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La Verdad de la Mentira Imprimir E-Mail
Escrito por Luis Alberto Lecuna   
jueves, 01 de abril de 2004

Imaginemos y visualicemos esta típica escena bucólica
“El pastor, cayado en mano, arenga a los perros ovejeros, quienes velozmente cumplen con su misión de conducir a los dóciles ovinos a los sitios de pastoreo que el dueño del rebaño ha indicado. Hoy se alimentarán de lo que hay en esta parcela, mañana de los pastizales que hay en aquella otra, cercana al arroyo surcado por esos chopos temblones que se mueven al ritmo del generoso viento. Los perros no hacen su eficiente trabajo gratuitamente. Deben ser cuidados y alimentados. El pastor y el dueño de las ovejas saben esto, porque saben también que para lograr su propósito de conducir al rebaño, la tarea de los perros es insustituible”
                                (Bechi Fuerte, “Los perros ovejeros”)

El texto precedente no tendría nada de particular si no diéramos una vuelta de tuerca en aras de la metáfora, y dijéramos que el “pastor” representa al gobernante de turno, “el rebaño” al pueblo, y “el dueño” a las grandes corporaciones económicas y a todos los que ejercen -tras bambalinas- el poder mundial, generando políticas y estrategias para defender sus intereses y acrecentando su poder y su capital. Que los pastizales son las “noticias” que dueño y pastor quieren que las ovejas consuman, y finalmente, que los perros ovejeros simbolicen a los más influyentes medios de comunicación, que “forman” opinión en la gente.
Podremos cambiar situaciones climáticas y escenografía, el nombre de los países y de los gobernantes, en síntesis, los actores y el teatro, pero siempre tendremos la misma trama subyacente, el mismo tema de fondo: el de las ovejas que siguen los designios de quienes las manejan a su antojo. El de la opinión pública dependiente hasta grados insospechados, de la opinión publicada.
Algunos filósofos dicen que “la realidad no es la realidad, sino la percepción que se tiene de la realidad”. En el mundo actual (signado por la decisiva presencia de los medios de comunicación en la vida cotidiana), la percepción que la gente tiene de la realidad, está poderosamente influenciada -fundamentalmente- por la radio, los diarios y revistas y, más que nada, por la TV.
Y como desde que el mundo es mundo la historia es escrita por los que ganan, es prácticamente nula la posibilidad de las ovejas de entender que puede haber otro libreto, diferente y más ajustado a la realidad. Más aún, quien piensa distinto a la “historia oficial” es un herético, y será merecedor de la vituperación y el escarnio.
G. W. Bush es todo un maniqueo: interpreta la realidad como una dicotomía entre el bien y el mal. De un lado, desde luego, está él, la Democracia, Dios, los valores humanos positivos, la Verdad. Quien no está con él, es su enemigo. Antes, quien opinaba distinto era comunista. Ahora, es terrorista o le hace el juego al terrorismo internacional. Quien piensa distinto a él, representa el Mal, la mentira, los sentimientos más abyectos de la especie humana, el mismo Demonio. Su fundamentalismo no difiere del fundamentalismo de sus enemigos: para los que se inmolan transformándose en bombas humanas. Bush es la personificación del Mal y del Demonio. Uno necesita del otro para autojustificar su accionar. Quienes están convencidos de que las elecciones que lo llevaron a la presidencia implicaron abusos del poder político, recuentos de votos dudosos que alimentan con fuerza la sospecha (o la certeza) de que hubo fraude electoral, que más de noventa mil personas fueron privadas injustamente de su derecho a votar, seguramente serán tratados como “enemigos de la verdad”, así sean la Secretaria de Estado de Florida o el New York Times. Quienes afirman que se usó conscientemente un falso pretexto (las armas químicas) para invadir Irak, con la consiguiente muerte de miles de hombres, mujeres y niños inocentes, y que el verdadero objetivo fue tener un control efectivo del Medio Oriente y acceder al petróleo, serán considerados como traidores que son funcionales con su manera de pensar al terrorismo internacional.
Cambiemos el escenario pastoril. En los momentos que siguieron al terrible atentado producido en Atocha, la opinión pública española “compró” la artera versión del pastor y los perros ovejeros: Aznar se encargó de que la prensa española proclamara a los cuatro vientos que el autor de tantas muertes de inocentes, había sido ETA. Habida cuenta del tremendo poder del cuarto poder, quienes manejan a los rebaños saben que para el gentío, la verdad no es la verdad, sino lo que dice la tele y demás medios. Si lo dice la tele, es palabra santa. El problema es que la mentira no se sostiene por demasiado tiempo. Conforme las ovejas fueron saliendo del redil, y se fue sabiendo por Internet y por medios de comunicación extranjeros que la responsabilidad de las bombas era del grupo terrorista Al-Qaida, y que lo de ETA fue una maniobra de la cupula político para prolongarse en el poder, la suerte de Aznar estuvo echada. Doscientos muertos y mil ochocientas personas heridas es el primer precio que está pagando España por ingresar a una guerra que le es ajena, en la que fue metida de prepo por Aznar y el Partido Popular, ya que la inmensa mayoría del pueblo español estuvo y está en contra de la participación en esta invasión, aliados con los anglosajones. Es tan poderoso el poder y la influencia de los medios en la mente de la gente, que días pasados, en un foro electrónico, se discutía el tema de los atentados de Madrid. Varios miembros participantes, ante la evidencia y el secreto a voces de la responsabilidad de Al-Qaida no convencidos con la realidad y adocenados por el gobierno y los medios, decían cosas como: “Pero seguramente ETA está implicada, y habrá colaborado con Al-Qaida” o “Esto lo han tramado entre ambos” y “Lo de Al-Qaida es un invento de los socialistas, lo digo yo que soy pepetero y ésa no me la como”
Vayamos ahora a otra comarca de pastores y rebaños. Admitamos desde luego que Chávez es un “pastor” controversial, con numerosos flancos débiles, fruto de su extrovertida personalidad; pero el tema de base es que tuvo la osadía de no respetar las decisiones del dueño del circo. En pleno festival de privatizaciones mundiales en el que el mejor alumno fue don Carlos Saúl, Hugo Chávez tuvo el tupé de oponerse a la privatización de uno de los principales patrimonios de Venezuela (junto a la riqueza mineral y a la fábrica de “Miss Mundos”): el petróleo. Los planes conspirativos contra el presidente venezolano (que no excluyen su desaparición física), se suceden unos tras otros, y encuentran terreno propicio en medios de comunicación que responden a los designios de la oposición y de quienes por “culpa” de Chávez están perdiendo la posibilidad de hacer negocios fabulosos.
El vínculo entre los pastores de turno con ciertos perros ovejeros ha sido inmejorable en Argentina. El paradigma seguramente es la Revista Gente, que fue funcional tanto a la dictadura militar en épocas en que el lema de Videla y compañía era que “los argentinos somos derechos y humanos”, como durante el menemismo y su fiesta fashion de pizza con champagne. En esos respectivos momentos no hablaba de la “otra” realidad: la de los miles de desaparecidos en el primer caso, y la de la pérdida del patrimonio nacional y la entronización en el poder político de la impunidad y la corrupción. Por eso no es casual el esfuerzo que el Dr. K dedica a su relación con los medios de comunicación, controlando minuciosamente qué se dice y cómo se dice, y utilizando los recursos a su alcance, que no son pocos, para que los perros ovejeros sean funcionales a su gestión, y no le ladren a él.
Como en última instancia el objetivo de los medios de comunicación en cuanto empresa que son, es el lucro: la mejor noticia es la que vende. Y en el caso de diarios y revistas, los recursos ingresan por la venta de ejemplares, pero fundamentalmente por las pautas publicitarias. Y las partidas que los gobiernos nacionales, provinciales y municipales tienen para gastos publicitarios no sólo no son desdeñables, sino que pueden decidir, de alguna manera (especialmente en los medios de comunicación independientes y de pequeña y mediana envergadura), su continuidad o su desaparición. Esta realidad limita fuertemente la posibilidad de que se alcen voces discordantes, que se refieran a otra lectura, distinta a la de la “realidad oficial” Y cuando surge alguna noticia que escapa del control de los dueños del circo, generalmente la estrategia es “matar al mensajero” antes que responder a las acusaciones. Tal es el caso de la denuncia de Elisa Carrió y su fuerza política opositora -el ARI- sobre la presunta vinculación del gobierno con la empresa pesquera Conarpesa y su relación con el aporte económico a la campaña electoral de Kirchner. Más allá de que prospere la investigación (ya le iniciaron una demanda legal a Lilita), es bien sabido que la corrupción en la política se inicia precisamente en el período preelectoral, con los compromisos a futuro que adquieren los candidatos con algunos representantes del poder económico, al necesitar aportes de dinero para financiar sus campañas.
Por razones económicas y por el afán de incrementar sus ingresos, buena parte de los medios de comunicación mundiales son funcionales a los gobiernos de turno, tienen la consistencia del corcho (siempre flotan) y gozan de aptitudes camaleónicas (se amoldan a los vientos que soplan). Ayer presentaban la “verdad” desde la visión de la dictadura militar, hoy presentan la “verdad” desde la visión de los familiares de los desaparecidos. Ayer, para los perros ovejeros, los “buenos” eran los militares y los “malos” los guerrilleros subversivos y los que pensaban distinto a los dictadores, y hoy los “buenos” son las víctimas de la dictadura militar. Y los extremos se tocan. Ambas visiones de la realidad son parciales, sesgadas, reduccionistas, y por tanto, mentirosas.
Quienes repudian todo tipo de violencia de arriba o de abajo, del asesinato como método de solución de conflictos o para imponer una ideología, siempre quedan descolocados ante estas visiones parciales y maniqueas de la realidad, en donde todo se presenta como o blanco o negro, sin reconocer que entre ambos colores existen una infinita gama de grises y claroscuros. Quienes sostienen la teoría de los dos demonios serán desde luego repudiados por unos y por otros. Lejos del equilibrio, de la difusión de los miles de grises, el revanchismo ideológico pretende ver la realidad exclusivamente desde su cristal, y promete un monumento para recordar sólo parte de lo que pasó en los setentas, en el predio de la tristemente célebre Escuela de Mecánica de la Armada. ¿Por qué no recordar todo lo que pasó, incluidas las muertes inocentes de uno y otro lado, a la luz de la tolerancia, la no violencia, la construcción pacífica de un nuevo país?
En esta tarea (de los que tienen la sartén por el mango) de conducir a las masas en función de sus intereses y objetivos, ha surgido algo que atenta contra el connubio del poder de turno con los influyentes medios de comunicación: la libertaria difusión de lo que sucede, la presentación on-line y al instante de otras visiones de la realidad, la lectura de las voces discordantes, que no se contentan con la “verdad envasada” y sí hurgan en la realidad para encontrar y difundir la “Verdad Verdadera”, la verdad con mayúscula. Me refiero a Internet y lo que implica el libre tránsito de la información.
La revolución de las comunicaciones contribuyó a que se supiera de uno y del otro lado del muro lo que en realidad ocurría, y tuvo que ver en la caída del mundo comunista. De alguna manera, (y lo sucedido recientemente en España es la muestra), este anárquico y poderoso instrumento que es Internet, podrá colaborar para que las democracias sean más democráticas, se desprendan de métodos espurios, de actos de corrupción, y del sutil o flagrante manejo de la información a su arbitrio y conveniencia. Porque un pueblo adecuadamente informado y ávido por la verdad, no podrá ser nunca tomado como esos dóciles borregos que van por el camino que pastores y perros ovejeros quieren, por más que estos ladren, por más que los pastores agiten amenazadoramente su cayado. Ø

 
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