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El Fin De Un Ciclo Imprimir E-Mail
Escrito por Luis Alberto Lecuna   
miércoles, 01 de octubre de 2003

Con las últimas elecciones nacionales, provinciales y la capitalina, se cierra un ciclo en la historia reciente de nuestro país. Un ciclo que nos debe mover a la reflexión, porque el lema del mismo, masivamente compartido (“Que se vayan todos”), no fue cumplido en absoluto.

Si convenimos en que el lenguaje hablado por una comunidad, sus costumbres, las ideas religiosas predominantes, su literatura, su arte en general y su cultura, son elementos constitutivos de su espíritu nacional, entonces estaremos de acuerdo en afirmar una aparente perogrullada: que los argentinos constituimos una comunidad nacional.
El problema es que la "tradición" y esencialmente el concepto de "nación" no se refieren solamente a un "origen común", sino que además implican la existencia de un "destino común".
Ahora bien... ¿Cómo podemos hablar de "destino común" con esta diáspora continua de argentinos que se viene dando a través de las décadas? Un país que directa o indirectamente viene expulsando a sus ciudadanos, ¿alienta el espíritu nacional?
Sin hurgar demasiado en la noche de los tiempos en que el exilio por elección o impuesto era la característica, desde San Martín a Borges, desde la noche de los bastones largos hasta el país del default que dejó el peronismo menemista, por innumeras razones, legiones de compatriotas se alejaron del suelo natal, y construyeron sus nuevas realidades en otras latitudes.
Es por eso que, alentada en su momento por dictaduras militares o por ineptos gobiernos democráticos que no supieron brindar las condiciones mínimas como para poder desarrollar proyectos de vida con calidad de vida, se viene acentuando esta tendencia histórica que se evidencia en Buenos Aires en las renovadas colas de argentinos desilusionados aguardando su pasaporte al futuro en las veredas de las embajadas y en la decisión del ochenta por ciento de los jóvenes profesionales que en este momento están haciendo su doctorado, de quedarse a vivir y tentar suerte en el extranjero.
Dentro de las costumbres y dichos que contribuyen a la construcción del "carácter nacional", se encuentra el refranero popular argentino. Si bien y aparentemente el presidente K está haciendo muchas cosas bien, los memoriosos de nuestra historia reciente que recuerdan la retórica discursiva alfonsinista que pugnaba por "repatriar a nuestros investigadores" o la impronta de país "de primer mundo" que el menemismo decía imprimirle a la nación, recuerdan el refrán "El que se quema con leche, cuando ve la vaca, llora". Y por eso la prudencia en inferir conclusiones que pueden ser apresuradas, y por eso el escepticismo acerca de que Argentina se encamine esta vez sí, a su siempre “postergado destino de grandeza”.
Por eso no es suficiente esta sana intencionalidad de manejar un presupuesto nacional que ponga énfasis prioritariamente en la salud, la educación primaria y secundaria, la universidad, y la investigación científica. Se necesitaran muchos años de hacer las cosas bien, para que Argentina vuelva ser un país creíble no solamente para los extranjeros, sino para los propios connacionales.
En la nota del mes pasado, hablábamos del realismo mágico en la literatura... y en la política argentina. Lo que está sucediendo ahora supera ampliamente la imaginación y creatividad de muchos libros de ficción.
Por un lado, estamos asistiendo al fin de un ciclo que se inició con el famoso cacerolazo de diciembre de 2001 (famoso, porque para el pensamiento progre fue algo parangonable con la toma de la Bastilla: "el pueblo contra la inoperancia de sus gobernantes, asumiendo el protagonismo como artífice de su propia historia"). Otros, menos ideologizados, seguirán pensando que se trató de un reclamo surgido en los bolsillos de ahorristas antes que en el corazón de argentinos patriotas, golpe institucional que fue apoyado logísticamente por propios y ajenos al nefando De la Rúa: desde Duhalde hasta Alfonsín...
El fin del ciclo al que me refiero, estimado lector, es al del "Que se vayan todos". Pues bien... No se fue ninguno. Se quedaron, y refrendados por el voto popular...
El peronismo, esta forma polifacética de ver y hacer la política, ha logrado lo imposible: iniciar un nuevo proceso de cambio, pero sin que las cosas cambien en su esencia. Y lo que es más maravilloso e increíble: que un presidente surgido a punto de partida del voto clientelístico, conseguido a fuerza de punteros bonaerenses y planes "Trabajar" y "Jefes y Jefas de Hogar" (léase prebenda, dinero sin trabajar, a cambio de votos) pretenda, desde dentro del justicialismo, luchar contra los vicios populistas del peronismo, y armar su propia estrategia de poder, para construir una democracia creíble, sustentable, sin corrupción estructural.
Dicho de otro modo: Kirchner, que es presidente gracias a la maquinaria del impresionante aparato corporativo peronista manejado por Duhalde, está intentando legitimizar y armar su poder, alejándose y combatiendo a ese peronismo prebendario que lo llevó al poder. Porque queda claro que el saludable modelo que al menos y por ahora retóricamente pretende llevar a la práctica nuestro patagónico primer mandatario, no tiene nada que ver con la tradicional construcción del poder político en Argentina, que se ha sustentado siempre en la pobreza.
Ese es el peronismo que consigue masivos votos del pobrerío recipiendario de dádivas que lo hacen cada vez más dependiente del poder. El peronismo de los caudillos feudales provinciales, el de los punteros municipales y barriales, el que sojuzga en los hechos, y ayuda al pobre en las apariencias, pero no lo dignifica ni favorece su movilización social. Un peronismo que se apuntala en la indigencia para demostrar la falsa magnanimidad de sus dirigentes. Un peronismo de votantes rehenes a los que impide crecer económica y culturalmente, para poder seguir dominándolos.
Pero queda claro, y más después de las recientes elecciones nacionales y en la ciudad de Buenos Aires, que el peronismo está omnipresente en todo el espectro ideológico.
Kirchner es un peronista progresista, Menem es un peronista pragmático, Macri es un neoperonista apuntalado por paleoperonistas, Ibarra es un aliado al peronismo progresista... El peronismo da para todo, a punto tal que en las citadas elecciones ya se sabía de antemano que iba a ganar alguna forma de peronismo...
La pregunta del millón es si se puede llegar a construir una Argentina creíble, ética, honesta, no prebendaria, de desarrollo sustentable, desde adentro o desde afuera del peronismo...
Kirchner lo está intentando desde adentro... Otros, como Chacho Alvarez en su momento y ahora Patricia Bullrich lo trataron o tratan de hacer desde afuera del peronismo, después de haberlo intentado varias veces desde adentro.
Patricia, de probada capacidad en la gestión pública, eligió el camino más arduo: contribuir desde su experiencia en la construcción de un poder político con independientes y gente que nunca estuvo en política, lo que llevará no poco tiempo y esfuerzo, máxime si pretende armar una fuerza que se maneje como debe ser, con integridad y transparencia.
Bullrich, que no es precisamente una mujer “de derechas”, creyó contar con un aliado de fuste al unir su novel movimiento llamado “Unión por Todos”, a las huestes de López Murphy, que había salido victorioso en la Capital Federal en las elecciones nacionales. Dicha alianza fue un fiasco. Murphy no supo o no quiso despegarse del ala fascistoide de su también incipiente movimiento, y sus propias bases le negaron el apoyo que él reclamaba para con “la piba” (mote que los jerarcas sindicales le pusieron a la entonces ministra de Trabajo, cuando ella tuvo el tupé de exigirles que presentaran la declaración jurada de bienes)
López Murphy cometió numerosos, demasiados errores que hablan de su carencia de cintura política. No quiso presentarse como candidato a legislador para armar una seria oposición desde el Congreso, fue tibio en su apoyo a Bullrich frente a su propia tropa a la que no pudo y/o no supo conducir y que de entrada fue sin tapujos “pro Macri”, se sentó arriba del pedestal del 25% alcanzado en las nacionales en la Capital creyendo que los votos eran de él y no de la gente, y finalmente, se perjudicó a sí mismo a futuro y perjudicó las legítimas aspiraciones de Unión por Todos de acceder al gobierno de Buenos Aires y demostrar eficiencia en la gestión y transparencia en los actos de gobierno, como forma inobjetable de hacer política para la gente.
Quien sí supo demostrar ser un hábil negociador, fue Ibarra. De la nada, con un gobierno tildado masivamente de “inoperante” después de tres años de anodina gestión, logró inventar y meterse en la “polarización peronista”, sumar voluntades como la de Carrió, y sumarse al efecto de la “ola Kirchner”, para superar al neoperonista Macri.
Ni Daniel Bell con “El fin de las ideologías”, ni Francis Fukuyama con “El fin de la Historia”, parecen haber recalado en el Atlántico sur. Cuando todo decía que no existen más las izquierdas y las derechas, y que las cosas ahora se manejan en términos de la antinomia “ética, honestidad, gestión eficiente, defensa de intereses nacionales” por un lado, y “prebendas, corrupción e ineficiencia” por el otro, El Dr. K reaviva las heridas setentescas de la izquierda y derecha nacionales, y le da una nueva vuelta de tuerca a la “historia” del movimiento nacional justicialista.
Sin dudas, desde el análisis, desde la lectura, esta nueva etapa del país de los argentinos es por demás apasionante. El único problema, es que no se trata de una ficción, sino de una realidad que nos atañe e influye en nuestras propias vidas: la de los que vivimos aquí y hemos sobrevivido a la debacle que gestó el peronismo menemista, y de alguna manera la de los argentinos de la diáspora, mucho de los cuales, en un rinconcito de su corazón, alientan la esperanza de que alguna vez su patria sea un lugar creíble, donde puedan realizar sus sueños, donde puedan volver y tener un futuro predecible, donde puedan crecer sus hijos y sus nietos, en paz, armonía y felicidad. Ø

 
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