Leyenda de Santiago del Estero ¿Hacia dónde va Huiñaj? La brisa mueve levemente su amplia túnica amarilla. También son amarillas las flores que adornan sus largos cabellos, más negros que la noche.
¿Adónde va Huiñaj? Ella camina, lenta y silenciosa, con su porte de reina y dulce sonrisa. Todos quedan extasiados al verla... ¡Es que es tan bella! Sus pies descalzos pisan la tierra reseca y la tierra parece palpitar con sus pisadas. Los pájaros se inquietan gozosos al verla. Las plantas se estremecen... ¿Adónde irá Huiñaj? Ha dejado el telar y va a dar un paseo. Un largo paseo por sus queridos campos. A visitar los montes que empiezan a quejarse por la sequía. El aire caliente apenas le roza el rostro para no quemarla: ¡su piel es tan fina! ¡Tan fina y dorada! Y allá se pierde a lo lejos, grácil y liviana, como una nube amarilla acariciando a la tierra sedienta, confundida con el sol de tan hermosa. Dicen que en un lugar de la que es hoy la provincia de Santiago del Estero vivía una tribu de indios cuyo cacique tenía una hija tan hermosa, que causaba la admiración de las otras tribus y también, la envidia de todos porque Huiñaj hacía venir la lluvia. Eso pensaban los indios, porque la niña pasaba horas y horas, días y días, encerrada en su casa, hilando y tejiendo sin parar; muy de tarde en tarde salía a pasear sola por los campos. Entonces se ponía su mejor túnica amarilla, se adornaba con collares y flores, siempre del mismo color, y se iba... Cuando regresaba, el cielo se cubría de nubarrones oscuros y al día siguiente, o acaso esa misma noche, seguro, seguro, llovía. Por eso las tribus de los alrededores la miraban con tanto respeto y esperaban ansiosos su aparición. -Si la hermosa Huiñaj sale, lloverá -decían. -Nuestras tierras están secas... ¡si Huiñaj saliera a pasear por los montes! Un día la niña enfermó de un mal desconocido. Ya no hilaba, ni tejía, ni salía a pasear. Apenas si podía sonreír. Uno a uno fueron consultados los hechiceros de todas las tribus. Ninguno podía encontrar la razón del mal que la tenía tan quietecita, sin voluntad para moverse. Los hechiceros se reunieron y juntos estuvieron tres días y tres noches meditando e invocando a los dioses para que iluminaran sus mentes. Fue inútil. Inútiles los conjuros y los ruegos. Inútiles todos los conocimientos y los esfuerzos que hicieron para devolverle la salud a la indiecita. Todos estaban desolados. ¡Qué no hubieran dado ellos por ver de nuevo a su querida niña pasear por los campos! -Sólo los dioses pueden realizar el milagro, decían. -Sólo los dioses. Y oraron e invocaron. Pero nada. La sequía azotaba los campos, el viento ardiente secaba las plantas, los animales estaban sedientos. -¡Lluvia! ¡Lluvia! -pedían desesperados. -¡Que nuestra Huiñaj se salve! ¡Ella es la bendición de esta tierra! ¡Ella traerá la lluvia! Los dioses entonces se apiadaron y oyeron sus ruegos: la indiecita habría de quedar siempre con ellos. Fue así que vieron como un árbol, jamás visto antes, aparecía ante sus ojos. Hermoso y erguido. Todo cubierto de flores amarillas. -¡Huiñaj! -exclamaron todos. Y danzaron y cantaron alrededor del árbol que parecía sonreír. -Lluvia! ¡Lluvia, Huiñaj! De pronto el cielo comenzó a cubrirse de negros nubarrones. Los hombres, las mujeres y los niños se arrodillaron con los brazos en alto y las caras al cielo. Las gotas comenzaron a caer, gruesas y pesadas. Cada vez más y más, hasta convertirse en una lluvia densa, que les empapaba los cuerpos. -¡Lluvia! ¡Lluvia! -gritaban felices. Y la lluvia calmaba la sed de la tierra reseca y devolvía la esperanza. Y desde entonces el Huiñaj anuncia la lluvia cubriéndose de flores amarillas. HUIÑAJ: árbol llamado también Toro-raratay, Yaguá-Rataí, Tay-i, Palo Cruz, Ibiratí, ibira curuzú, Uiñaj, etc. según la región donde se encuentre, pues crece en Formosa, Santiago del Estero, Chaco, Santa Fe, Córdoba, Tucumán y Salta. Su nombre científico es "Tabebuia modoso". Cuando la lluvia está próxima se cubre de vistosas campanillas de color amarillo. Ø |