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Cuando el señor Heredia llegó a la escuela, alborotó a todo el personal femenino, especialmente a las solteras. Heredia contaba con unos treinta años, era alto, de tez color oliva, pelo ondulado renegrido y unos enormes bigotes. Una pinta que mataba. Era muy culto el hombre y, aunque le faltaban unos meses para recibirse de abogado, su manera de ser era rea. Confesaba que se había criado en la calle; los fines de semana era jugador profesional de fútbol en la tercera de ascenso de Liniers Sud. Lo tuve como maestro en quinto grado. Sus métodos de enseñanza no eran muy ortodoxos, y tal vez hoy hubiera tenido problemas con la burocracia. Un día encontró a dos chicos peleándose en el recreo y en el siguiente les dijo que no salieran, cerró la puerta y les preguntó: ¿Quieren pelear? ¡Peleen hasta que se cansen! Yo soy el referí. También recuerdo que una vez intercambié cachetadas con el “Polaco” Sannovich, durante un recreo. No piñas, unas cachetadas nomás y al volver a clase, un “ortiva” abrió la boca y dijo: “Señor, Spadano y Sannovich se pelearon”. Un sudor frío me corrió por la espalda cuando el maestro preguntó con voz amenazadora: “¿es cierto?”. Al polaco le debió haber pasado lo mismo porque los dos explotamos al unísono: “¡No es cierto, señor, se lo juro! Heredia la dejó correr. Se corrió la voz, y pronto las maestras empezaron a mandarle los chicos que se peleaban. En muy poco tiempo no hubo más peleas en la escuela. No llamaba a los alumnos por su nombre o apellido. Les ponía sobrenombres a todos. A mí me llamaban “quitina”, porque esa fue mi respuesta cuando preguntó cuál era la sustancia que hacía rígidas las alas de los insectos. Al tano Prunesti, quien una vez se levantó el guardapolvo para buscar algo en sus pantalones y mostró en la asentadera un parche de color diferente, lo bautizó “Parcheti”. Y así con todos. Yo caminaba unas ocho cuadras hasta la escuela; muchos hacían lo mismo. Los días de lluvia faltaban muchos alumnos, justificadamente. Era miserable empaparse y aguantar cuatro horas, mojados, en clase, antes de volver a casa. Pero había un grupito de diez, entre los que estaba yo, que no nos perdíamos ni una clase en día de lluvia ni aunque nos mataran, porque ese día Heredia se soltaba. Como el día en que Roma, el hermano menor del famoso arquero de Boca y la selección, hizo algo incorrecto y Heredia le ordenó: “Roma, párese y recítenos un poema”. Ahora, para comprender el por qué de la orden, había que conocerlo a Roma. Shesheaba al hablar, como los reos del tango y estoy seguro que no tenía la más vaga idea de lo que era un poema. Se paró y con una sonrisa diabólica dijo: “En el cielo las estrellas, en el campo los cascotes, piedra libre para el maestro que esta atrás de los bigotes”. Las carcajadas se escucharon desde la calle. Sin embargo el más preciado recuerdo que tengo de Heredia está relacionado conmigo personalmente. Durante los cinco años previos a él, fui el mejor alumno de la escuela, y aunque nunca tuve problemas con los reos de mi barrio, porque yo también era reo, en la escuela era diferente. En mi clase había una media docena de pibes que eran de “La Loma”. Tenían notas muy malas y no estaban muy contentos de que yo tuviera siempre notas tan altas. Pero un día Heredia me arruinó el cuaderno con una tremenda mala nota, la primera en tinta roja como sangre. Hubo shock en mi casa, que se convirtió en pánico cuando a la semana recibí otra. En el recreo fui al patio a llorar y cuando los malevitos me rodearon y me pusieron las manos en los hombros, uno de ellos dijo: “el maestro estuvo mal, nosotros nos merecemos las malas notas, pero vos no” Yo había leído La Biblia, y me sonó como las palabras del ladrón en la cruz, y nos hicimos amigos. Poco tiempo después contraje paperas y, por razones de contagio, tuve que faltar a la escuela por un mes. Mi madre, preocupada porque me atrasara, fue a ver a Heredia para pedirle programas y deberes. “No le voy a dar nada, señora”, dijo el maestro, “su hijo puede faltar por seis meses y no va a estar atrasado”. Mi madre se puso muy contenta, pero también intrigada y preguntó: “Pero..., y sus malas notas...” “Ah...eso,” contestó Heredia, y siguió: “noté que su hijo, por ser tan estudioso, no se llevaba bien con algunos chicos, y decidí bajarlo un poco del pedestal”. Filosofía porteña. Psicología rea. ¡Grande Heredia! Ø
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