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Uno de los temas más preocupantes dentro de la sociedad moderna es sin lugar a dudas LA VIOLENCIA, y sobre todo la desatada entre la juventud, que sin distinción de sexo, raza o nivel, se une formando las temidas pandillas que acaban por truncar las vidas de inocentes víctimas y de frustrar los sueños de sus propias familias; o la nueva modalidad: solitarios héroes de probeta que juegan a matar en las escuelas disconformes con el trato que se les da. ¿Cuál es la solución? ¿Cuál es la cura a este grave problema social? Según los especialistas, para encontrar un justo remedio hay que conocer primero los orígenes de la enfermedad. También dicho por expertos, las principales causas de este mal son: por un lado la marginación en la que se ven envueltas muchas familias que las conduce al delito ante la falta de trabajo honrado y que son presa fácil los miembros más jóvenes; por otro lado la desatención, que a los menos virtuosos para desempeñar tareas remuneradas hace que encuentren la comunicación necesaria para su desarrollo, más fácil en grupos delictivos que en el seno de su propia familia. Pero, ¿qué esta pasando ahora con grupos que no tienen problemas económicos? Yo no estoy de acuerdo con aquellos que creen que la solución es poner más policía en las calles y más vigilancia en las escuelas; considero que esto es solamente una ayuda que no llega a la raíz del problema. Si tomamos algunos diarios ejemplos, pienso que nadie está haciendo algo profundo para revertir esta situación. La televisión parece una enciclopedia para el perfecto aprendizaje del delito. Las formas más sofisticadas para violar las leyes se repiten a cada instante con lujo de detalles, como un constante repaso de todo lo que no debemos olvidar para ejecutar el crimen perfecto. Los noticiarios se encargan de editar, ampliar, pormenorizar y dar énfasis a los resultados sangrientos que consiguen aquellos que se dedican a estas prácticas, mostrando escenas de feroz dramatismo y realeza. El cine hace su aporte a este sacrilegio de las buenas costumbres con fabulosas superproducciones a todo color y sorround, mostrando no sólo destrucción y muerte, sino el principesco nivel de vida que llevan los cabecillas del delito, tentando al más recto de los seres humanos a seguir por sendas "menos santas" pero mucho más productivas. La prensa se encarga de ensuciar diariamente metros y metros de indefenso papel ennegreciendo aún más el panorama con titulares despiadados pero atractivos, que se disputan entre lo ridículo y el absurdo, plasmando fotográficamente las partes más sanguinarias de una realidad trágica y cotidiana. La radio parece ser la más sana, más dedicada al divertimento que a la información, sólo pequeños flashes de dolor, pero sin sangre matizan la música; sólo contribuye a distraer más que a enseñar. Dicho así suena bonito y hasta conmovedor, pero como nada es perfecto hay aditamentos que ayudan a que esta diabólica ensalada quede perfectamente condimentada: los concursos. Qué atención puede dar a su familia un ama de casa que para lograr un pequeño premio que podría dar una gota de alegría a su rutinaria vida, tiene que ver en el canal tal, a la hora tal, en el programa tal la primera clave; en las hojas subsiguientes y en alguno de los otros programas la segunda clave. Al otro día y en un programa radial, cuando el locutor lo indique, llama por teléfono a la emisora en el momento apropiado, pasándose horas marcando el número tratando de entrar justo en la llamada indicada y poder quedar seleccionada para el sorteo mensual que se realizará entre todas las víctimas que diariamente distraen horas de su valioso tiempo para lograr este cometido. El resultado trágico es casi lógico. Una familia desatendida, donde se puede encontrar el lápiz de la niña en la sopa, el papel con las claves del concurso dentro del pañal del bebé y el teléfono girando entre el agua de la lavadora. Si el nivel es más alto, podemos encontrar a una madre desesperada en el gimnasio tratando de bajar esas libritas -de más que hacen que su marido se pase todo el día con el celular pegado a la oreja tratando de arreglar sus negocios de la mano de una joven secretaria, mientras los hijos incomunicados miran tirados en el mejor sofá de la casa programas poco aptos para sus edades. Pienso que todos, dedicados a un mismo fin, hemos logrado este apocalíptico resultado. ¿No creen que es hora de juntarnos para revertirlo? Hablando de violencia; quien así lo crea, debería tirar cuanto antes la primera piedra. Ø
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