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La perversión no entra en la historia Los argentinos tenemos una capacidad asombrosa para el papelón. Lo sucedido tras los resultados de la elección presidencial del 27 de abril de 2003, sirvió para recrear otra vez la saga del político inescrupuloso, que nuestra ciudadanía conoce tan de cerca. El “estadista” de Anillaco logró más votos que los demás. Pero no alcanzó (¿la cantidad de votos?, ¿la cantidad de dinero?). Igualmente debe señalarse que más de la mitad del pueblo le dijo no a Menem y no al candidato de Duhalde. Es decir, buscó alternativas alejadas de las estructuras económicas y políticas dominantes. Hubo votos para casi todos los gustos. Quienes desean “un país en serio”, como decía el slogan de la fórmula Kirchner-Scioli vieron en Lopez Murphy una posibilidad de entender la crisis sin soluciones mágicas ni populismo, ni clientelismo. Otros, con el ARI de Elisa Carrió, trataron de hacer ver su rechazo a la corrupción que ni Menem ni Duhalde (mucho menos la Alianza de De la Rúa y Chacho Alvarez) combatieron. Los ciudadanos dispuestos a recuperar, a través del Estado, algo de lo rifado en la década del 90, votaron al Movimiento Nacional y Popular de Rodríguez Saá y Melchor Posse. Con todos los aditamentos que uno quiera agregarle a estas opciones. Triste verdad: más de un 50 % de nuestra población, viéndose obligada a optar entre dos grupos cuasimafiosos que no votó en primera vuelta. Ya no se trata de si hay o no ballotage. Se trata de saber que carecen de legitimidad pero tienen dinero e influencia, que su poder no reside en la autoridad sino en la imposibilidad de la ciudadanía de resolver la cuestión desde otra propuesta. Duhalde quiere mostrar que es un “Hombre de Estado” y que sus meses previos a la caída de De la Rúa no están bañados de conspiración. La investigación y libro de Miguel Bonasso, sobre los hechos de Diciembre de 2001, acerca datos esclarecedores. Porque para violar el espíritu de las leyes y las instituciones de la nación estos hombres no necesitan ponerse de acuerdo. La realidad, a veces, se vuelve insoportable. Muchos de los que votaron a Menem o a Kirchner sienten la necesidad de que estos políticos sean menos malos de lo que son. Buscan razones para justificar su paso por las urnas. A veces no los culpo. Los psicólogos deben poder explicar mejor esto que narro. La angustia de reconocer “a viva voz” que convivimos, y conviviremos, con hombres detestables requiere de defensas intelectuales y morales altas. Cuestión que no abunda, como resultado de las vejaciones cotidianas de que somos víctimas en nuestro país. De pronto, días antes de la segunda vuelta, se hablaba en los medios de prensa sobre la renuncia menemista a participar del ballotage. Se anuncian conferencias. Pronunciamientos al respecto. Movida mediática. Otra vez un país enredado en la “picardía” egoísta de una persona. No se discute a Melconian o a Lavagna (¿serán tan diferentes sus programas económicos?), ni los productos subsidiados por los países del Hemisferio Norte, tampoco la forma de crear trabajo genuino para más de 15 millones de pobres. Dentro de 20, 30 o 50 años, los historiadores dirán que Carlos Saúl no participó del ballotage como gesto de grandeza. O no. Contará, entonces, que nunca perdió una elección, gobernó 10 años sin inflación, transformó Argentina y “redimensionó el Estado”. Pero tras una elección dudosa se abstuvo de participar por falta de garantías o argumento similar. ¿Lo de Menem es para admirar? No tiene manera de perder en el devenir de la historia. ¿Los argentinos de hoy? no tenemos forma de ganar en el contexto del presente. Ø
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