|
Escrito por Oscar I. Márquez
|
|
miércoles, 22 de marzo de 2006 |
|
En un pequeño pueblo vivía un matrimonio de campesinos. El hombre se dedicaba a labrar y cultivar la tierra para poder ganar el sustento diario; era trabajador, paciente y resignado. Todo lo contrario era su mujer, a la que le gustaba la vida fácil, era haragana y despreocupada. Sobre todo le encantaba salir de fiesta, ir a los bailes y le gustaba mucho la bebida. El campesino estaba feliz por su suerte, por tener trabajo y comida para llevar a su hogar, pero por otro lado, su esposa, vivía malhumorada y triste por la vida aburrida del campo. Hubo un año de muchísima cosecha, por lo que había que trabajar como nunca. Crespín cosechaba su trigo de sol a sombra, trabajando más horas de las que podía resistir un hombre, debiendo hacer todo el trabajo sin ayuda alguna, pues su mujer no era capaz de agarrar una herramienta, o embalar lo cosechado. Crespín, de tanto trabajar, un día se enfermó y le pidió a su mujer que fuera hasta el pueblo a comprarle unas medicinas y le mencionó que cuanto más rápido volviera, él más pronto se recuperaría para continuar la cosecha. La mujer partió hacia el pueblo, pero en el camino se encontró con una gran fiesta; se acercó diciéndose a sí misma que sería nomás para descansar un rato. Sin embargo la fiesta estaba muy buena y ella se fue enganchando con la alegría y comenzó a beber, cantar y bailar. El chipa, la caña, los chamamés y las polcas despertaron en ella su vieja pasión por la jarana y en medio de tanto fervor se olvidó de todas sus obligaciones. En el momento en el que ella más entretenida se encontraba, la vinieron a buscar porque su marido había empeorado de su dolencia y pedía ver a su esposa. Pero ella no estaba en sus cabales y lo que menos hizo fue preocuparse por la salud de su marido. “La vida es corta para divertirse y larga para sufrir”, les dijo a sus vecinos. Cada día que pasaba repetía lo mismo cuando la iban a buscar, por más que le dijeran que su marido se estaba muriendo. Cuando finalmente le avisaron que ya había muerto, no dio importancia y siguió bebiendo y bailando. Los buenos vecinos, entristecidos por la suerte del pobre Crespín, se ocuparon del velatorio y del entierro. Luego de algunos días, y una vez que la fiesta hubo terminado, la mujer regresó a su hogar y cuando se encontró en la más terrible soledad, lloró y sufrió su pena. Durante varios días y noches anduvo por los campos, llamando a su marido. Loca de dolor, le rogó a Dios que le diera alas para poder seguir buscando a su marido, y Dios la convirtió en ave. Desde entonces, la mujer es un ave huraña y solitaria que en las épocas de las cosechas busca a su esposo con inocultable dolor, gritando: “¡¡¡Crespín... Crespín!!! Ø
|