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Escrito por Rodolfo Spadano
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sábado, 26 de noviembre de 2005 |
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Lo que voy a contarles es íntimo y sin pretensiones. El personaje del título aparece en diminutivo simplemente por el intenso cariño que guardo hacia ella, aunque merece un superlativo. No soy poeta, pintor o escultor famoso, pero siento que soy poeta, pintor y escultor, y que el gozo que deriva de ello es consecuencia de una sola causa: mi maestrita. Corría el año 1938, tenía ocho años y cursaba el segundo grado de la escuela primaria cuando escribí tres poemas que fueron luego publicados en la revista “Billiken”. Mi maestra, la Sra. Wasserman, los leyó, y también toda la escuela. Se armó un revuelo mayor. La maestra de tercer grado en la misma escuela, Doña Augusta Elena Omicini, una persona de gran cultura y conocedora de las artes, vino a verme, curiosa por saber quiénes eran mis padres, de dónde venían, qué educación tenían (mis padres apenas llegaron a terminar el tercer grado elemental en Italia) y cómo había germinado en mí la idea de escribir versos. Así nació una relación que se intensificaría al año siguiente, cuando ella fue mi maestra en tercer grado, una amistad que perduraría a través de los años. Hasta que terminé la escuela primaria, los sábados me invitaba a pasear por las calles de Liniers, donde ella vivía; mirábamos vidrieras, a veces me compraba zapatos o camisas (mi familia era humilde), pero más que nada me hablaba, como si fuera su hijo, de temas relacionados con el arte o la política (acababa de comenzar la Segunda Guerra Mundial). Lo increíble era que me escuchaba; a mí, a un mocoso todavía en pantalones cortos. Lo más preciado de esas caminatas eran las visitas al estudio de su tío, el gran escultor argentino Santiago José Chierico. Allí, como en éxtasis, en trance, veía trabajar al genio, lo veía crear y consumar. Desde el bosquejo en el reverso en blanco de una tarjeta de invitación a un homenaje al que no asistiría (“todo verso”, decía), hasta el sonido de la caricia del cincel sobre el mármol, con la delicadeza y ternura con la que se desnuda a una mujer, según decía. Cuánto asombro, qué difícil a esa edad absorber tanto arte y tanta belleza; sin embargo, absorbido fue, escrito para siempre en el cuaderno en blanco de mi alma por su mano tan querida. Ella fue la fuerza que me empujó a ingresar a Bellas Artes, cosa que, aunque no me hizo rico, me dio y me sigue dando las satisfacciones más grandes de mi vida. Nuestra relación se mantuvo a través de los años y, aunque eventualmente separados por miles de kilómetros, el intercambio de cartas y cosas y las interminables charlas cada vez que visité Buenos Aires, nos mantuvieron siempre unidos. Su último regalo fue un libro con las obras de Chierico y una dedicatoria que no puedo leer sin llenarme de amor, emoción y orgullo. Orgullo de ser el receptor del respeto de alguien como ella. Mis hijos y otros miembros de mi familia, sin haberla conocido previamente, cumplieron con mi pedido de visitarla cuando estuvieron en Argentina, y lo que comenzó siendo el compromiso de una obligación hacía mí, terminó siendo para ellos fuente de belleza e inspiración. Una tertulia con Doña Augusta podía iluminar la vida de cualquiera. Ø
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