“Queridos amigos:
Les ruego se hagan cargo de la cremación de mi cadáver. Deseo que no haya acompañamiento público, ni ceremonia laica ni religiosa alguna, ni acceso de curiosos y fotógrafos a ver el cadáver, con excepción de las personas que Uds. especialmente autoricen.
Si fuera posible, debería depositarse hoy mismo mi cuerpo en el crematorio e incinerarse mañana temprano en privado. Mucha gente buena me respeta y me quiere y sentirá mi muerte. Eso me basta como recompensa. No debe darse una importancia excesiva al desenlace final de una vida, aún cuando sean otras las preocupaciones vulgares.
Si ustedes no lo desaprueban desearía que mis cenizas fueran arrojadas al viento. Me parece una forma excelente de volver a la nada, confundiéndose con todo lo que muere en el Universo.
Me autoriza a darles este encargo el afecto invariable que nos ha unido. Adiós.
Lisandro de la Torre”
Con esta carta se despidió uno de los más importantes, honestos e incorruptibles políticos de nuestra historia.
La pregunta a hacerse es ¿Por qué nuestro país destroza a los útiles y hace perdurar a los inútiles y corruptos? ¿Qué llevó a un hombre de su entereza a la depresión que deja clara en su carta y a esa drástica determinación?
De la Torre, desde muy joven, se inició en la política encontrando un espacio de discusión en la U.C.R. Así se sumó a esta fuerza liderada por Leandro N. Alem y Aristóbulo del Valle, en donde también se iniciaban Yrigoyen y Juan B. Justo.
En esa época, la U.C.R era bastante revolucionaria y así fue como comandado por él en Rosario, se tomó la ciudad en 1893 y se hicieron cargo del gobierno por 20 días para luego ser forzados a renunciar. Pero ya se empezaba a gestar un cambio. Más tarde se intentó lo mismo en Tucumán, Corrientes y Catamarca.
Para el año 1895 fue nombrado director de “El Nacional” el diario combativo de Aristóbulo del Valle. Pero en 1896 con las muertes de Alem y del Valle, comenzaron los enfrentamientos en la U.C.R, principalmente entre Lisandro de la Torre e Yrigoyen, motivo por el cual ambos líderes tuvieron un breve duelo de espadas en 1897. Después de esto, de la Torre renuncia a la Convención Nacional de la U.C.R.
En 1908 crea un nuevo espacio político que denominó La Liga del Sur, con la que más tarde es elegido diputado nacional en 1912. En 1915 une su movimiento a otras agrupaciones, para crear el partido Demócrata Progresista con el que es candidato a la presidencia. En aquellas elecciones triunfa la U.C.R.
En 1921 sigue sus disputas con Yrigoyen, ahora presidente, estimulando una reforma constitucional. Y en 1922 regresa al Congreso como diputado, en donde se mantiene hasta 1925. En ese período presenta gran cantidad de importantes proyectos de ley.
Durante el golpe de estado de 1930 se lo vio luchando contra los dictadores, uno de ellos era un viejo amigo y correligionario: el presidente José Félix Uriburu, quien le ofrece formar parte del gobierno. De la Torre, por supuesto, no quiso formar parte de un gobierno anti-democrático.
Ya en 1931 acelera sus lazos con el socialismo y se une a Nicolás Repetto para presentarse en las elecciones presidenciales de 1931. Al acceder a la presidencia Agustín P. Justo y sabiendo que era estrecho el lugar para el disenso, acepta desde su banca del senado llevar adelante la oposición al proyecto conservador.
En 1935 ocurre uno de los hechos más duros en su carrera política: su seguidor, el senador Bordabehere recibe un balazo que lo tenía como destino cuando éste estaba interpelando al ministro Luis Dahau. Este hecho, sumado al cansancio personal de ver que su proyecto político nunca iba a ser considerado para mejorar nuestro país, fueron haciéndolo abandonar poco a poco la política, hasta que en 1937 renuncia a su banca de senador.
Agobiado, aislado y quebrado económicamente, empiezan a resultar muy escasas sus apariciones públicas, salvo para dar algunas conferencias. Finalmente, el 5 de enero de 1939, en la soledad de su departamento de Buenos Aires, se quita la vida de un certero balazo al corazón.
Quedan como ejemplo su permanente lucha y crítica contra el poder establecido y sus privilegios, su enfrentamiento contra los conservadores, la oposición al clericalismo, su ataque al radicalismo en su momento de esplendor y su acción legislativa contra los grupos extranjeros involucrados en negociados. Todo un símbolo para una Argentina que quedó en el imposible y en el olvido. Ø