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no tan suprema, no bien aceptada, pero quizá pueda ser rescatada saliendo de la mediocridad actual El diario La Nación publicó un artículo indicando -en base a un estudio realizado por el Centro de Estudios Nueva Mayoría, dirigido por Rosendo Fraga- que por juicio, ningún miembro titular del alto tribunal (hoy tan bajo en la apreciación general), fue destituído. Eso no llama la atención por cuanto es proverbial en los argentinos el olvidarnos de muchas cosas oprobiosas que han sucedido no hace tantos años. Parece que el señor Fraga se olvidó de algunas cosas (quizás adrede), y da como inicial caso de remoción, el de 1955, que destituyó a los corruptos que detentaban el poder en ese momento, y como es habitual, nombró a los 5 miembros que estaban alineados con el nuevo gobierno. Pero se olvidó de algo importante: el primer caso de destitución -con el respectivo juicio político aprobado por los serviles representantes del gobierno imperante-, fue el de 1946. Vean lo que nos dice Félix Luna en “Breve historia de los Argentinos”: “a los miembros se los destituyó por mala conducta. En realidad, no se les achacó ningún cargo concreto porque cumplieran mal sus funciones. Los cargos que se les hicieron fueron de tipo político, y la intención del desplazamiento de la Corte fue designar otra que no trajera problemas”. Entrábamos en la época de la prepotencia, el servilismo, los jueces corruptos que no se animaban a otorgar a la gente que era arrestada políticamente el “habeas corpus” para no perder el puesto; la época en que tuvimos un Presidente de la Corte Suprema que cantaba la marcha “los muchachos peronistas” en los actos políticos, una forma vergonzosa de romper con la decisión constitucional de la separación de los poderes. Y a esta sumisión, y al patoterismo judicial siguió el de 1955 -que eliminó lo mal habido-. Después el gobierno de Onganía reemplazando los miembros, posteriormente el Proceso de triste recordación haciendo lo mismo, llegando al gobierno de Carlitos aumentando el número de miembros para imponer gente que todavía tenemos y que esperamos que renuncien o sean sometidos a un juicio imparcial, democrático y serio. Este aumento de miembros posibilitó -como dice la editorial de un periódico porteño- que para ser nombrado en la Corte faltaba solamente que ese ejemplar fuera jefe de policía de la provincia natal del presidente o amigo, socio del titular del poder ejecutivo. A buen entendedor… Pero ahora soplan otros vientos, por suerte más frescos. El Presidente declaró “se terminará con la justicia adicta” y por otro lado, por decreto, se autolimitó en caso de tener que proponer-nombrar candidatos. Esto es revolucionario y además democrático, y tiene doble mérito por pertenecer, nuestro Presidente, a un movimiento que se destacó por transgredir las normas constitucionales durante tanto tiempo. Todo esto nos da un poco de esperanza, confianza, y que pensemos que no todo está podrido en Dinamarca. Con el ejercicio pleno de la democracia, con el respeto a las instituciones, con la genuina separación de poderes, nuestro país alcanzará los grandes destinos que se merece. Ø
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