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Crisis energética en Argentina: |
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Escrito por Walter Kaderabek
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sábado, 18 de marzo de 2006 |
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Hay crisis que valen la pena Cuando uno revisa los temas que ocupan la atención de funcionarios y dirigentes ligados a la producción y la economía argentina, aparece la situación planteada tras el repunte de la producción industrial y el atisbo de reactivación de los últimos meses: la crisis energética. Las cámaras y empresarios en general, vienen buscando formas y programas integrales que procuren un mayor ahorro y mejor aprovechamiento energético. También reclaman el mantenimiento técnico de usinas e instalaciones como así también la inversión necesaria (por parte del gobierno) para aumentar sus niveles de producción sin riesgo de parar sus máquinas. Seguramente se le plantea al gobierno actual un gran inconveniente de no muy sencilla solución, en la que distintos actores de peso en la economía pujan por hacerse escuchar e inclinar la balanza hacia el lado de sus propios intereses. Bien podríamos revisar cuáles son las tareas que deben concretarse de ahora en más, y en qué fallaron los últimos dos gobiernos que antecedieron al de Néstor Kirchner. Hoy muchos ponen énfasis en la posibilidad de volver a los cortes de energía de mediados de los años 80 y las consecuencias de ello. Pero aquí convendría tener cierta cautela y permitirnos una mirada que sobrevuele el conflicto. Quién no escuchó decir: “¿qué país queremos los argentinos?” Entonces, a esta pregunta podemos continuarla con una línea de pensamiento que defina un tipo de país y a este le relacionemos sus características generales que incluirán (sin duda) los “tipos” de problemas que le son propios. Los años de Carlos Menem en el poder carecieron de crisis energéticas (manifiestas) por la sencilla razón de que el tipo de país que se gestaba, en aquella oportunidad, tenía estrecha relación con un notable desaliento a la producción y la industria argentina. La energía sobraba porque los talleres se desmantelaban y las fábricas experimentaban vacaciones forzosas permanentes. Así fue como la desocupación se consagró como el mal nacional, especialmente desde mediados de la década de 1990. Detrás del desempleo brutal vino el drama de la inseguridad a gran escala, porque parece que entre estos dos factores hay una relación amistosísima...carnal diría yo. Lo más prudente sería preguntarnos ya no “qué tipo de país queremos” sino qué tipo de problemas deseamos que tenga. Personalmente prefiero un país que todos los años deba preguntarse cómo hará para obtener más energía porque su capacidad instalada y crecimiento económico lo demandan. La cuestión de fondo y a largo plazo es decidir si se tiene la fortaleza y el valor de pensar un rumbo de crecimiento con todas las dificultades que esto conlleva. China, Estados Unidos, Japón...cualquiera de los países llamados desarrollados que uno mencione se han propuesto enfrentar estos desafíos. Ø
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