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Heroínas del tango: “La ñata gaucha” Imprimir E-Mail
Escrito por Rodolfo Spadano   
miércoles, 08 de marzo de 2006

Esto pretende ser el comienzo de una serie sobre las grandes mujeres del tango. No lo voy a hacer en orden cronológico, sino en orden de favoritismo, comenzando con quien fue el ídolo de mi niñez.
Cuando tenía seis años, vivía en casa una tía que cantaba como una profesional y me enseñaba tangos y milongas.
A los siete canté en el escenario del cine teatro Nueva Chicago, en Mataderos, la milonga que dice “me gusta lo desparejo y no voy por la vereda”. Esta milonga la hizo popular mi ídola, la Ñata Gaucha, Azucena Maizani.
Azucena es mi preferida por dos razones: en primer lugar, tenía una personalidad maravillosa. Además tenía una voz única, que fue diferente de todas las grandes del tango.
La mayoría de las mujeres que cantaban tenían un registro que tiraba a soprano. Lírica como Libertad Lamarque, dramática como La Simone, la Ñata tenía un registro de contralto que te daba piel de gallina. Tengo unas escenas de la película Tango que filmó con Mercedes Simone, y cuando pongo el video y escucho “Buenos Aires, cuando lejos me vi”, se me caen las lágrimas. Y sin embargo, ni los videos ni los cassettes le hacen justicia a su voz. La técnica de sonido de entonces era muy pobre para la belleza de una voz de terciopelo. La reproducción sonaba mucho más aguda que la voz real. Las sopranos tenían ventaja.
El que no escuchó a “La Ñata Gaucha” en persona no sabe cómo cantaba. Yo la escuché. Mi tía, desafiando las quejas de mis padres, me llevaba a los teatros en los que actuaba. Todas las cantantes de la época de oro del tango mujer tenían muchos seguidores, pero Azucena tenía la fanaticada más grande y entusiasta. Eran de todas las edades, (yo tenía siete) y no importaba el sexo. Iban a ver sus películas y sus actuaciones de teatro; aún en los de revistas cuando había un sketch de tango. Aquellos que por razones económicas no podían comprar una entrada, se mandaban unos plantones increíbles a la salida de las radios, sin poder escucharla (no había radio portátiles) sólo para verla. Había una viejita, que por su edad no debía haber estado de plantón durante largo tiempo, que siempre le llevaba un regalito. El preferido de la Ñata era un paquete de tallarines caseros amasados al huevo. El nombre de Doña Angela Boticcelli quedó en la historia, junto con el de la Ñata.
La cosa era bien pueblerina. Por cualquier calle de Buenos Aires el saludo era “Chau Ñata”, “Chau Muchachos”. El apodo “Ñata Gaucha” se lo dio su amiga más querida, una dama de la canción que tuvo clase para tirar para arriba: Libertad Lamarque. Libertad recibió en el teatro Colón (Catedral de la Opera) el premio a la mejor cantante de tango. Al recibirlo dijo: por la única razón que yo recibo este premio es que la mejor de todas, “La Ñata Gaucha” está en gira por España.
Azucena pasó más de un año en España, recorriendo el país, acompañada por la orquesta de Roberto Zerrillo. Era su propia empresaria y a pesar de un éxito tremendo con salas llenas, terminó perdiendo plata. La generosidad de Azucena era proverbial. Regalaba el dinero a mano abierta, como Gardel, con la diferencia que éste -eventualmente- tuvo un administrador que lo salvó de la bancarrota.
La Ñata, en cambio, dejó que los negocios fueran manejados por el amor. Se quedó sin nada. En 1928 se casó y se separó después de la muerte de su hijito y para más tarde unirse con Zerrillo (otra vez separación) En 1936 se produce el escándalo del suicidio de Ricardo Colombres, un tipo desequilibrado que la dejó con un montón de deudas y además la envolvió en su turbia muerte. Casi siempre un suicida tiene a la gente a su favor. Los diarios presentaron a este individuo como un amante abandonado que amenazaba con matar a su amante, pero en desesperación, se pega un tiro.
Azucena, con tremendo coraje, salió a enfrentar las acusaciones y envió una carta a “La canción moderna”, en donde explica que un tiempo atrás había nombrado a este tipo como representante que manejaba las entradas del Teatro Nacional y los $ 5.000.- que le pagaba mensualmente Radio Belgrano (el sueldo más alto de la radio hasta entonces) y agrega: “sin ningún rubor, que el público que me alentó durante tantos años se entere por mis propios labios y exija prueba si quiere, de que Azucena Maizani tiene en estos momentos 100 pesos en el banco de Boston y un puñado de boletas de empeño de sus alhajas personales”.
La respuesta fue apoteótica. Tres semanas después, en el teatro Liceo, en la escena final de la obra Boite Rusa, que daba la compañía de Pierina Dealesi y Jorge Olarra, recibió una ovación de antología. Un periódico comenta: “La sala desbordaba con un público compuesto por una expresiva superioridad de mujeres, mujeres en las plateas, mujeres en los palcos”
Pero las finanzas de “La Ñata” no mejoraron mucho. No era buena administradora y era excesivamente generosa.
Al año siguiente salió de gira por toda América. En México se casó con un argentino, no duró mucho, y llegó a los Estados Unidos en donde filmó una película.
En 1937 declaró que de las ganancias en exceso del millón de pesos que había hecho (en ese tiempo el sueldo de un trabajador era alrededor de ochenta pesos) sólo quedaba el recuerdo, y que su vida era un tango.
Tenés razón Ñata, tu vida fue un tango, muy triste pero también maravilloso, llevado en alas de una voz mágica.

Nota: Su verdadero nombre era Azucena Josefa Maizani. Había nacido en Buenos Aires el 17 de noviembre de 1902 y falleció el 15 de enero de 1970. Ø

 
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