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¿En qué aspectos la globalización es positiva para unos países, y un “globo” para otros? ¿Podrá lograr esta construcción transversal de la política encabezada por el “Presidente K” que nuestro país se consolide como una nación soberana, independiente y con políticos transparentes y patriotas? ¿Se pueden cambiar los vicios de la política desde adentro de la política? La globalización es maravillosa, pero convengamos que sólo lo es para los que llevan la sartén por el mango. Las políticas económicas implementadas para los países emergentes por los dueños de la sartén (es decir, quienes conforman el “Consenso de Washington"), no sólo no previeron sino que contribuyeron activamente a la debacle económica de Argentina durante el “menemato”. Lejos de oponerse a las recetas del FMI, el riojano se constituyó en el mejor alumno del poder central (relaciones carnales pasivas incluidas) Y así nos fue, al ser los argentinos, con la anuencia de su Presidente, su Congreso y la Corte de Justicia, despojados de prácticamente todo su capital, potencial y patrimonio nacionales (gas, petróleo, electricidad, telecomunicaciones, ferrocarriles, energética, desarrollos de avanzada -el misil Cóndor-, industria aeronáutica, minería, y buena parte de su territorio que está ahora en manos de particulares y empresas extranjeras) Pero no nos engañemos. Los mismos políticos y jueces, que desde sus bancas y estrados, avalaron la entrega del país, son -en líneas generales- los mismos que siguen en sus escaños. Esto es la quintaesencia del gatopardismo. “Que todo cambie para que nada cambie”. Los que votaron esa política neoliberal antiestatista y privatizadora, son ahora setentistas revividos que avalan esta nueva transversalidad que pretende reunir a fuerzas progresistas y de centroizquierda. En este pendular de derechas a izquierdas, en estas veleidades de intelectualismo político y renovaciones discursivas, la vieja política se remoza, pero sin dejar de lado su esencia prebendaria, subvencionando todo lo que le permite controlar la sociedad, mantener y construir su poder: a la protesta piquetera con ridículos "planes trabajar" que fomentan más holgazanería y clientelismo; a los escasos sindicalistas díscolos, al capitalismo empresarial que se enriqueció a costas del Estado, a los bancos que hicieron pingües negocios en la fiesta de pizza con champagne de los noventa y ahora pretenden que su fingida insolvencia (ocasionada entre otras cosas con autopréstamos de sus casa matrices), sea pagada por la gente. A los medios de comunicación endeudados, que dependen para su subsistencia del apoyo económico de la publicidad estatal, a cambio de ser genuflexos o condescendientes al gobierno de turno. Y en el medio de tanta tácita asociación ilícita, está la gente que sufre, la gente que es degradada en su condición al incrementársele su dependencia de un Estado dadivoso y paternalista; la gente que es honesta y no puede levantar cabeza por ser honesta en un país de corruptos, la gente que no se resigna a irse de su patria, la gente que ha visto en carne propia derrumbarse el edifico económico que habían construido varias generaciones de una familia, desde que sus padres y abuelos literalmente hicieron un país basados en el esfuerzo, el ahorro y el trabajo de sol a sol. El “Consenso de Washington” (desde lo discursivo) aboga por políticas macroeconómicas teóricas que en la práctica han producido estragos. Por caso, sabemos que en nuestro país se incrementó la pobreza a extremos impensables y la clase media está diezmada. Si los objetivos del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial son respectivamente mantener la estabilidad económica mundial, y erradicar la pobreza del mundo, entonces sus gestiones han sido un exitoso fracaso, salvo que se entienda por “mundo” sólo al “primer mundo”. Que se crea estúpidamente que una baja tasa de inflación es sinónimo de crecimiento, y que los países emergentes deben subvencionar con su patrimonio y su eterna postergación, el mantenimiento del mundo desarrollado. Baste recordar la “estabilidad” argentina de la década del '90, con cero inflación, pero con destrucción de la industria nacional y pérdida de cientos de miles de puestos de trabajo, primer escalón de un proceso que derivó en los abrumadores niveles de pobreza extrema que supimos conseguir. ¿Quién se come ahora el verso de los noventa impulsado por los organismos internacionales de crédito y ejecutado por Menem, de que “privatizando el país” se ganaría en eficiencia, se eliminaría la corrupción estructural, y se ingresaría raudamente en el primer mundo? Exigir solamente equilibrio fiscal desconociendo la realidad y las posibilidades de cada mercado emergente, y desentendiéndose tanto de la correcta supervisión del nivel de desempleo como de la implementación de una economía sustentable, es algo literalmente perverso e inhumano, que se paga precisamente con miseria y exclusión, con enfermedades, inseguridad, injusticias y muerte. Lo único que lograron los integrantes del Consenso de Washington (paradigma del “nuevo orden” de este primer mundo post-socialista), ha sido incrementar las deudas externas de los países emergentes, para que sigan siendo ab aeternum naciones “en vías de desarrollo”, pero nunca desarrolladas. Por eso, con gran precisión, el emérito profesor de la Universidad La Sapienza de Roma, Pierangelo Catalano, afirma contundentemente que para este nuevo siglo el vocablo “deuda externa” es el nuevo sinónimo de la palabra “esclavitud”. Sin embargo: ¿Por qué los procesos globalizadores han significado un beneficio para Chile y no para Argentina? Porque Chile es un país creíble al haber controlado la corrupción, y sus ciudadanos son profundamente chilenos, aman a su país, hacen del patriotismo un ejercicio cotidiano y tangible en logros para su nación. Y volvemos a un tema recurrente: la defensa de los propios intereses. Chile defiende como estado sus propios intereses. El FMI y las instituciones que controlan el proceso de la globalización, también. Pero Argentina no sólo no los defendió, sino que los dilapidó. Exitistas a más no poder (recordemos el apoyo a Alfonsín al principio de su mandato, el apoyo a Menem en idéntico período, y ahora el abrumador apoyo al presidente K), los argentinos estamos viendo y aplaudiendo un presidente que intenta curiosamente cambiar los vicios de la vieja política, desde su mismo seno. Del lado positivo, vemos esa vehemencia en su postura con las empresas privatizadas que luego de las inmensas ganancias de la década del noventa, ahora amenazan con la interrupción de su servicio (luz, agua), a menos que se implemente un aumento de los mismos, como forma solapada de que sea la gente la que financie el mantenimiento y remozamiento de la estructura energética e hídrica, cosa que no se hizo en los últimos años. Kirchner goza ahora de un nivel de popularidad y consenso que ojalá no dilapide. Aplaudimos toda medida que apunte a la defensa de nuestra soberanía, de nuestros intereses estratégicos, del control de gestión de las concesionarias de servicios vitales para la población. Pero tenemos nuestros reparos por el manto de piedad que extiende a quienes son afines a su línea de pensamiento aunque exhiban alguna conducta censurable (Zaffaroni y su poco transparente declaración jurada de impuestos), el Jefe del Ejército Gral. Bendini y su speech antisemita, o el acallado nepotismo del interventor del PAMI, González Gaviola) Tiene una ventaja importante: no hay rivales políticos en el horizonte inmediato. No hay oposición. Lilita Carrió (más allá de sus críticas coyunturales), está absorbida por la transversalidad. El ala de centroizquierda del casi desaparecido radicalismo, también. Hasta el reaparecido Chacho Alvarez brinda su apoyo conceptual al “estilo K”. Los sucesivos fracasos eleccionarios de Recrear y los escasos flancos censurables que exhibe el presidente, le impiden a López Murphy transformarse en un referente de la ahora inexistente oposición. La fuerza íntegra y transparente que está gestando Patricia Bullrich en torno al incipiente movimiento “Unión por Todos” es hoy apenas un plantín del árbol que quiere y tiene voluntad de ser en el futuro. En este marco, Kirchner y su equipo están tratando de construir una nueva identidad nacional, opuesta a la planteada por el menemismo, sustentada en una transversalidad ideológica que trascienda los límites del peronismo. En principio parece ser una fuerza nueva que apunta a la dignidad nacional, la honestidad y la lucha frontal contra la corrupción, y si es así, serán muchos los peronistas y miembros de otras fuerzas los que no ingresarán en esta nueva alianza. Sigue latente la precaución de que hay intereses que bregarán para que esta política de identidad nacional y democratización del Estado no eche raíces y se consolide, y/o para que no cobre cuerpo la alianza con Brasil en el marco del Mercosur, ni nada que implique capacidad de decisión y libre albedrío nacionales y latinoamericanos. Por ejemplo, sugiero que analicemos en los próximos tiempos, las presiones que existirán para que se conforme el ALCA en desmedro del Mercosur. Si bien el “que se vayan todos” no se dio de la manera esperable (todavía siguen las listas sábana, los políticos son los mismos de siempre, el financiamiento de los partidos sigue siendo el primer escalón de la corrupción, y no se ha iniciado la reforma profunda de la política), esta “gesta” transversalizadora es el camino elegido por el actual presidente para cambiar desde adentro de la política, a la misma política argentina. También quedó claro que el “que se vayan todos” es más que nada, el recurso terminal pero civilizado que el pueblo tiene para oponerse a medidas que lesionan su condición y calidad de vida a futuro. En este marco, la reciente rebelión boliviana en un nuevo cacerolazo sin cacerolas, es una nueva demostración de que esta ola de defensa de intereses nacionales, sumada a las coincidencias de estrategia política entre muchos de los actuales mandatarios latinoamericanos, plantean una nueva etapa en la historia de nuestros países, tan postergados en la historia y en el tiempo, tan alejados de destinos más promisorios. Ø
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