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Escrito por Carlos Avilas
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sábado, 18 de marzo de 2006 |
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Cuánto se ha hablado y cuánta tinta se ha usado para hablar de Diego, el grande del fútbol mundial, el que hizo el gol más hermoso de todos los mundiales en el México '86. Los que tuvimos la suerte de haber estado en el estadio Azteca ese día y los que lo vieron a través de la magia de la televisión, jamás olvidaremos ese momento. Ese Diego del cual una noche de sábado en un café cerca de la Asociación del fútbol, Cesar Luis Menotti dijo ¡Qué lindo, mañana es domingo y voy a ver jugar “Al Diego”! Hoy, Diego, está jugando el partido más difícil de su vida, con la muerte, y todos rezamos por él, con el deseo que le meta un caño y de taquito le gane ese partido que -por ahora- es de pronóstico reservado. No es fácil en su planteo, ella lo tiene bien marcado, pero con seguridad “El Diego” sacará una final filigrana de su fantástica galera futbolística y de chanfle dejará parado al arquero con guadaña en mano. La historia del “10” es un libreto de la vida que quizás alguien ya escribió, desde su infancia pobre en el barrio de Fiorito, pateando una pelota vieja, hasta los escenarios más importantes del fútbol mundial. Pero muchos de nosotros nos preguntamos cómo y qué fue que lo llevó a la situación actual. Hace ya algunos años, conversando con un ex futbolista y médico muy allegado al fútbol (me reservo de mencionar su nombre) me contaba que quizás el inicio de su adicción a las drogas fue el hecho de que muchas veces jugó desgarrado, con serios dolores en sus aductores y con el problema, casi crónico, que siempre ha tenido Diego en su cintura por lo que le suministraban drogas calmantes. Además, y como le ocurre a la gran mayoría de los famosos, siempre se le pegan ciertos “individuos” que le hacen mucho mal; esos que dicen ser sus amigos y que no lo son. También él tiene parte de la culpa. Pero el partido con la muerte se está jugando y ese no lo debe perder. Vamos Diego, no seas egoísta, luchá para quedarte cono nosotros; no nos dejes, nos diste tantas alegrías en momentos tan difíciles a todos los argentinos. Tus goles fueron un bálsamo divino que alivió nuestras penas. ¡Vamos Diego! Rabona, caño y chanfle a la muerte y demostrale también que, de pie y con 27, le aguantás la falta envido. Ø
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