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Cuando la luna lloraba/ Astillas de plata/ La muerte del sol Imprimir E-Mail
Escrito por Pablo Goldstein   
miércoles, 01 de octubre de 2003

Jamás olvidaremos a Enrique Cruz Lémoli, el más gaucho de los gauchos, el más elegante bailarín del folclore argentino.

A ningún lector de El Suplemento se le pasó por alto un anuncio tan simpático y original, tan legítimamente orgulloso de su condición argentina, como lo es el de la compañía de los Lémoli, que se presenta con orgullo como “Tres generaciones de gauchos”. En la foto se ve a Enrique, a su hijo y a su nieto (a uno de sus hijos y a uno de sus nietos) ataviados con la vestimenta típica, mate en mano y expresando con esa imagen toda una filosofía de vida.

En la iglesia de Burbank, donde una verdadera multitud se congregó a darle a este querido personaje su último adiós, su hija dijo estar sorprendida una vez más por el entorno de este hombre maravilloso que fuera su padre, y se refería concretamente a una cantidad de personas a las que conocía desde que era niña, pero también a otra cantidad a la que jamás había visto y que, sin duda, se trataba de amistades y conocidos que su padre había tratado y cultivado, que le querían y respetaban, ya que esa era parte de su grandeza. No sé si lo dijo así textualmente, pero así lo sentí, especialmente por pertenecer a ese grupo de amigos nuevos, de personas con las que Lémoli compartía una actividad, que bien podía ser artística, comercial o personal. Lo cierto es que nadie que haya conocido a Enrique Lémoli no lo transforma inmediatamente en amigo, consejero o interlocutor. A nadie le pasa inadvertida su temprana desaparición física.
Pero si alguien tenía a Lémoli en la cúspide de la montaña (aquí doy por descontado a su familia chica y a su familia grande) era precisamente su grupo de danzas folklóricas con los que compartió tantos martes y tantas veladas de la música a la que más amó y a la que tanto dio con su andar cadencioso, con su elegancia sin par.
Lémoli es para todos nosotros un icono, un referente indispensable (la utilización del tiempo presente es intencional), el mejor de todos los bailarines; pero también el más simpático, el más alegre, el mejor amigo, el más franco, el del espíritu más jovial. El que siempre tenía tiempo para enseñar algún truquito de esos que sólo saben los profesionales, el que siempre llamaba a cenar media hora antes de tiempo, sólo por hacer una broma más, por generar alegría en el colectivo, por hacerse querer, que en esto fue el maestro de maestros.
No me asiste el derecho a hablar de Enrique Lémoli como padre, como esposo, como abuelo, sencillamente por ser de este grupo de “nuevos”, aunque no es difícil intuir qué calidad de todo eso era Enrique, con sólo oírle hablar de los suyos.
Tampoco de contar su biografía entre cuyas páginas se cuenta ni más ni menos que haber bailado en la compañía del El Chúcaro, y representado a la Argentina en tantos escenarios del mundo.

Sin embargo, me atreví a escribir estas líneas para honrar su memoria -bendita sea- y para encender una vela debajo de aquella foto, que es en sí misma una gran lección, una lección de argentinidad, de paternidad, de patria y familia en el mejor sentido, de orgullo y honestidad, de valores precisos, es decir, sin ambigüedades.
Nadie que lo haya visto bailar olvidará jamás su presencia escénica y nadie que haya compartido con él algún momento, olvidará su humor, su refinamiento como persona, su elegancia en el vestir y en el ser, su prolijidad. Algunas de sus frases o sentencias sabias, como aquella de que “No nos disfrazamos de gauchos... asumimos el personaje”.
¡Qué va! Enrique... jamás te disfrazaste de gaucho, siempre fuiste un Señor Gaucho con o sin la vestimenta que te ponías con cuidado e hidalguía toda vez que ibas a bailar.

En unos días, celebraremos el Día de la Tradición. No será fácil hacerlo sin Enrique Cruz Lémoli, quien se fue al cielo asumiendo el personaje que tenía metido en las entrañas, literalmente con el facón encajado en la rastra, las botas puestas y su sombrero encajado en la cabeza. Por si el lector no lo sabe, Enrique Lémoli murió después de una exitosa presentación, después de haber mostrado ante un público mayoritariamente norteamericano, lo más refinado de nuestra cultura nacional, después de haber arrancado un aplauso cerrado. Después de habernos representado a todos nosotros con ese talento que sólo él...

Para Quique

Querido amigo Enrique
Gaucho, compañero y querendón,
Un 10 de octubre bailamos juntos la zamba
La que siempre más te gustó.
-Nostalgias Tucumanas-

Por muchos años con tu pareja, la que mejor baila,
Con zambas y chacareras
tu imponente gaucha figura
a todo el mundo conquistó.

Bailamos juntos sin darnos cuenta.
Con alegría, con energía, de amor por dentro
Sin darnos cuenta, cómo sabríamos,
Que esta sería la despedida.

De gaucho ataviado pa'l cielo te fuiste
pa'que el Tata sepa
que el que llega
es un criollo de pura cepa.

Te nos caíste sonriendo... contando cuentos
Te quisimos dar aire...
Sin saber que esos eran los besos
De un adiós sin regreso.

La materia se va y acá en la tierra tu alma queda
Porque tu estampa perdurará
¡Tu estilo campero bailando zambas, nadie lo igualará!
Tu gaucho porte representando, de nuestra estirpe, la tradición.

Querido amigo, gran compañero
De nuestra peña fuiste patriarca,
Con los gurises un gran campeón
A todo el mundo diste consejos
Siempre encontrando tu corazón.

Te fuiste al cielo como quisiste,
Bailando zambas...
Contando chistes...
Como queriendo que no estuviésemos tristes.

Tu familia del folclore, te extrañaremos...
Por siempre te recordaremos... Ø

 
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