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Como empezar esta crónica, que es una despedida más que nada y una manera de agradecer a todos los que durante mi estadía en la soleada California me brindaron amistad. A propósito de mi deportación el pasado mes (por un error mío que más adelante voy a explicar) doy gracias a mis amigos de El Suplemento, que me dedicaron su número anterior, que me llegó mientras estaba recluído en un centro de detención en San Diego y al Consulado Argentino que por su rápida intervención logró agilizar mi deportación. La crónica: Era una tarde más de verano en Hollywood y ese día tocaba ir a volar en globo a un lugar lejos. El camarógrafo estaba listo y contento por la nueva experiencia que le tocaba vivir ese día, todavía no sospechaba nada. Sonaba “Siempre es Hoy” el último de Cerati en el CD del auto mientras íbamos en camino. El vuelo en globo fue excelente, la sensación bien suave y poderosa. Atardecer en el Pacífico volando en globo, ¡too high! En el camino de ida, después de dormir media hora me levante y me percaté que estábamos yendo rumbo al sur bastantes millas, F…! Rumbo a San Diego (siempre fue bien sabido para mi que no me podía acercar ahí, f…!). Vi de la mano de enfrente, lo que creí que era un check point de migraciones, pero bueno, ya lo había pasado, ya estaba en off side y el globo estaba ahí esperando, el trabajo, había que hacer la nota, volar y rezar para pasar a la vuelta. Brindamos con champagne al final del viaje, nunca me hubiera imaginado lo que se venía. En esa noche macabra, había que cruzar el check point de San Clemente (el mismo que vi yo cuando me levanté de la siesta) y los semáforos previos alertaban un rojo, estaba en actividad. Eran las 9:30 pm, del martes 28 de agosto del 2003. Lo que más recuerdo es el gesto en cámara lenta de uno de los dos oficiales, mandándonos a un costado, y yo diciéndole a Myra: “me voy para Argentina”. Pinche migra (pensé para adentro, el oficial de verde, un mexicano nacido un metro adentro de Estados Unidos hace 23 años, “un pocho” hijo de padres ilegales, maldito aquel que traiciona sus orígenes). Chequeó mi licencia, que legalmente había sabido conseguir, y bueno hasta ahí todo ok, pero se puso pesado y empezó a interrogarme, finalmente pidió datos por el radio, y en inglés yo pude escuchar con un sonido bien claro: “October nine, two thousand one (la fecha que yo había ingresado al país con mi permiso de tres meses). F...! ¡Estaba perdido!, lo que sigue fue ser esposado y llevado para adentro, mis dos compañeras de trabajo (Myra y Charlie) legales las dos, se llevaron los equipos y mi valija. Adiós Estados Unidos, hola no se donde mie… me van a mandar. ¡Qué mal me sentía esa noche solo en una celda fría que daba frente al freeway 5 donde me habían interceptado minutos antes! Me sentía el Conde de Montecristo, injustamente encerrado. Ya no había vuelta atrás. Cuando pude avisarle a Laura (mi mujer), antes que me quitaran el celular, pensaba que le estaba haciendo una broma. La película recién empezaba. Al otro día me llevaron a otro centro de detención: “las camitas”, así lo bautizamos más tarde con los “cumpas” en la prisión federal. Era como la casa de gran hermano del inmigrante ilegal, con cámaras en todos los ángulos. La mayoría mexicanos, éramos como unos setenta y entraban y salían todo el tiempo, también había chinos, checos y bueno “el che-boludo” argentino. Todo el día comiendo burritos apestosos y juguitos de juguete y hablando por teléfono con mi familia y amigos. Bajé de peso a la fuerza. A los tres días me trasladaron a la prisión federal. Y ahí empezó otra “peli”, como esas movies de Stallone, entrar encadenado de pies y manos al correccional nazi. Nos quitaron todo, nos bañaron, nos tomaron radiografías, y nos dieron un uniforme, faltaba que nos pusieran un micro chip en la pierna. Sólo para hacer el trámite de la entrada a esa cárcel nos tuvieron un día. Este viene para largo (pensé). La vida en el penal, era bien disciplinada, no puedo decir que me trataron mal. La comida no era de la de un hotel de cinco estrellas, pero se dejaba comer y bueno la mayor parte del tiempo me la pasé, jugando damas, dando clases de ping pong, haciendo ejercicio, leyendo la Biblia y hablando por teléfono. También y quizá lo más educativo de toda esta experiencia, fue pasar el tiempo escuchando a la gente, historias de vida terribles. Sobre el final conocí otro argentino, que venia de estar once años por tráfico de drogas, me contó historias fantásticas. El fue el que me dijo algo que me hizo dar cuenta de lo bien que estaba: “Pibe estar en esta prisión es como estar en Disneylandia”. A los catorce días de mi detención zafé de “Disney”, me sacaron por avión hasta Miami con otro argentino y diez brasileros. Tres oficiales de migración nos escoltaron. Eran “tres pícaros chanchitos”, pero tranquilos, buena onda, nos llevaban en fila, pero por lo menos no nos pasearon esposados por los aeropuertos que eso si que hubiera sido bien humillante. F…, otra vez en Argentina, un domingo lluvioso de setiembre. Acá voy de nuevo. Por suerte tenía unos verdes no muchos pero si lo suficiente como para tirar un tiempo y buscar reinsertarme. Las chicas, mi mujer e hija, viajaron cuatro días después con toda lo que pudieron traer en sus valijas, la era californiana quedaba atrás. Fin. Bueno gracias a todos lo que me ayudaron y mi consejo para todos los compatriotas que están en forma ilegal: busquen la manera de legalizar. Saludos para todos de la familia Lambrechts y nos vemos a la vuelta.
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