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Cita con un esposo Imprimir E-Mail
Escrito por Alberto Barroso   
domingo, 01 de junio de 2003

Con la llave puesta en lado de afuera, Belinda vuelve al espejo del baño, el que más confía de todos los espejos, para hacerse el último control. Una experta en belleza le regaló un axiomático consejo que siempre está presente: “Es preferible poco que mucho”. Pero cada vez que Belinda se retoca con color, lápiz de labios o rimel “se le va la mano”. Saca los anteojos de la cartera, se estudia cuidadosamente, abre el pote de colorante, luego estuche para la boca, luego el pincel delineante, amaga alargar las sombras pero no se toca, son demasiadas dudas; termina guardando todo y saliendo sin cambiarse nada.
Maneja su pequeño auto hasta el lugar de la cita: un restaurante mejicano. Llega quince minutos tarde suponiendo que el hombre que la espera ya está allí. En la recepción no hay nadie y la muchacha que sienta le dice que no tiene reservación para los nombres que Belinda propone. Visita el baño sin modificarse y se resigna en una silla a esperar por incalculables minutos, ve entrar y salir parejas a las que mide con la vara de la felicidad, escucha la música, las risas y los aplausos que vienen del bar y ve pasar a los camareros con grandes bandejas hasta que el escribano Rodríguez aparece. Belinda pone su mejor cara y acepta ir al bar cuando su pareja le explica que es muy divertido el karaoke, los clientes cantan sobre grabaciones mientras la letra se lee en una pantalla de televisión.
El no come nada y ella, discretamente, pide un coctail de camarones. En la oficina le habían comentado que Rodríguez no era escribano ni nada parecido, pero Belinda no compra ni vende propiedades y piensa que eso es secundario.
Rodríguez toma el tequila más barato, Belinda saborea una margarita de frutilla que estira hasta el final de noche. De los que se animan a cantar, algunos se lucen, otros dan lástima. Rodríguez se va “soltando”, después de hablarle de fútbol le cuenta un par de chistes malos, mira a otras mujeres, le pone una mano sobre la pierna y, al ir al baño, le roza deliberadamente una teta con el antebrazo. Belinda aprovecha y se mira en el espejito de cartera. Se ve asimétrica y horrible pero a ese espejito no le cree mucho. Vuelve Rodríguez y se pone cada vez más pesado pero Belinda lo deja hacer porque no ha decidido cómo manejarlo. La última cita la tuvo hace catorce meses y si no hubiera aceptado la invitación de este hombre que no conoce ni descubre, estaría sola mirando televisión. Mientras tanto lo sigue estudiando, lo mira de reojo, trata de recordar algo más de lo que le dijeron, se pregunta si sería posible vivir con un hombre así, las uñas no las tiene muy limpias, huele un poco, no habla nada interesante, no parece ser muy generoso, pero puede que pase otro año sin salir con nadie, o puede que sea el último. Las imágenes de dos tías solteras atraviesan el corazón de Belinda como puñaladas de agujas de coser.
El salón empieza a vaciarse. El no tiene auto y van en el de Belinda hasta el barrio de Rodríguez que no es la gran cosa. El vive en un cuarto alquilado. Le comenta que en el fondo hay una fuente antigua que dicen que fue traída de Italia. Por supuesto que ella adivina el truco ya que el jardín está bien oscuro. Sin preámbulos Rodríguez la aprieta contra un árbol y trata de besarla en el cuello. Ella resiste lo suficiente porque ya eligió un plan, piensa que darle todo es peligroso, aguanta a media agua. El lucha y lucha pero resuella y se queda sin aire. Al final de la pulseada, Rodríguez consigue muy poco de cada cosa. Recordemos que el lugar no es apropiado para que dos personas adultas hagan eso. Belinda le escribe número de teléfono aunque él ya lo tiene.
Unos minutos después ella está en su casa. En televisión dan películas que ya vio, infomerciales para comprar casas sin anticipo, para adelgazar, para ir al paraíso leyendo la Biblia, para aprender inglés mirando videos y mujeres seductoras que piden que las llamen. Belinda se mira en el espejo del baño, trata de ver más allá de su cara, más allá de la superficie infranqueable del presente, de atisbar una esperanza en el futuro, de recibir una respuesta que quizá es mejor no tenerla. Ø

 
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