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Leyendas Argentinas Aunque transcurrieron 500 años de influencia cristiana, hoy es vigente el culto de Pachamama en el altiplano andino Sudamericano. Aunque se lo considere un culto incaico, es anterior y se remonta a las primeras épocas agrícolas. Mediante la lengua quechua se extendió con el incanato por toda la zona andina, desde el noroeste argentino hasta Bolivia y Perú. El significado de Pachamama en lugar de “Madre tierra” debe ser “Madre de la tierra”, y no se trataría de un único ser sino de miles. De pequeña estatura (como los enanitos o gnomos europeos), viven en pareja (hombre y mujer) en los terrenos de cultivos, pastoreo, etc., y hacen producir la tierra según la satisfagan las ofrendas que se les entregue, según la tradición boliviana. A Pachamama se le ofrecen los primeros frutos cosechados, se le hacen ofrendas de harina de maíz, hojas de coca, bebidas etc., se le “challa” arrojando un poco de aguardiente o chicha a la tierra antes de beber. Se la invoca para la culminación feliz de cualquier empresa, como demandando protección materna. Las siembras y cosechas se inician con fiestas y prerrogativas especiales casi exclusivamente a Pachamama, como también la construcción de una casa, acequia, etc. En Salta toma forma de anciana, que vigila todo lo que sucede en los valles y custodia tesoros y riquezas, provoca temporales o aludes (de piedra y barro). Su morada está en el Cerro Blanco, desde donde lleva plata al cerro Potosí. En muchos lugares del altiplano sólo se la denomina “pacha”. No tiene un lugar fijo pero puede estar en todas partes: en la montaña, en los ojos del agua (vertientes), los ríos o las apachotes, que son los montículos de piedra que a modo de ofrenda van acomodando los caminantes al pasar por el lugar, aumentándola o colocando hilachas, hojas de coca, etc., para pedir ruegos, transformadas con el cristianismo, en casitas que albergan una virgencita tan común en ver hoy en la sierra y la montaña. También se invoca a la Pachamama al hilar, tejer, cazar o para cualquier actividad doméstica, confundiéndose en algunos lugares con el chiqui (divinidad no incaica, de la mala suerte) o el propio “coquena” (dueño de los animales salvajes o silvestres, especialmente la vicuña, en quien puede encarnar) y a quien se le hacen ofrendas generosas para que permita la caza, ya que puede castigar duramente a quien dañe la naturaleza, matando animales sin necesidad, o cazando más de lo que necesiten. Tanto como se respeta y adora a Pachamama, también se le teme, porque puede “comer” o castigar a los individuos que le desagradan por no respetarla y cumplir sus obligaciones con ella. Pero, como Pachamama es distinta en todas partes, puede estar disgustada en un lugar, y en otro no. Sólo subiendo a la alta montaña puede palparse esa fuerza imponente de la naturaleza que nuestros antepasados llamaron Pachamama sintetizando un sentimiento de respeto y amor a la tierra que cobija y da vida en un ecosistema perfecto, como llamaría el hombre citadino de hoy. Ø
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