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Escrito por Rodolfo Spadano
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sábado, 01 de noviembre de 2003 |
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Tenía catorce años, acababa de terminar la primaria y no comenzaría la secundaria hasta dentro de cuatro años. En casa no había plata y había que contribuir. Conseguí mi primer trabajo en un taller mecánico en Nueva Pompeya, y para llegar hasta allí, tomaba el tren desde Villa Lugano; era un viaje de quince minutos. Al mediodía volvía a almorzar a casa y era en ese momento que aprovechaba para leer las novelas de Alejandro Dumas. Cuando llovía, y Pompeya se inundaba, me arremangaba los pantalones hasta las ingles para vadear las calles y llegar hasta la estación de tren. Nuestro taller trabajaba en el mantenimiento de una compañía de camiones muy grande. Los camioneros eran guarangos y arrogantes y los gerentes eran peores. Pagaban los servicios mensualmente y las boletas, estilo antiguo, se clavaban en un pinche largo, con base de plomo, que estaba en el escritorio. Un día se me ocurrió que el pinche estaba muy mellado y rompía las boletas. Lo llevé a la amoladora para afilarlo como una aguja. Al día siguiente uno de los gorilas de la compañía camionera vino a pagar las cuentas del mes. Me tocaba sellar las boletas y, como todo lo que yo hacía, lo hacía lenta y metódicamente. Al gorila no le gustó. Me dijo: “mocoso de m....., no vas a terminar nunca”; acto seguido, me arrancó el sello de la mano y lo plantó violentamente en la almohadilla para entintarlo. Sólo que no se dio cuenta que entre su cuerpo y la almohadilla estaba el pinche bien afilado. Pegó un grito espeluznante, tiró el sello y levantó la mano con el pinche atravesado en ella, y las boletas flotando debajo. Me echaron del trabajo. Mientras iba caminando por la avenida Saenz, hacia la estación del tren que me llevaría a casa, trataba de silbar mi tango favorito, pero no podía, porque no podía parar de reírme, todavía hoy me río cuando me acuerdo. Ø
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