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Ya nos habíamos graduado de la “de tiento”, aquella que te cortaba la cara cuando la ibas a cabecear y pasamos a la que llevaba un agujero de unos tres centímetros en uno de los gajos, con una lengüeta estilo zapato, en donde se escondía el pico después de inflarla. Pero nuestro sueño, y el de todos los pibes que jugaban al fútbol, era tener la pelota que usaban en los partidos de primera, aquella con la válvula invisible y que desafortunadamente- estaba fuera de nuestro alcance. El “Coco” Maurin, Emilio y yo éramos socios de San Lorenzo; nuestros fanáticos padres nos habían asociado a los seis años, y los domingos por la tarde estábamos religiosamente en los tablones del “gasómetro”. El “Coco” llevaba siempre una campera suelta y un pinche de picar hielo en el bolsillo. Un día mágico se dio cuando la pelota de primera, nuevita, anaranjada, me cayó en las manos. Se la pasé al “Coco”, que en un sólo movimiento, la metió dentro de la holgada campera, bajo el brazo. Clavó el pinche y la desinfló. Esa noche fuimos a ver a Don Giusseppe, el tano zapatero que tenía el boliche en la esquina de Larraya y Santander, quien descosió un gajo, la emparchó y la volvió a coser. Era nuestra, no lo podíamos creer. A dos cuadras de mi casa, comenzando en la calle Balbastro, había dos manzanas de terrenos baldíos. En un de ellas se acababa de edificar un barrio de hermosos chalets construídos por la cooperativa El Hogar Obrero. En la otra manzana, en donde estaba nuestra cancha, se iba a edificar próximamente, y a los dos lados del campo de juego había pilas de arena, ladrillos y pedregullo. Ese domingo se remataban los nuevos chalets, y llegaron dos “bañaderas”(ómnibus sin techo) llenos de compradores de clase media alta (ellos vestían de traje y corbata y las mujeres con tapado de piel) Mientras se hacía el remate, nosotros jugábamos un partido contra nuestros acérrimos rivales “La Loma”, mientras que los conductores de las bañaderas dormían en el primer asiento de sus vehículos. Todas las cosas raras ocurrían en los partidos entre Sacachispas y La Loma, pero esta vez ocurrió la más rara de todas: por primera y única vez, los dos enemigos hicieron causa común. Un tiro alto pasó sobre el travesaño y la pelota, nuestra querida pelota, cayó en una de las bañaderas. No quisimos meternos a agarrarla y despertamos al conductor. Con una sonrisa siniestra, este inadaptado hizo ademán de devolverla, y de pronto, sacó una cortaplumas y le hizo un tajo de quince centímetros, arruinando completamente ¡nuestro tesoro más preciado! Hubo un momento de shock, como si el tiempo se hubiera detenido. Pero la reacción, cuando vino, fue increíble: nadie dijo una palabra, no hubo ninguna orden, veintidós chicos, todos alrededor de catorce años y una docena de adultos corrieron hacia las pilas de materiales de construcción, se llenaron los brazos de ladrillos y pedregullos y comenzaron a bombardear el remate y las bañaderas. Fue una hecatombe. Se subieron a los vehículos y adoptaron la posición de emergencia de las aerolíneas, con la cabeza entre las piernas, las manos sobre la nuca y se fueron. Las bañaderas eran vehículos torpes y lentos, los perseguimos por tres cuadras por la calle Larrazábal, hasta que se agotaron los proyectiles. Todavía escucho el ruido ensordecedor de las piedras sobre el metal. Les llevó más de una año vender la primera casa y no edificaron la segunda manzana hasta seis años después. Ø
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