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Escrito por Rodolfo Spadano
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domingo, 01 de junio de 2003 |
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Mis padres eran muy religiosos, pero nunca iban a la iglesia. Mi padre, porque trabajaba siete días por semana, lo cual -por supuesto- incluía el domingo; mi madre porque padecía de anemia crónica y no podía caminar las cuadras que había hasta la iglesia. Sin embargo, todos los domingos, mi madre me hacía bañar y vestir con lo mejor que tenía y me mandaba santificar. Lo que ella no sabía era que a la vuelta de la esquina me esperaban mis compinches, con mis botines, pantaloncitos y la casaca celeste y blanca de “sacachispas” para jugar el partido (yo tenía 12 años). Así fue por un largo tiempo, pero un día, jugábamos contra “la loma”. “La loma” era en nuestro viejo barrio, pero cuatro cuadras más arriba, donde la calle subía (de ahí el nombre del cuadro) y para nosotros era otro mundo. En medio del partido, ante una pitada errónea del referí, el abuelo de Coria sacó un matagato (un revolver chiquito, algo así como calibre 25) y se armó una corrida entre los chicos y los adultos que estaban presenciando. Mi madre estaba sentada en el patio cuando empujé la puerta, sudando y colorado como un tomate por el partido y las siete cuadras que había corrido, vestido con el uniforme de “Sacachispas” y la ropa del domingo bajo el brazo. No me pegaron. Mi padre, que sólo tenía tercer grado primario en Italia pero escribía poesías, opinaba que un grandote no le podía pegar a un chiquito. Pero ese año me quedé sin los dos únicos regalos que recibía para mi cumpleaños y para Reyes. Ø
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