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Dios ya no es aquel señor de larga y blanca barba que muchos imaginábamos en nuestra infancia. Se convirtió en un chico de pantalón bolsudo o bermudas super largas, gorra puesta con la visera al revés, zapatillas para jogging, walkman, chicle, se junta en el kiosco de la esquina con los otros dioses que se sienten inmortales y vuelan con la birra (con o sin "ley seca") y un porro. Dios no murió, Nietsche. Está vivo y es un pibe. O una piba, diosa del vientre al aire. El y ella atravesados por salvajes autoflagelos tribales hoy llamados "piercing", las pieles plagadas de dibujos desde ingenuos hasta satánicos y la cabeza con el pelo parado o pelada. Ellos son los seres superiores a quienes el mercado les rinde tributo y erige en modelos de culto para que guíen e inspiren una forma de ser sólo reservada a los devotos que aún no han llegado a los 30 años de vida y a los que ya pasaron esa edad pero quieren estar en onda. Es una religión no apta para los mayores que en la prehistoria dictaban usos y costumbres. Ahora mandan los menores, dueños de un poder prestado, condicionado y manejado por los verdaderos poseedores del poder: los propietarios de los productos políticos, deportivos, artísticos, mediáticos, culturales o más explícitamente comerciales, quienes endiosan a los jóvenes demagógicamente para transformarlos en rating, target, clientela, siempre espectadores aunque se crean partícipes y protagonistas. El reality show es el supremo espejismo juvenil. Famosos por un instante, gozan el sabor del triunfo durante milésimas de vida y, salvo alguna excepción, la gran mayoría desaparece en la oscuridad del anonimato, "nominados" para siempre. Son carne de cañón para la guerra, el show, los concursos, la moda, las drogas, el alcohol, las picadas, las pseudoreligiones, el sexo inseguro, la publicidad y para cuanta causa necesite voluntarios dispuestos a dejarse cautivar y fanatizar. Cuando estos nuevos dioses se acerquen a los 30 años se sentirán muy viejos y serán reemplazados por los nuevos dioses que los verán a ellos como dinosaurios. Y si el endiosamiento de la juventud sigue a este ritmo, en un futuro no muy lejano es probable que existan presidentes de 25 años, ministros de 20, diputados de 15, generales de 12 y periodistas y galanes de TV de 8 años. La jubilación será a los 30 pero los beneficiados, en lugar de percibir una mísera suma mensual, serán fusilados por un pelotón de bebés porque no habrá cajas jubilatorias estatales o privadas que puedan soportar las super-masivas erogaciones que requeriría un retiro a tan temprana edad. El nombre ritual, la palabra-ícono, el emblema oral de esta nueva religión es "Boludo". Los nuevos dioses se llaman unos a otros "Boludo". Se comunican de Boludo a Boludo. Sin embargo, existe una gran cantidad de incrédulos que niega la existencia de estas divinidades. Se trata de muchísimos jóvenes que no son Boludos. Ø
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