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Calle Murguiondo Imprimir E-Mail
Escrito por Rodolfo Spadano   
sábado, 18 de marzo de 2006

Anécdotas

Eramos pibes, muy pibes. Recién, como dicen, “mojándonos los pies” en el cuadrito que sería después campeón por diez años: “Sacachispas”.
Nuestros partidos se repartían entre tres canchas: la nuestra, en Balbastro y Larrazábal; la de “La loma”, tres cuadras al norte y tres cuadras al oeste de la nuestra, y la de “Mataderos”, unas veinte cuadras al este de la nuestra.
La cancha de Mataderos estaba al lado del matadero y frigorífico “Lisandro de la Torre”. Al costado corría, en lo que sería la calle Murguiondo, un zanjón enorme, ancho como una calle y lleno de porquerías; sangre y agua del matadero. Las malas lenguas dicen que los taitas de Mataderos tiraban allí a los botones que se metían con su timba.
La municipalidad decidió entubar el zanjón y en poco tiempo un asfalto nuevo y resplandeciente lo cubrió.
Nosotros caminábamos las veinte cuadras hasta la cancha y así nos hicimos amigos de un viejito italiano que hacía de sereno en la obra, Don Giácomo, quien quería mucho a los perros. Tenía un precioso perro de policía, un manto negro llamado Lobo. Don Giácomo adoraba a los niños, y nos contaba historias de la primera guerra mundial, mientras los pibes lo miraban con admiración como a un abuelo sabihondo.
La calle, por razones que no recuerdo, no se habilitó por unas cuantas semanas; de alguna manera se corrió la voz, y los niños bien, aquellos cuyos padres les podían comprar un auto, venían desde muy lejos a correr en el asfalto nuevo y sin tráfico.
Era un domingo soleado, tanto que mi amigo Alfredo y yo veníamos, después del partido, con la camiseta y los botines colgados del cuello, en cuero, y nos pusimos a hablar con el viejo, cuando de repente, como un bólido, pasó un convertible blanco. Lo manejaba un mocoso de pelo planchado y lo acompañaba una rubia, y se besaban mientras él apretaba el acelerador a fondo. El ruido no fue grande, la visión sí. Lobo voló por el aire y cayó como un saco de huesos rotos. Giácomo cayó de rodillas frente a su perro y trató de levantarlo, pero no había nada que levantar, lo rodeamos y lloramos juntos.
Los cretinos, después de llegar al fondo de la calle, que estaba cerrada, volvieron a pasar y nos hicieron el signo del cazzo; si hubiéramos tenido el poder de Dios para hacer milagros, los hubiéramos reventado.
Ya deben haberse muerto, tendrían unos trece o catorce años más que nosotros, pero aún hoy, no puedo decir que en paz descansen, porque nunca, después de sesenta y seis años, he podido borrar de mi mente las lágrimas del viejo y la sangre de Lobo. Ø

 
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