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Hace un mes, gracias a “El Suplemento”, me reencontré con un amigo del que no supe nada por más de treinta años. En esta anécdota él es el personaje principal. Humberto Delfor Ordóñez y yo trabajábamos juntos en la Gerencia del Matadero Lisandro de la Torre. Yo tenía 18 años y él 23. Por razones de salubridad, (riesgo de brucelosis bovina) todo el personal de oficina debía usar guardapolvo blanco. Las veces que visitábamos amigos, amigas o parientes en el hospital Salaberry -que estaba a cuatro cuadras- jamás íbamos a la hora de visita. Entrábamos como “pancho por su casa”, a cualquier hora. Las enfermeras que cruzábamos en los pasillos, viendo a dos tipos impecablemente vestidos y de guardapolvo blanco, movían la cabeza y decían “buenos días doctores”. Pero lo más divertido ocurrió cuando Perón vino a inaugurar la escuela del barrio “Los Perales” (un complejo de departamentos que se construyó para la gente del interior) El matadero nos nombró delegados para la fiesta y fuimos sin quitarnos los guardapolvos. Al terminar la inauguración anunciaron por el micrófono: “todos los niños deben salir en fila india y en la entrada se les va a entregar un regalo de Navidad” Los chicos habían venido en bañaderas, de otras escuelas, porque esta escuela todavía no tenía alumnos. De pronto Humberto me dice: “metete en la fila de sexto grado”. Y lo hicimos. Los dos nos veíamos más jóvenes de lo que éramos, pero había un problema: Humberto usaba bigotes y los maestros no estaban permitidos en la fila. De todos modos nos dieron una bolsa a cada uno, con dos sidras, dos panes dulces y dos bolsas de fruta seca. El problema fue que en la fila que correspondía a una bañadera (nuestra fila) había una docena de alumnos detrás de nosotros. El maestro estaba a la izquierda urgiendo a todos a subir al ómnibus y nosotros íbamos derechito a él. De pronto Humberto dice: “atate los zapatos” y se arrodilló y yo hice lo mismo. La docena de alumnos que se afilaba detrás nuestro, subió y el maestro nos tocó el hombro y dijo “apúrense muchachos” y él también subió. Cuando lo vimos subir, desaparecimos. Salir con Humberto era esperar lo inesperado. Alguna genialidad. Como cuando fuimos a comprar unos terrenos en Mar del Plata con un rematador del barrio Norte, un chico “bien”, muy educado. Todo era Señor Ordóñez de aquí y Sr. Spadano de allá, cuando de repente, Humberto dice: “Mira, che Jorge, si yo te digo señor a vos, a lo mejor me equivoco, y si vos me dices señor a mí, te garantizo que estás equivocado” Por eso en un libro de poemas que estoy publicando, titulado “Amor, Barrio y Otras cosas” hay una cuartilla dedicada a Ordóñez que dice: Y de Ordóñez el “doctor” El de la augusta memoria. Si ser piola fuera gloria Don Humberto sería Dios. Ø
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