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En momentos en que la Comunidad Internacional pide disminuir los bolsones de pobreza y miseria diseminados en amplias regiones del planeta, la política exterior de los Estados Unidos parece destinada a exacerbar aún más la inseguridad de los negocios. Washington, según el informe de una consultora (que trabaja con una cartera de 5300 clientes en más de 130 países), ha creado nuevas amenazas que se suman a las ya existentes. Antes del 11 de septiembre de 2001 las dificultades eran ya grandes. Se relacionaban con la delincuencia y piratería comercial de ultramar, la inmigración ilegal que generan las crisis económicas persistentes, la proliferación del narcotráfico y las recesiones simultáneas en varios mercados. La consultora británica Risk Group difundió un resumen que se publicó en diarios de Buenos Aires en el que señala: “La incertidumbre geopolítica, la inestabilidad en mercados emergentes clave y las continuas amenazas del terrorismo y el crimen, han vuelto los negocios internacionales un desafío como nunca antes”. Agregando: “lo que vemos es un movimiento de gente mucho más disperso que a veces coordina sus actos y otras no, que está lanzando ataques inspirados en el ejemplo de Al-Qaeda. La amenaza ahora es mucho más elusiva y el peligro es que se ha vuelto mucho más difícil de perseguir” Ante esta situación que describe el informe, la Casa Blanca podría permitirse dudar sobre los pasos a seguir para cuidar su imperio, si es con criterio de imperio como se ha venido pensando. Los hechos parecen probar tal concepción geopolítica. Pensar en términos de esa palabra es, de por sí, una desgracia para todos, debe aclararse. Pero así están las cosas. Cuando se anunció la recesión inminente de Alemania, en mayo de 2003, el Secretario del Tesoro de EE.UU. -John Show- instó a sus socios del grupo de los siete (G7) países más industrializados a tomar “inmediatamente medidas” para reactivar el crecimiento económico. ¿Por qué tan preocupado por la recesión en Europa y tanta displicencia con la pobreza de Latinoamérica? Al mismo tiempo Bush firmó un acuerdo comercial con cuatro países centroamericanos (Nicaragua, Guatemala, Honduras y El Salvador) que -entre otras cosas- permitirá que más del 80% de las exportaciones de bienes industriales y de consumo de EE.UU. tengan arancel cero, eliminándose el resto en los próximos 10 años. Algunas naciones, como Costa Rica, se retiraron de las rondas de negociación indignadas, declarando que otros países “estuvieron dispuestos a firmar lo que le pusieron de frente” La historia del apogeo y caída de otros imperios ya es conocida: sus fortalezas, que los hicieron grandes, siempre terminaron por resquebrajar el dominio y la armonía de las sociedades, generando un principio de caos, de menor o mayor escala. El gobierno republicano ataca por todos los frentes, pero su fortaleza empieza a ser también su debilidad; ¿cómo pueden los países llamados “desarrollados” (tal los integrantes del G7) que han ganado tanto con métodos que generaron desigualdades (a la vez que polución y amenazas diversas) pedirle a los nuevos protagonistas del escenario económico global (el sudeste asiático, en particular China), que no repitan la historia, que cuiden el sustento o el medio ambiente? ¿Por qué han de hacerlo? Para ser escuchado y creído, primero hay que dar el ejemplo. O en todo caso Bush, y la dirigencia que lo acompaña, debe permitirse pensar la opción de reorientar el rumbo y las bases que sostienen el imperio (arrasar mercados débiles, apropiarse de riquezas en territorios “subdesarrollados”, liderar la fabricación y ventas de armas, etc.) Ningún imperio pudo reorientarse. Estados Unidos cuenta con una capacidad enorme de algunos de sus hombres para repensar las cosas, pero no parecen ser justamente los hombres que hoy están al frente del gobierno, los adecuados para llevar adelante esta idea. El talento está, sólo que hace tiempo que ese talento está siendo obstruido -cuando no cercenado- por los tilingos del pensamiento que en todos lados aparecen.Ø
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