|
|
Mafalda por siempre |
|
|
|
Escrito por Isabel Marincolo
|
|
jueves, 30 de septiembre de 2004 |
|
“Paren el mundo que me quiero bajar” fue una de sus frases más célebres y que reflejaba su espíritu libre. Mafalda, el entrañable y querido personaje de Quino, acompañó mi adolescencia y mi pensamiento en la controvertida década del setenta. Nace de la mano de Joaquín Salvador Lavado, en el año 1964 en el suplemento de humor de la revista “Leoplan”, pasando a descollar con su mundo infantil imaginario las redacciones de Primera Plana, diario El mundo y la revista de Clarín. Varios libros publicados y la traducción de sus obras a más de veinte idiomas convierten a Quino en el más universal de los humoristas argentinos. En el pasado mes de agosto se realizó en el Palais de Glace (Buenos Aires) “Quino, 50 años”: una muestra a modo de homenaje a este genial dibujante por su cincuenta aniversario con la historieta. Su humor culto e inteligente supo cautivar a públicos de todas las edades. La muestra recorrerá varias ciudades argentinas recordando su trayectoria, desde sus comienzos en 1954 en la revista “Esto es” hasta la actualidad. Quino expresó sus ideas a través del dibujo reflejando situaciones cotidianas de la realidad de nuestro país; sus producciones no pierden vigencia en el tiempo porque se viven hoy esas mismas situaciones con otros condimentos. La historia tiene un movimiento cíclico en la Argentina, puede haber cambios en las formas pero no en el fondo, los gags de Mafalda de los '60 no pierden suuuuu frescura treinta años después de haber sido escritos porque todo sigue igual. La temática abordada en la tira estaba vinculada a tópicos nacionales y del mundo, por eso su éxito fuera de nuestras fronteras y la aceptación en países cuyas culturas son bien distintas de la nuestra, un agudo sentido de la observación y una mirada a fondo sobre las clases medias y el imaginario urbano hicieron de Mafalda y sus amigos lectura obligada de varias generaciones. Nunca nos dejó indiferentes, nos hizo reír de nuestras miserias y contradicciones, nos vimos retratados a menudo en sus personajes e historias, nos mostró lo poco serios que somos a veces y nos hizo pensar y recapacitar sobre lo cotidiano desde el humor, desde la ironía. A través de esta niña contestataria, Quino contó las grandes transformaciones del siglo XX, básicamente toda su obra está dedicada a observar su entorno; nos invita a la reflexión, hace soltar nuestras conciencias abordando temas como la represión, las armas nucleares, el racismo, la injusticia. Mafalda no entiende el mundo en el que le tocó vivir; suele conversar con el globo terráqueo para satisfacer su curiosidad insaciable y cuestionarle las cosas que no acepta de él. Tiene grandes amores como los Beatles, la paz, los derechos humanos, la democracia, la libertad, y grandes odios como la dictadura, las guerras, la burocracia y la sopa. Se preocupa por la situación mundial de la que se informa constantemente a través de la radio, muestra las inquietudes políticas y sociales de una Latinoamérica que comenzaba en los '60 una de las etapas más negras de su historia: golpes militares, represión en las universidades y medios de comunicación, luchas internas y toda clase de conflictos, mientras en otras partes del planeta se vivían años de conmoción en lo ideológico y en lo político. Quino supo reflejar esa realidad y la advertencia no tardó en llegar. En la Argentina de los 70 y en medio de un clima inestable -de algunos temas no se habla: religión, militares, represión, sexo- Quino llegó a reconocer que tuvo que autocensurar sus tiras cómicas, aunque siempre deslizaba alguna frase alusiva como por ejemplo “palito de abollar ideologías” haciendo referencia al bastón policial. Uno de sus objetivos era poner en evidencia las acciones del poder con lucidez e inteligencia. A Mafalda la acompañan otros personajes: Guille, su hermano, que representa la edad de la inocencia, experto en garabatos de pared y apasionado del chupete; Felipe, polo opuesto de Mafalda, odia la escuela y está disconforme con su personalidad; Miguelito, quien se cree el ombligo del mundo; Manolito, materialista y bruto, sabe lo que quiere de la vida; Susanita, chismosa, egoísta y peleadora, odia a los pobres, no le importa el destino del mundo y por supuesto detesta las reflexiones de Mafalda. Todos los personajes están perfectamente pensados para un mayor lucimiento de la niña mimada de Quino. Este hijo de andaluces hace ya muchos años que ha dejado de dar vida a su creación más famosa. La niña del flequillito y el vestido a lunares ha dejado de prestigiar las páginas de humor de la prensa gráfica, pero sigue inundando con su frescura, librerías y campañas publicitarias. Su imagen ha sido objeto de un vasto “merchandising”, y ha sido la figura de la Campaña Mundial de los Derechos del Niño. No la olvidamos los que la hemos llevado prendida en el pecho en un distintivo, en el último año del secundario de un instituto de Buenos Aires, los que nos identificamos con su pensamiento, los que como ella odiamos las guerras, las injusticias, los que estábamos disconformes con la humanidad pero teníamos fe en nuestra generación, los que quisimos cambiar el mundo y que aún hoy no hemos perdido la ilusión. Ø
|
|
|
|