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Anécdotas Eramos pibes, muy pibes. Recién, como dicen, “mojándonos los pies” en el cuadrito que sería después campeón por diez años: “Sacachispas”. Nuestros partidos se repartían entre tres canchas: la nuestra, en Balbastro y Larrazábal; la de “La loma”, tres cuadras al norte y tres cuadras al oeste de la nuestra, y la de “Mataderos”, unas veinte cuadras al este de la nuestra. La cancha de Mataderos estaba al lado del matadero y frigorífico “Lisandro de la Torre”. Al costado corría, en lo que sería la calle Murguiondo, un zanjón enorme, ancho como una calle y lleno de porquerías; sangre y agua del matadero. Las malas lenguas dicen que los taitas de Mataderos tiraban allí a los botones que se metían con su timba. La municipalidad decidió entubar el zanjón y en poco tiempo un asfalto nuevo y resplandeciente lo cubrió. Nosotros caminábamos las veinte cuadras hasta la cancha y así nos hicimos amigos de un viejito italiano que hacía de sereno en la obra, Don Giácomo, quien quería mucho a los perros. Tenía un precioso perro de policía, un manto negro llamado Lobo. Don Giácomo adoraba a los niños, y nos contaba historias de la primera guerra mundial, mientras los pibes lo miraban con admiración como a un abuelo sabihondo. La calle, por razones que no recuerdo, no se habilitó por unas cuantas semanas; de alguna manera se corrió la voz, y los niños bien, aquellos cuyos padres les podían comprar un auto, venían desde muy lejos a correr en el asfalto nuevo y sin tráfico. Era un domingo soleado, tanto que mi amigo Alfredo y yo veníamos, después del partido, con la camiseta y los botines colgados del cuello, en cuero, y nos pusimos a hablar con el viejo, cuando de repente, como un bólido, pasó un convertible blanco. Lo manejaba un mocoso de pelo planchado y lo acompañaba una rubia, y se besaban mientras él apretaba el acelerador a fondo. El ruido no fue grande, la visión sí. Lobo voló por el aire y cayó como un saco de huesos rotos. Giácomo cayó de rodillas frente a su perro y trató de levantarlo, pero no había nada que levantar, lo rodeamos y lloramos juntos. Los cretinos, después de llegar al fondo de la calle, que estaba cerrada, volvieron a pasar y nos hicieron el signo del cazzo; si hubiéramos tenido el poder de Dios para hacer milagros, los hubiéramos reventado. Ya deben haberse muerto, tendrían unos trece o catorce años más que nosotros, pero aún hoy, no puedo decir que en paz descansen, porque nunca, después de sesenta y seis años, he podido borrar de mi mente las lágrimas del viejo y la sangre de Lobo. Ø
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