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¿Qué Me Mira? Imprimir E-Mail
Escrito por Alberto Barroso   
viernes, 01 de agosto de 2003

-Si hace lo que le digo va a vivir muchos años más- así le había afirmado el médico clínico que lo derivaba con entusiasmo profesional a todos los especialistas que trabajaban en el mismo hospital y que le pedía, con mano firme, análisis de sangre y orina cada quince días. Después había agregado con poco tacto: “Va a enterrar a varios de sus amigos”. Don Armando, resignado porque no tenía argumentos para discutir, ni siquiera para dudar las malas funciones que le encontraban y los remedios y tratamientos que le prescribían, había comenzado una disciplina rigurosa donde cada minuto, cada ómnibus, cada taxi, cada paso que daba, encajaban en un plan semanal que debía repetirse hasta su muerte. Todo por vivir esos “muchos años más” que él sabía que serían cuatro, cinco, quizás seis, con suerte.
Había momentos, sin embargo, que compensaban por los sometimientos a los hombres de blanco: los sábados (el mejor día) en la plaza con viejos amigos y las noches en el buffet del Club Social, las compras a la tardecita y luego la minuciosa preparación de la cena, alguna buena película por televisión, y los lunes, miércoles y viernes, después de cada sesión de diálisis que soportaba ayunas, el café con leche con facturas mientras leía el diario en La Colmena. Los domingos se levantaba, a veces ni se movía de la cama porque su energía estaba en el nivel más bajo. Por eso iba los lunes con más ganas que otros días a fusionarse dos horas con la máquina que filtraba de su sangre lo que no sacaban sus arruinados riñones. Mirando los tubos por los que entraba y salía de su cuerpo la roja savia que lo alimentaba, Don Armando soñaba sin dormirse con extraños mundos más fascinantes que los fríos consultorios médicos y las ruidosas calles del maldito y real en que vivía.
Los lunes, con la voluminosa sección de deportes, tenía, fácil, una hora y media de lectura de diario. En un principio de semana como otros, cruzó de la clínica al café, (en la misma vereda estaba el kiosko), se sentó en “su mesa” junto a la vidriera y saludó a Germán, el mozo, que le traía siempre lo mismo. Abrió el diario, lo leía todo, hasta los clasificados ofreciendo trabajos o muchacha de 18 años para masaje a domicilio. Nunca se había metido en política pero últimamente se interesaba más del mundo que lo rodeaba - demasiado tarde, aceptaba, ya nada podía hacer. Pero como todo en él disminuía, el resto se agrandaba, a su falta de noticias propias la balanceaba con una curiosidad renovada en robos, asesinatos, huelgas, subas en el producto industrial, bajas en las exportaciones, variaciones en los índices bursátiles y pases de jugadores de fútbol de un club a otro.
-¿QUÉ ME MIRA?
Parada frente a su mesa una señora le gritaba enfurecida. Que no tenía vergüenza, que era un viejo indecente, que no tendría que andar suelto, que no respetaba nada. Don Armando balbuceó una defensa pero era inútil, la señora estaba fuera de control y nada ni nadie la iba a calmar. Miró a Germán y al dueño, que se escondía detrás del mostrador, y en respuesta percibió gestos de a-nosotros-no-nos-meta. Sin alternativas se puso de pie, hizo un amplio rodeo alrededor de la desaforada y salió.
El miércoles, después de diálisis, compró el diario y al acercarse al bar vio a la señora sentada en “su mesa” junto a la vidriera. Su salud se había deteriorado desde el escándalo y no aguantaría otro. Siguió caminado pero no había otro café en ese barrio, también notó que desde “su mesa” se veía toda la esquina, un puesto de flores, el kiosko de diarios y la fachada de la clínica. Tendría que haber leído menos noticias de gente lejana pensó- y haber observado más la lenta rutina del vecindario y a otros pacientes que usaban la misma máquina, la misma camilla y tendrían las mismas angustias y plazos fijos de vida. El lunes, temblando, había tomado un taxi hasta su casa. Esta vez buscó otro café que encontró después de varias cuadras. No le gustaron las facturas ni el ambiente. Encima estaba lejos de la parada del ómnibus. Toda su rutina estaba afectada. Qué pasaría con los “muchos años más” que le quedaban.
El viernes entro al café. La señora estaba en “su mesa” con una mujer más joven. Dudó en dónde sentarse y la señora vino a enfrentarlo. Don Armando miró a Germán y al dueño que se hicieron los distraídos y no tuvo otra solución que retirarse. Ese sábado no fue su acostumbrado día placentero, no se sentía bien y su mente estaba en el sufrimiento de las mañanas de diálisis que ya no tenían compensación. El domingo se revolvió todo el día en la cama confundiendo pesadillas con la realidad y terminando por no saber con cuál quedarse. Así, fue lo que sacó en limpio, no llegaría al año.
El lunes fue a La Colmena decidido y sin mirar a nadie se sentó en el lugar más alejado de la vidriera, una mesa oscura al lado del baño que a veces usaba Germán para descansar. Se sentó de espaldas al salón. Abrió el diario pero casi no veía nada por la falta de luz y por su estado de nerviosismo. Germán le trajo lo de siempre. Tuvo unos segundos para tranquilizar el aliento agitado y tratar de saborear su desayuno. De pronto surgió una figura amenazante que le gritaba algo incomprensible. Sus sentidos estaban congestionados y lo que escuchaba y veía no tenía relación con su vida anterior. Para protegerse atinó a arrojarle al monstruo el café con leche, luego el agua, el servilletero y las facturas. Hizo un cilindro con el diario y empezó a pegar hacia abajo, desde la derecha y desde la izquierda. La señora retrocedía enceguecida y Don Armando continuaba pegando con la energía de su sangre recién filtrada y con la determinación de vida o muerte. Recién en la vereda y cuando el monstruo se alejaba vociferando, sintió el cansancio y regresó a sentarse. Germán limpió la mesa, le trajo lo de siempre y le dijo en voz baja: “Ojalá no vuelva, a nosotros también nos tenía podridos”. Ø

 
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