a Kirchner, su apoyo crítico y esperanzado a este nuevo gobierno. Ojalá no sea este shock de confianza fuente de nuevas frustraciones para que los argentinos que aún sueñan y se resisten a la diáspora, puedan ver que efectivamente y de una vez por todas, “se levante a la faz de la tierra, una nueva y gloriosa nación” Ø