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Avatares de un argentino en los Estados Unidos Imprimir E-Mail
Escrito por Luis Alberto Lecuna   
jueves, 09 de marzo de 2006

Bernardo se había resistido a emprender ese viaje al país más poderoso del mundo porque el hecho de que su hijo Julián viviera allí era sentido por él como una pérdida irreparable, quizás la más dolorosa entre tantas otras que se habían producido en Argentina después de décadas de desgobierno que fueron provocando una continua destrucción de la República.
Desde que tuvo uso de razón, la nación, en vez de crecer, se fue deteriorando paulatinamente en lo económico, lo ético, lo social, lo cultural. La Argentina que había inaugurado el Siglo XX como uno de los siete países más poderosos y pujantes del planeta, abandonaba el siglo con la mitad de la población en estado de pobreza, con una sociedad en un pavoroso estado de decadencia, pletórica de miserias físicas y morales.
Sucesivos y alternados gobiernos democráticos y de facto, sólo habían atinado a echarle la culpa a las administraciones anteriores por “la herencia recibida”. Pero la realidad era que año tras año, década tras década, la corrupción y la inoperancia de los gobernantes de turno y de la propia sociedad, siguieron creciendo a ritmo descontrolado hasta herir de muerte al país.
Bernardo era un tipo reflexivo y no se comía el cuento de que los únicos responsables de la debacle nacional eran los políticos y demás gobernantes que el país había sufrido desde que él era chico. Alguien había golpeado a la puerta de los cuarteles; alguien había votado a los artesanos del discurso que prometieron el oro y el moro bajo la bandera de la ética, o a quien reclamaba -a una sociedad sumisa y embelesada porque supuestamente ingresaba en el “primer mundo”- que lo siguieran porque no serían defraudados, mientras desaparecían las industrias, las empresas del estado, los empleos y el país.
La cereza del postre había sido la partida de su hijo en busca de posibilidades que Argentina no le ofrecía. Pero sinceramente ¿qué otra alternativa le quedaba a Julián ante un lugar en donde no podía proyectar un plan de vida previsible ni contar con oportunidades de desarrollo profesional?
Bernardo había despedido, hacía un año en Ezeiza, a un hijo que estaba casi al borde de la depresión por la imposibilidad de tener un futuro en su propia patria, y había encontrado una luz de esperanza en los Estados Unidos, al lograr primero la pasantía y luego el trabajo que tanto anhelaba en una poderosa empresa de software. En los e-mails, y a través del MSN, se escribía con otra persona: un Julián que había recuperado el humor. Por eso ahora, un año después, aunque a regañadientes, había aceptado el pedido de su hijo para que lo fuera a visitar a Dallas.
Quizá influído por ese prejuicio setentesco tan en boga hoy en día en las esferas del poder, Bernardo veía de reojo, hasta con rencor, a “la nación imperial que le había robado a su hijo”, pero no obstante, emprendía el viaje porque la necesidad de verlo era superior a su absoluta discrepancia ideológica con la política exterior norteamericana, y no era cuestión de mezclar los tantos.
Como muchos argentinos, Bernardo había viajado a ese país en dos ocasiones, en dos épocas de paridades ficticias: en la del “déme dos” de Martínez de Hoz, y en la del “uno a uno” de Domingo Cavallo. La impresión que le había causado su raid por Miami no había sido para nada relevante, ni a favor ni en contra.
Pero esta vez, como si la tercera fuera la vencida, las sorpresas se fueron sucediendo una tras otra. La primera fue que al llegar al aeropuerto de Dallas-Fort Worth, Julián estaba acompañado por Susan, una hermosa joven de acento texano que le resultó difícil de entender a pesar de que su inglés no era malo. La segunda fue el fabuloso auto alemán que su hijo había comprado y que según sus cálculos, en unos dieciséis meses terminaría de pagar. Julián le explicaba en el viaje del aeropuerto al condominio en donde vivía, que la economía norteamericana, de alguna manera, se sostenía en el consumismo y el endeudamiento, y que la mejor manera de hacer patriotismo era comprando cosas, porque así se activaban las industrias y se aseguraban los empleos. Esto último le sonaría contradictorio ante la impresionante cantidad de productos “made in China” que vería días después en los escaparates de todo tipo de negocios.
El primer llamado de atención de su hijo fue para que se pusiera el cinturón de seguridad, algo que está reglamentado en ambos países, pero que obviamente en Argentina no se respeta. También le extrañó que ningún automóvil se saliera de su sendero en la autopista y en las calles, y le vino la imagen de un domingo cualquiera por la tarde por Panamericana hacia Buenos Aires, donde ir zigzagueando por las sendas parece ser la norma de la mayoría. Las señales de stop se le antojaron directamente imposibles de cumplir por el argentino medio. Eso de tener que parar en una esquina unos segundos, aunque no circulara ningún auto por la calle que había que cruzar, le pareció hasta exagerado. Pero días después, se maravillaría al ver el orden con que pasaría primero un auto, después otro, en un esquina donde se había descompuesto el semáforo y había cientos de automóviles cumpliendo con ese rito de respeto mutuo.
Una vez llegados al apartamento de Julián, ubicado en un tranquilo condominio que contaba, entre otras facilidades, con piscina y con un amplio parque con canchas de tenis, voley, y para practicar el boom del frisbee, Bernardo empezó a apreciar los beneficios de la globalización y del progreso tecnológico en el primer mundo. Por lo pronto, en el televisor de 46 pulgadas, alta definición y pantalla plana de su hijo e imposible de comprar en Argentina, podía ver -por ejemplo- los partidos de fútbol del torneo Apertura, recién iniciado.
Precisamente cuando fue al cuarto de huéspedes a cambiarse la remera, Julián estaba frente a su computadora de pantalla de plasma pagando vía Internet la última cuota del televisor (eran 12 cuotas mensuales sin interés), y el abono mensual del cable que le permitió tener un contacto mediático con Argentina, y hacer más llevadero el autoexilio.
Su hijo le contaba cómo pagaba por Internet todas sus cuentas: la luz, el teléfono y la tarjeta de crédito. Para depositar dinero y cheques, le comentó de un sistema que luego vería con sus propios ojos: se estaciona en un espacio a unos 10 metros de las ventanillas de los cajeros del banco, sin bajarse del auto se toma un cilindro plástico en donde se coloca el cheque o el dinero, se coloca el cilindro en un receptáculo, se aprieta un botón, y por un sistema de aire comprimido el cilindro llega a la caja. Una vez procesada la documentación, regresa por la misma vía con los recibos correspondientes. No hay colas para ninguna cosa, se gana tiempo y se evitan esfuerzos inútiles.
Ir al supermercado fue también toda una experiencia que impactó vivamente a Bernardo. En primer lugar, la posibilidad de acceder a una impresionante variedad de productos de todo el mundo, incluidas afamadas marcas argentinas de todo tipo de comestibles: dulce de leche, tapas de empanadas, vinos y alfajores. En segundo lugar, un sistema que Bernardo pensó honestamente que sería impracticable en la Argentina actual, ante la mal llamada “picardía criolla”: cada cliente elegía el producto, lo pesaba, escribía el código correspondiente, recibía de la máquina y pegaba en la bolsa la etiqueta adhesiva con el precio, ponía las bolsas con frutas o verduras en el carrito, y al salir, en vez de ser atendido por una cajera, pasaba cada bolsa por una lectora de código de barras, deslizaba su tarjeta de crédito, firmaba en una pantalla digital aceptando el importe de la compra, y se retiraba sin haber sido controlado por ningún ser humano. Se le ocurrió pensar cuántos argentinos estarían cívicamente preparados para usufructuar un sistema así.
Así fue cada día de su estadía. Sorpresa tras sorpresa. Infinidad de detalles que hablaban con contundencia de la enorme cultura cívica de una población. Por caso, fue a Blockbuster a buscar un par de películas en DVD, y mientras miraba los títulos en los estantes, una persona pasó delante de él distraídamente, y al darse cuenta que le había interrumpido por unos segundos el contacto visual entre él y el estante con los títulos, se deshizo en disculpas y pedidos de perdón. En el condominio era moneda corriente que la gente lo saludara aunque fuera la primera vez en la vida que lo veía, y observó que cada auto que pasaba dentro del predio a paso de hombre, frenaba cuando cualquier peatón cruzaba las calles interiores, para permitirle el paso.
Un fin de semana se festejaba el cumpleaños del hermano menor de Susan, y era una excelente ocasión para conocer a sus futuros consuegros. En el trayecto a la casa que quedaba por un barrio llamado University Park, vio a las familias en la calle: los chicos andando en bicicleta con sus padres o jugando en la vereda sin temor alguno, y recordó imágenes similares de su niñez, allá por los sesenta, en donde también en Argentina se podía estar en la calle y en la vereda sin problemas y hoy son espacios que se han perdido debido a la inseguridad.
Ya en la casa del cumpleañero, le extrañó que sus amiguitos llegaran sin regalos. Se lo hizo notar a Julián, y Susan le acercó, a pedido de su hijo, la tarjeta de invitación que decía: “Para mi fiesta te pido que en vez de traerme un regalo, compres un libro para la biblioteca de nuestra escuela”. Bernardo quedó shockeado al enterarse del gran compromiso que tienen las familias con sus respectivos colegios, participando en numerosas actividades, y generando fondos para sostenerlos ediliciamente y en contenidos didácticos. Esta conciencia cívica también se daba en las empresas. Susan le contó que el colegio de su hermanito había renovado recientemente el plantel de ordenadores del departamento de informática educativa, gracias a una donación hecha por una importante empresa del rubro informático.
Otro fin de semana fueron al Cowtown Coliseum de Fort Worth, a ver las típicas escenas de los rodeos: cada vaquero tratando de durar más de ocho segundos montado en un toro, o enlazando y maniatando un ternero en el menor tiempo posible. Pero lo que le llamó la atención fue la unción con que recibieron de pie a la bandera de su país llevada por una erguida y esbelta jineta, y el respeto con que escucharon y cantaron su himno nacional, con la mano derecha sobre el corazón. También cómo los chicos participaban activamente en la fiesta de los rancheros. Unos sesenta niños, muchos de ellos ataviados con ropa vaquera, ingresaron a la arena al llamado del conductor del espectáculo. A la señal de largada, corrieron a un ternerito que en la cola tenía una cinta de color que debían agarrar para ganar un premio.
Identidad, sentido de pertenencia, respeto, orden, organización, obediencia absoluta a las leyes y reglamentos, cultura cívica… ¡Cuántos valores que no veía en su querida Argentina, eran moneda corriente en el lugar al que su hijo había ido en busca de un futuro!
Un día de su corta estadía en Dallas, Bernardo se quedó solo en el apartamento de Julián. Y en la soledad y a la distancia, lloró. Lloró de bronca, de indignación, de dolor, de angustia por el país que Argentina pudo ser y nunca es. En pocos días volvería a ese infierno tan querido de la Buenos Aires insegura y lastimada por la violencia y la desesperanza, el infierno del país decadente y degradado, el de las deudas pendientes: cívicas, morales, éticas, políticas, económicas, sociales.
Y más allá de la habilidad discursiva de los funcionarios de turno, que “con una mente brillante y una lengua veloz, pretenden explicar lo inexplicable”, como con maestría los definió Susana Chauia, la madre del enésimo secuestrado argentino, el joven Nicolás Garnil. Más allá de los legisladores que ahora están como pintados pero se desgarran las vestiduras henchidos de nacionalismo mientras que años atrás votaban sin hesitarse las leyes que permitieron la venta de nuestro patrimonio en gas, petróleo, energía eléctrica, industrias estatales y siderurgia. Y más allá de todo, pensó Bernardo, Argentina merecía el esfuerzo de tanta gente que harta de tanto descontrol se estaba empezando a rebelar desde el activismo pacifista, para que de una vez por todas se concreten las reforma del Estado y de la política, para que los infames que no cumplen con el mandato popular estén en la cárcel y no en un cargo público, para que la política no sea una carrera personal para engordar el bolsillo, y para que algún día, lo antes posible, en vez de ser el país de la diáspora, nuestra patria se convierta en un lugar digno en donde el esfuerzo sea valorado, en donde los honestos no paguen más el pato de la fiesta de los corruptos de siempre, y en donde se puedan concretar los proyectos de vida de jóvenes como su hijo. Un país que reciba en vez de expulsar. Un país que haga tangibles las esperanzas, en vez de sembrar la desesperanza. Un país creíble. Un verdadero país. Ø

 
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