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Domingo 30 de octubre de 1983. Nace una flor. El pueblo argentino recurre a las urnas luego de vivir los años tal vez más oscuros de la historia argentina del siglo XX: la dictadura militar que había comenzado el 24 de marzo de 1976. Años de represión, muerte y silencio pretenden quedar atrás con la restitución de la democracia. La flor poco a poco se abre y parece traer en cada uno de sus pétalos libertad, elección, igualdad, respeto; todos estos valores implícitos en una sola palabra “democracia”, y que a su vez prometen una nueva y mejor etapa. A medida que pasan los años, esa flor se va deshojando, pétalo por pétalo. Ya pasaron dos décadas y más que eso. Gobiernos radicales y justicialistas. Convertibilidad y devaluación. Tranquilidad y sobresalto. Hiperinflación y estabilidad. Ajustes y pobreza. Consenso y oposición. Todo se fue dando en una especie de aprendizaje por ensayo y error. Una adaptación a la vida en democracia y a la responsabilidad que esta conlleva. Un redescubrimiento de lo que esa palabra significa para un país. Ahora, en este aprendizaje, ¿tuvimos siempre presente el verdadero sentido de lo que es la vida en democracia? ¿Cómo se explican las injusticias que forman parte de la realidad? Tal vez sea necesario un verdadero descubrimiento de la democracia para poder concretarla. La democracia se define como una doctrina política que favorece la intervención del pueblo en el gobierno y el mejoramiento de la condición de vida de la sociedad. Se constituye como una forma de gobierno y a la vez instituye un conjunto de reglas de conducta para la convivencia social y política. La democracia promueve el respeto a la dignidad humana, la libertad y los derechos de todos y cada uno de los miembros de una comunidad. El pueblo incluye a los miembros de esa comunidad. Cada uno de los hombres y mujeres que forman parte del pueblo poseen por medio del ejercicio de la democracia, libertad, igualdad y soberanía popular, el hombre inteligente y libre puede regirse por sí mismo mediante los órganos por él instituidos. Concepto y teoría. ¿Práctica? ¿Realidad? Al llevar toda la teoría a la realidad que vivimos, se produce un contraste entre la definición y la forma en que los argentinos practicamos la democracia. Hasta podría decirse que existe una distancia entre lo postulado y la realidad, distancia que incluso parecería tener el poder de borrar y hacernos olvidar el sentido de la democracia. Nadie puede negar que hemos avanzado y que dejamos atrás épocas de genocidio, desaparición y muerte. Pero tampoco podemos negar que otros crímenes siguen cometiéndose detrás de la cortina de un discurso y un sistema aparentemente democrático. ¿Cómo puede afirmarse que vivimos en democracia cuando la mayoría de la población no puede desarrollar sus aptitudes ni su capacidad de elección y libre decisión del curso de su vida? Primero, y antes que nada, es necesario recordar que como pueblo somos nosotros los miembros de la comunidad a la que hace mención la definición de democracia. Como miembros de esa comunidad, constituimos una nación y de esta manera estamos ligados por una historia y por el proyecto de un futuro a realizar en conjunto. Ese proyecto nos otorga una responsabilidad de la cual no nos podemos desligar. Como grupo social construimos una conciencia colectiva que nos une en una acción común para concretar ese proyecto. Esta conciencia y esta acción implican la solidaridad y el respeto por los derechos propios y de los demás. Actualmente esa visión de conjunto y comunidad de intereses ha desaparecido, y en su lugar aparece el individualismo y el interés particular sin la preocupación por quien está a nuestro lado. Esta situación es favorable a los distintos gobiernos de turno que ansían cada vez mayor poder y dominio sobre la gente. Es más fácil dominar a una sociedad separada que no posee un sentido que guíe su accionar antes que una sociedad consciente y que lucha por sus ideales. La separación produce diferencia, desigualdad y resentimiento, que a su vez producen cada vez más distancia entre los individuos. Las crisis se suceden y, como explica la historia, a cada crisis le sigue una época de crecimiento y bienestar. En nuestro caso, y de acuerdo a una especie de sentido común, tocamos fondo, lo que significa que sólo nos queda recuperarnos y salir adelante, “peor no podemos estar”. Enfrentamos una nueva elección de nuestros representantes, supuestos representantes de los valores, principios e intereses de la comunidad. ¿Verdaderamente ahí se encuentra la democracia? No es así. Democracia va más allá de un voto, es una forma de vida que no se limita a una manifestación de la voluntad del pueblo cada cuatro años. La democracia se manifiesta en la actividad concreta, en cada espacio social en el cual un grupo de personas se identifica y encuentra los valores que le dan sentido a la vida. Como ejemplo están los distintos grupos que fueron apareciendo como resultado de la última crisis argentina: trabajadores que pelean por su fuente de trabajo, asambleas barriales, etc. Estos grupos poseen una característica que los define: un proyecto común, y esa comunidad es la que borra todas las diferencias. Existe identidad, igualdad y responsabilidad verdaderas. No hay lugar para el individualismo y el beneficio particular como tampoco para el dominio y el avasallamiento. Es una lección que se aprende cada vez que se observa la ambición y la codicia de poder por parte de los políticos. Y frente a esto y al resultado de marginación y exclusión, el pueblo se reúne y busca una salida. Nace una flor. Una flor que hace veinte años empezó a perder sus pétalos, en nosotros está que esos pétalos vuelvan a crecer y que sean resistentes a cada nueva tormenta.
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