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La globalización del miedo Imprimir E-Mail
Escrito por Rodolfo Compte   
sábado, 31 de julio de 2004

Una historia real, que ocurre de tanto en tanto

Imagínese que usted está en New York, Los Angeles, Oklahoma o Dallas. Justo ese día tiene mucho trabajo y ha llegado muy temprano a su oficina para resolver los problemas de la empresa. Literalmente se ha aislado y su único contacto con el mundo exterior, ese día tan especial, será el teléfono celular. Trabaja duramente por varias horas sin que nada, ni nadie lo distraiga, por eso puede hacer su trabajo sin sobresaltos. Fantástico.
Pero no. Algo raro está pasando. Hay demasiada tranquilidad. En ese mismo momento recuerda que alguien importante tendría que haber llamado hace un par de horas. Extraño. Más cuando reflexiona que ese llamado es imprescindible. De pronto se da cuenta de que su celular no funciona adecuadamente. Enojado, quizá merecidamente enfurecido, llama al “Centro de Atención al Cliente” para reclamar. Usted debe informarle a esa maldita compañía telefónica que hay alguien importante que no puede comunicarse con usted. Tiene suerte y una señorita muy amable, Susy, lo atiende en inglés, y apenas ella le dice ¿en qué puedo servirlo?, usted estalla. Comienza a maldecir a todos los miembros -sin olvidarse de sus familiares- de esa maldita compañía telefónica. Como es de suponer, Susy está preparada para ser extremadamente paciente e intenta tranquilizarlo. Pero usted continúa gritando e insultando. De pronto sucede lo inesperado. Usted escucha el estruendo de una poderosa explosión que le llega a través del celular. Se da cuenta de que algo raro pasa. Porque Susy, que hasta hace segundos se mantenía imperturbable, cambia el tono de voz. Usted se da cuenta de que ahora está nerviosa. Pero por otro motivo. Ya no son sus gritos o insultos.
Otra explosión, mucho más poderosa que la anterior, llega nuevamente por el celular. Usted afina el oído y escucha gritos desaforados, aunque no logra entender lo que grita la multitud. En ese momento olvida el motivo de su llamado y le pregunta a la señorita de la compañía qué está pasando. Ella titubea y no sabe qué contestarle. Usted entra en pánico. Porque se imagina un nuevo atentado. Algún grupo extremista, en algún lugar de los Estados Unidos, está atacando a inocentes ciudadanos. Usted está seguro de eso porque escuchó las bombas y los gritos.
Nervioso vuelve a insistir: Señorita ¿Qué está pasando?
Susy le responde, más nerviosa aún, que… “la compañía está haciendo reparaciones”.
Usted se percata de que ella le miente. En ese momento se producen varias explosiones más. Lo peor es que se escuchan gritos más fuertes. Y de más gente. Ya no le quedan dudas. Es una multitud de americanos que corren por sus vidas.
Como es de suponer, usted arroja el celular al piso y sale corriendo de su aislamiento. Y se siente shockeado. Porque todos los empleados de su compañía trabajan tranquilamente. Claro, ellos no saben lo que usted: que se está produciendo un nuevo ataque terrorista.
Desesperado llama a su casa (por el teléfono de línea) y comprueba que toda su familia se encuentra bien. Respira tranquilo.
Para despejar todas sus dudas enciende el televisor, la radio y se conecta en Internet.
La paz reina en América. No hay bombas, no hay gritos, no hay atentados. Más relajado, vuelve a su trabajo y al rato se olvida del incidente.

Esa misma noche me encuentro con Susy, que trabaja en un call center internacional ubicado a metros del Ministerio de Trabajo de la Nación, sobre la Avenida Paseo Colón. A setecientos metros de la Casa Rosada y en pleno centro de la ciudad de Buenos Aires. Sí, en Argentina.
La noto preocupada. Más de lo habitual. Obviamente le pregunto qué le pasa y Susy me cuenta: “No sabés los problemas que tuve hoy en el trabajo. Justo cuando atendía a los clientes de Estados Unidos, los piqueteros hacían explotar las bombas de estruendo y gritaban como locos. Los clientes se asustaban mucho y preguntaban qué estaba pasando, porque Paseo Colón a esa altura es una caja de resonancia y parecía que se caía el mundo”
Este es uno de los tantos pequeños problemas que trae la globalización de las comunicaciones. Cuando usted llama a su compañía telefónica piensa que lo atienden en Estados Unidos. Pero no. Por eso, si escucha explosiones cuando reclama por su celular, lo mejor es no asustarse. A veces sucede que lo atienden en Buenos Aires, justo cuando los piqueteros entran en acción y parece que se cae el mundo. Ø

 
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