Nuevo Almacen
20 noviembre 2008

Menú principal
Inicio
Tapa del Mes
Calendario de Eventos
Cartas y más Cartas
Horóscopo
Humor
Nuestra Mesa
Suplegrama
Números Anteriores
En forma de revista
Información importante para argentinos en el exterior
Clasificados
Lista de Precios / Advertising Rates
Quienes Somos
Preguntas mas frecuentes
Contactar
Instituciones Argentinas
Edición España
Edición Argentina
Buscar
Anunciantes
Imágenes al azar
suegra alvarez.jpg
Visitante Número:
NuevoAlmacen.com
alfajor
camiseta



Advertisement
Anécdotas: “El viejo y yo” Imprimir E-Mail
Escrito por Rodolfo Spadano   
jueves, 23 de marzo de 2006

 

Comencé a escribir esto muchas veces y terminé escribiendo otras cosas. Siempre me detuvieron el miedo a hacer barato algo que me es muy caro, el esfuerzo emocional que significa poner en papel una cosa como esta y el miedo de aparecer lacrimógeno y cursi, cuando sólo quiero mostrarme sentimental.
Esto no es una anécdota, es un sinfín de pequeñas anécdotas que conforman y definen, en conjunto, una personalidad. Se lo debía al viejo y aquí va:
Conocí a mi padre cuando yo tenía tres años. No es que entonces lo hubiera visto por primera vez, sino que allí comienzan mis memorias, claras y nítidas como una película moderna, sin granitos ni borrones en technicolor.
En esa época contraje lo que era entonces, y es aún, el terror de niños y ancianos: pulmonía doble, sólo que en ese tiempo no existían los antibióticos, así es que estuve tres meses pudriéndome a té con leche y calditos, hasta recuperarme.
Mi padre se iba a trabajar cuando yo todavía dormía y volvía ya caída la noche, y aunque él estaba tan cansado como yo aburrido, comía algo rápido y se sentaba al borde de mi cama y con el diario que leía religiosamente todos los días, me enseñaba el A-B-C.
Cuando pude volver a potrerear, ya sabía leer y escribir.
El día de mi quinto cumpleaños cayó en domingo y mi padre, después de darme lo que sería por años mi regalo para esa ocasión (un chocolate y un libro), me dijo: “vestite, te tengo una sorpresa”. ¡Que sorpresa! Mientras escalábamos los tablones del Gasómetro, yo me frotaba los ojos para convencerme de que iba a ver a nuestro querido San Lorenzo. Era un partido fácil, así que lo pudimos ver sentados, yo sobre sus rodillas.
Nos íbamos a las nueve de la mañana (abrían las puertas a las diez) con un sándwich bajo el brazo, para vernos los tres partidos: el de tercera, el de reserva y a las tres de la tarde el de primera.
Esta rutina duró hasta los 35 años, cuando emigré. Por siete años mi esposa fue la viuda de los domingos, pero tenía su lindo final, cuando bajábamos del ómnibus a tres cuadras de casa, ya era de noche, en la esquina había un bolichito donde freían unos cornalitos de locura, comprábamos una bolsa enorme y una botella de “Lambrusco”, el vino de la tierra donde había nacido el viejo y todo terminaba en una fiesta, especialmente si San Lorenzo había ganado.
El viejo nunca me pegó; no creía en eso, decía que era de cobardes pegarle a un niño, pero hubo una excepción. Tenía yo 12 años cuando tuve un serio accidente futbolístico, un tapón desclavado me abrió una herida en la pantorrilla, muy profunda, pero debido tal vez a que no agarró una arteria y al shock hemático, casi no sangraba. Se podía ver la grasa y el tendón; me llevaron al hospital Salaberry, en donde el viejo me tenía abrazado a la camilla mientras me cosían con una aguja de colchonero y sin anestesia.
La herida requería curaciones diarias y con mi padre trabajando y mi madre enferma, tenía que tomar yo solo el ómnibus 20. ¿Se acuerdan de esos ómnibus grandes con plataforma abierta atrás? ¿Se acuerdan que extendías la mano para que paren y los desgraciados parecían acelerar? En realidad no aceleraban, simplemente tiraban un cambio para abajo, la transmisión roncaba, y que Dios te ayude.
Adquirí una gran habilidad, casi elegante, para subirme a los vehículos andando. Un día íbamos con toda la familia a visitar unos parientes, el viejo, la vieja, mi hermana y yo, y cuando se aproximó el ómnibus le hicimos señas para que parase, pero venía un poco lleno y no paró. Yo, que era el primero en la fila, extendí mi brazo y con un paso de “ballerina” subí elegantemente al vehículo en movimiento; por supuesto nadie más subió.
En la esquina siguiente me bajé y volví caminando orgulloso de mi hazaña. El viejo, no por castigo, sino por una combinación de miedo y adrenalina, me sacudió un cachetazo que todavía me tiene la cabeza dando vueltas.
El viejo era jardinero, pero antes de que se les forme en la mente la imagen del que viene a cortarles la gramilla los fines de semana les diré: mi viejo no era un corta yuyos. Conocía todas las plantas y flores, habidas y por haber, por su apelación vulgar y por su nombre en latín.
Trabajaba para el presidente de la firma Bozzala Hnos., don Carlos, un individuo millonario por herencia, a quien yo admiraba porque era amable con todos, respetuoso con empleados y servidumbre y de vez en cuando me traía un regalito. Otra razón de mi admiración era la vida que se daba, rodeado de las cosas más lindas que yo había visto.
Tenía la fábrica, de varios pisos, en dos manzanas cuadradas de terreno en Nueva Pompeya, el resto de la tierra rodeada de cipreses, estaba dividida en dos secciones, una granja privada, con su propia vaca, pavos, gallinas y vegetales. A excepción de sus visitas a restaurantes, don Carlos no comía otra cosa más que el producto de su granja. La otra mitad eran jardines florentinos con fuentes, arcadas, cancha de tenis y todo lo imaginable; de estos jardines se ocupaba mi padre con la ayuda de un peón polaco.
Durante las vacaciones escolares mi padre me llevaba con él todo el día, y allí tenía yo mi propio triciclo y espacio para potrear entre una belleza abrumadora.
Don Carlos quería mucho a mi padre, pero como buenos tanos los dos, siempre se agarraban por algo.
Nunca olvidaré la discusión sobre un reloj de bolsillo de plata, cincelado a mano, que había sido de mi abuelo y mi padre lucía con orgullo (ahora lo tengo yo, es una preciosura) y don Carlos lo quería comprar constantemente ofreciéndole al viejo un poco más cada vez, hasta que mi padre fastidiado le dijo: “¿Qué te creés, que porque tenés mucha plata y yo no, yo no puedo tener algo que vos no tenés?”
Llegó el momento en que no podíamos vivir más en el conventillo donde nací, porque yo me peleaba todos los días con el hijo de la dueña, y mi viejo compró un terrenito, entre Mataderos y Villa Lugano por 15 pesos mensuales. Por monedas compró unos cajones de Ford, donde venían embarcados los autos e hizo hacer unas paredes desmontables con bulones y... “voila”, tuvimos nuestra propia casa. Era invierno y cuando los nudos del pino empezaron a saltar y el viento helado entraba por los agujeros, toda la familia tenía que ponerse a enrollar diarios para taparlos.
Eso duró apenas unos meses, porque la compañía rematadora nos comunicó que tuvieron un error y que ese terrenito ya se lo habían vendido a otro. Le preguntaron al viejo si sería tan amable de aceptar en compensación por la molestia otro terreno de 800 m2, casi un cuarto de manzana, por los mismos 15 pesos mensuales. El viejo pegó un salto de dos metros y para completarla fue a ver a don Carlos y le pidió 1.000 pesos para edificar una enorme habitación de ladrillos, con piso de pinotea, en el nuevo terreno. Acordaron que le descontarían 20 pesos mensuales para repagar la deuda. El viejo ganaba 120 pesos mensuales, muy buen sueldo en aquella época.
Lamentablemente, tiempo después, don Carlos llamó a mi padre para decirle: “Mirá, a 20 pesos por mes no vamos a terminar de pagar nunca, así que a partir del mes que viene te voy a descontar 40 pesos”.
El viejo volvió esa noche echando chispas, tomó papel y pluma y escribió: “Me voy, buscate otro, te voy a mandar 20 pesos por mes como acordamos”.
A partir de entonces, resultó rutinario en el barrio ver llegar frecuentemente un Rolls Royce, con chofer uniformado y un señor muy elegante, con su puro entre los labios, bajarse y entrar a nuestra modesta vivienda. Era don Carlos, que venía a rogarle al viejo que volviera.
El viejo, aunque era muy honorable, le había perdido el respeto a don Carlos. Finalmente le dijo que sí, y volvió, pero solamente por un año, mientras florecían los rosales y jazmines que había injertado, unos 8 mil en total, que vendió a mayoristas para iniciar su vivero, y después le dijo chau a don Carlos definitivamente.
Cuando me venía para Estados Unidos, me ofreció el vivero (de regalo) para que me quedara; si hubiera sido cualquier otro negocio lo hubiera aceptado, pero a mí las plantas tan sólo me gustan para mirarlas.
En el año ‘74 les pagué un viaje a mis padres para que vinieran y traté de hacer que se quedaran; en ese tiempo era fácil, pero aunque mi madre quería, el viejo me dijo: “Mirá querido, si me quitan los tablones del Gasómetro el día domingo, yo me muero”.
Se murió redondeando los 90, afectado el último par de años por Alzheimer, pero un toro físicamente en todo aspecto. Gracias a Dios tuvo suficientes etapas de lucidez para disfrutar el hecho de que su bisnieto llevaba su mismo nombre: Nicolás.
Todos en la vida tenemos momentos que recordamos con diferentes emociones; el momento de mi vida que más me llenó de orgullo vino muy temprano. El viejo me compraba la revista Billiken todos los miércoles, la leía en los descansos de su trabajo y me la traía a la noche.
Un día entró con una sonrisa de oreja a oreja, las páginas de Billiken abiertas en una página donde había tres poesías que yo había escrito, con un elogioso comentario de periodista. “¿Y esto?”, me dijo. “Una sorpresa”, le contesté.
Me llevó a su habitación, me hizo sentar en su cama y sacó del ropero una caja de zapatos, la volcó sobre la cama y había en ella un montón de cartillas llenas de poemas. Eran de él. “Leelas y decime qué opinás”, me dijo. Un hombre de 31 años le estaba pidiendo opinión a un chico de nueve que estaba en segundo grado. Así era mi viejo. Ø

 
< Anterior   Siguiente >

Diez Euros
Dynamic LA
Dynamic LA
Dr. Eric Nepo

Dr. Eric Nepomnaschy

Seguros Latinos

 Seguros Latinos Boton

Surexpress
Surexpress
Berjos

Berjos

Andes Florist
Andes Florist
Andrea's Travel
Encuestas
¿Quién ha sido el personaje argentino más destacado del año?
 
Más Leídas
Historia del rock nacional: Pescado Rabioso/Invisible 
Notas de la farándula - Abril 2006 
Página de Humor - Abril 2006 
La Entrevista del Mes: Dr Patrizio Petrone 
Pacific Life Open / Indian Wells 2006 

Otras
Tapa - Abril 2006 
LA LITERATURA GAUCHESCA – Nota Nº 4 
Página de Humor - Abril 2006 
EDITORIAL - Abril 2006 
Nuevo en DVD: The complete story: Maradona Uncensored 
Cine Argentino - Abril 2006 


© El Suplemento 2004 | arriba