Nuevo Almacen
20 noviembre 2008

Menú principal
Inicio
Tapa del Mes
Calendario de Eventos
Cartas y más Cartas
Horóscopo
Humor
Nuestra Mesa
Suplegrama
Números Anteriores
En forma de revista
Información importante para argentinos en el exterior
Clasificados
Lista de Precios / Advertising Rates
Quienes Somos
Preguntas mas frecuentes
Contactar
Instituciones Argentinas
Edición España
Edición Argentina
Buscar
Anunciantes
Imágenes al azar
bellos.jpg
Visitante Número:
NuevoAlmacen.com
alfajor
camiseta



Advertisement
Los buenos tiempos Imprimir E-Mail
Escrito por Jorgelina Palavecino   
lunes, 06 de marzo de 2006

Diez años atrás el gobierno era otro. El contexto era otro. Las expectativas eran otras. La retrospectiva era un poco la misma de siempre, pero la visión prospectiva, a pesar de la historia, tenía variables más o menos alentadoras. Había días de levantarse con el pie derecho y días de pie izquierdo. Diez años atrás, la televisión abierta pasaba dibujitos de Tom y Jerry, la Pantera Rosa, el Oso Hormiguero, la Pandilla de Don Gato y nadie tenía que abonarse al cable para que sus hijos tuvieran una infancia sana. Recuerdo los medio días y los almuerzos con Los Tres Chiflados, el Súper Agente 86 y su compañera 99. En las radios todavía sonaban canciones de Sui Generis y León Gieco.
Veinte años atrás yo jugaba en la vereda de mi casa con los vecinos de mi edad, más grandes y más chicos también. Jugábamos a la pelota, a la paleta, al lompa, a la mancha y al poliladron. Qué cosa, los chicos, por esos años, tenían nociones básicas acerca de lo bueno y de lo malo; la sociedad en general tenía más bases sobre las que construir un futuro próspero. Nadie quería ser policía o ladrón, a nadie le gustaba ir al arco y nadie quería ir tras la pelota cuando el juego del día era “el loco”. Se festejaba el carnaval. Las bombitas, por aquel entonces, sólo se llenaban con agua de la canilla del jardín de casa. Mis amigos golpeaban las manos y preguntaban a mi mamá si yo podía salir a jugar y a la tardecita nos la pasábamos pidiendo “un ratito más”.
Los adultos jugaban a ser grandes y no a ser más jóvenes que sus hijos. A nadie le importaba excesivamente la estética, la marca de la ropa, el modelo del auto, la cantidad de memorias de sus teléfonos. Había respeto por las investiduras, por las fechas patrias, por las instituciones, por las leyes. Había una honradez en el trabajo y un valor en la palabra. Los tratos se cerraban con un apretón de manos y no con un contrato o ante un escribano público.
Recuerdo que un día fuimos con una amiga de la cuadra hasta la zapatería a buscar un par de zapatos que había llevado su papá y este señor zapatero (que aún continúa siendo el zapatero del barrio) nos dijo “decile a tu papá que tengo una pichincha para él”. Las dos cuadras de regreso fueron una larga pregunta que nos hacíamos mutuamente “¿qué es una pichincha?”. Mi amiga nunca le dio el mensaje al padre por temor a que se tratara de “una mujer”. Hoy me produce ternura ese recuerdo. El recuerdo de nuestra inocencia, de nuestras ingenuidades y de nuestro sentimiento de preservación de la familia.
Yo usaba pantalones de gimnasia con dos rayitas blancas a los costados y mi mamá me peinaba con dos colitas. Me encantaban las zapatillas blancas con sus cordones siempre impecables. Muchas cosas eran blancas en esos tiempos: el guardapolvo, las remeras, las poleras de cuello ajustadísimo que apenas si pasaban por la cabeza (y en el apuro de las mañanas eran un martirio en mi vida), las tizas con que dibujábamos la rayuela a la hora de la siesta, la leche de la merienda, las nubes, la bandera en el mástil, las hojas de los cuadernos Rivadavia, las canas de mi abuela. Hoy las abuelas ni tienen arrugas, ni tienen canas. No escuchan tangos en radios AM, ni usan delantales para amasar fideos. Hoy los nietos llaman a las abuelas por el nombre y las confunden muchas veces entre grupos de adolescentes. Debemos decir que en estos nuevos tiempos muchas mujeres se transforman en abuelas demasiado pronto, con la exacta precocidad con que sus hijas se vuelven madres. Pero, más allá de eso, no menos cierto es que las abuelas de hoy quieren parecerse a las abuelas del estilo Susana Giménez. Durante varias décadas las mujeres argentinas soñaron con un presente como el de la diva de los teléfonos. Que Susana esto o Susana lo otro, pero todas querrían su fama, su figura, sus maridos, sus medias de nylon que levantan la cola, el colágeno de su boca, el rubio de su cabello, su casa en Miami. Varias niñas tuvieron por juego un escritorio con un teléfono. A mí misma me encantaban los teléfonos. Siempre pedía que me regalaran uno para el día del niño o para mi cumpleaños. Mi mamá me llevaba a las jugueterías para que eligiera el regalo que más tarde me traerían los Reyes Magos o Papá Noel. Todos los años, mientras los Reyes existieron, luego de comer sus camellos el agua y el pasto que yo preparaba junto a los zapatos, me dejaron un teléfono, pero lejos estaba mi deseo de parecerme a Susana Giménez. Supongo que, sin saberlo, este deseo mío ya hablaba de la importancia que en mi vida adulta tendría la comunicación, pero ese es otro asunto.
En verano los vecinos sacaban sus sillas a la vereda y conversaban hasta muy tarde. Los chicos jugábamos sin preocupaciones aunque la infancia es un juego muy serio. Tomaban, algunos, vino con soda en vasos de metal, otros tomaban el tradicional mate y hasta tereré. Había más estrellas en el cielo en esas noches. Nadie temía nada durante esas horas de conversación. Era simplemente una distendida charla de vecinos, en las veredas de sus casas. Nadie temía un secuestro, un robo a mano armada, la paliza de una pandilla de borrachos. Todo el barrio sacaba a pasear a sus perros o conocían al perro del vecino y lo saludaban como se saluda a una persona. Todos nos sentíamos seguros y el peligro era una cosa que experimentábamos en ocasiones muy específicas; nadie tenía incorporado ese concepto en su ADN: Peligro. Los adultos llamaban peligro a los enchufes cuando un niño pequeño daba sus primeros pasos. Peligro era que los chicos tuvieran acceso a objetos cortantes y a las hornallas de la cocina. Peligro era que alguien se insolara jugando a la hora de la siesta; que nos rascáramos las cascaritas de la varicela, que nos metiéramos en la pileta después de comer (por esa vieja creencia acerca de la digestión, jeje), que nos cayéramos del árbol al que nos trepábamos, que nos mordiera un perro por entrar sin permiso a buscar una pelota.
Hoy la infancia nace poco menos que en un campo de batalla. Los juguetes son bélicos. Los juegos de video matan millones de personas por segundo. Los cybers son el patio de casa donde se reúnen los infantes que aprenden a chatear antes que a leer El Principito.
Después vinieron las épocas de los “asaltos”, cuando ya entrábamos en la adolescencia. Que los varones llevaban la bebida y las mujeres llevábamos la comida y a bailar al ritmo de la Lambada o los americanos y nada de que los “novios” pusieran una mano donde no correspondiera. Era un suceso el primer beso. Era una trasgresión el primer cigarrillo. Era una hazaña tomar un vaso de cerveza. Y que papá y mamá no se enteraran del beso y mucho menos del cigarrillo o la cerveza. Los bailes se daban por terminados cuando nuestros padres se cansaban de ir a buscarnos cada media hora a la casa del anfitrión (que era del barrio) y como mucho el horario se extendía hasta la una de la madrugada y nada de ponernos insistentes porque nos comíamos un sermón, ¡chito la boca y a casa que era tarde! Los adolescentes hoy conocen los efectos del alcohol como el más inofensivo y cotidiano hábito del grupo. Van a bailar, ya no a la casa de un amigo, sino al boliche de moda; y hasta podrían dar cátedra a sus padres sobre sexo y drogas. Es una deshonra ser vírgenes o ser abstemios. No es de onda ser prolijos o estudiosos o bien hablados o trabajadores. Un cigarrillo de marihuana se consigue en cualquier esquina por la módica suma de un peso; incluso en mi adolescencia, aquellos pocos que fumaban porros eran trasgresores que lo hacían a escondidas. Hoy es moneda corriente ver en las calles o en las plazas o sencillamente caminado por las veredas más concurridas a grupitos de chicos dejando la estela maloliente de la marihuana. Y creo que a nadie le produce siquiera asombro.
Uno comenzó a pensar que el porro y la cerveza son lo más inofensivo dentro de las tendencias modernas. Las adicciones son la incursión más habitual para casi todo tipo de problemáticas o simplemente de curiosidades. Los padres ya saben que los inicios sociales de sus hijos tendrán que atravesar esos “peligros” y, ni unos ni otros, ni padres e hijos, saben muy bien cómo se manejarán cuando eso suceda, pero lo que ninguno duda es que sucederá más tarde o más temprano.
Todo está muy cambiado. Todo está muy desgastado. Las sociedades cambian con el paso del tiempo. Se supone que los países crecen y se desarrollan. Se supone que la modernidad es un proceso que hay que atravesar. Se supone que los pueblos maduran a lo largo de la historia. Se supone que las tradiciones perduran.
Veinte años atrás pasaba, con su bicicleta, el afilador y hacía sonar esa “musiquita” inconfundible. Pasaba el heladero en su carrito con la campanita. Golpeaban las manos o tocaban el timbre y salíamos con total tranquilidad a ver de qué se trataba. Cualquiera decía que de grandes serían policías o maestras o presidentes del país. Había aquellos que serían bomberos o veterinarios. Una vez, mi primo dijo que sería basurero y todos nos reímos. Yo quería ser ingeniera agrónoma porque mis tíos vivían en el campo y a mí me encantaban los animales. La vida después me llevó a pensar en la carrera de psicología aunque finalmente mi vocación tuvo que ver con las letras. Paradójicamente, mi último trabajo fue de telemarketer (debería escribir una redacción cuyo título fuera “El teléfono en mi vida”).
Argentina tuvo muchos presidentes, muchos golpes de estado, muchos ministros de economía, muchos gobernadores, muchos funcionarios. Un kilo de azúcar valía un peso y a la media hora valía dos. Durante diez años tuvimos un valor estable para los comestibles, para los créditos, para los impuestos. Sin embargo, nunca tuvimos estabilidad o inflación en los valores, en la identidad, en la seguridad, en la educación, en la salud. Mi generación fue una de las últimas que tuvo un poco de suerte en cuanto a algunas de esas cosas. Luego vinieron las reformas educativas y constitucionales y la mar en coche y todo se empezó a ir al demonio; políticamente muchas cosas se habían desbarrancado. Históricamente, Argentina había dejado de ser el granero del mundo, el grito popular de los trabajadores, la tierra en donde toda semilla germinaba hacía muchos años, muchas décadas. Pero en la conciencia popular muchas cosas aún siguen arraigadas.
Las nuevas generaciones ya no cantan canciones de Sui Generis, ni escuchan a Serrat como si fuera la Biblia, ni leen El Perseguidor, ni aman su colegio, ni tienen grandes maestros. Hace unos días pensaba en esto, en todo lo que se va perdiendo con los años, en todas las cosas que no se transmiten, en las cosas maravillosas que muchos de nosotros vivimos y que ya no existen.
Me da pena que no se vuelvan a vivir esos tiempos. Para mí siguen siendo los años dorados. Creo que hoy somos quienes somos gracias a muchas cosas, ¿no?, a lo que vivimos en esas épocas, a lo que nos enseñaron (bien o mal) nuestros viejos, a lo que veíamos a nuestro alrededor, a ciertas nociones que circulaban con naturalidad. Ayer pensaba que los pibes de hoy son un poco el resultado de los padres de hoy. Todo está tan hecho pelota. Por un momento traté de ver qué había resultado significativo de la década del ' 90 y nada, ¿Qué resultó de esos diez años?, ¿Diego Torres?, ¿Los piojos?, ¿Tinelli? lo primero que se me ocurrió fue Tinelli y me dije “qué triste.” Hoy prendés la radio y la música ya no es música. No digo que en los ' 90 se escuchara a Silvio Rodríguez, pero no hubiera resultado una reliquia. Es más, hay radios que pasan exclusivamente música "de antes" como la Mega y ¿qué pasan? Los Redondos, Fito Páez, Viudas e hijas, como si fueran las radios que escuchaba mi vieja cuando yo era chica y pasaban canciones de Violeta Rivas o boleros o como ese programa de radio Mitre que escuchaba mi abuela a la media noche y pasaban tangos. El otro día pasaron una canción de Fito y me sorprendí y me sentí en otro tiempo. Qué pavada, era Fito, tampoco es un ex Beatle ni tan representativo de una historia musical argentina y, sin embargo, así lo sentí. Pensé que de la música nacional más relacionada con el viejo estilo del rock nacional Fito es casi el último ejemplar, después vinieron estos grupos, pero de la trova rosarina y de los que siguieron los pasos de "algo" debo aceptar que Fito se me representa como el último de la generación nacional. Bueno, cuando yo terminé el colegio lo terminé con Fito en las radios y ni siquiera, ya en ese momento, Fito era Fito; aquel Fito al que le reprochaban que ya no escribiera canciones como “Del '63” y todo el mundo le echó la culpa a Cecilia Roth ¡y que se fueran a bañar con "El amor después del amor"!, ¡qué joder!, ¡qué se cree ese Fito con su Cecilia! Y hasta eso se terminó pasados los '90. Toda una ideología y una carrera tiradas por la borda por seguir los pasos de una burguesita; él, el muchacho bohemio y desaliñado que cantaba "Cable a tierra", ¡qué horror!
Creo que no nos resistimos al paso del tiempo. Nos resistimos al sentimiento de "el tiempo perdido", a todo lo que atenta contra el valor que cobran en nuestras vidas ciertos lugares, ciertos hábitos, cierta mitología. Es cierto que las cosas pasan, los años, los días, las horas, y con todo eso van modificándose; uno mismo va cambiando o va creciendo o algo pasa, pero al fin y al cabo, hay un punto en el que uno se encuentra siempre igual. En realidad, quizá tanto no importe la lista de cosas que seguimos haciendo, sino las pequeñeces que nos hacen quienes somos.
Los gobiernos, los que se jactan del poder político, los que se sienten “elegidos” para conducir una nación deberían entender que la identidad y los valores sociales son principios que tienen la obligación moral, no sólo política, de garantizar para que un pueblo y un país tengan la posibilidad concreta de desarrollarse soberanamente. No sólo la economía habla de un país y sus ciudadanos. No sólo los compromisos internacionales hablan de los argentinos. No sólo las elecciones políticas que hacemos hablan de los argentinos. No sólo la decadencia de nuestros funcionarios nos pone frente al espejo. No sólo el poder adquisitivo habla de lo solventes que podemos ser. Nuestros abuelos tenían oficios que respetar. La fábrica era la fábrica. Una vida de obreros pagó los estudios de los hijos, conformó una familia decente. Como se decía, gente de bien. Personas de bien.
Hoy pareciera que las economías mundiales delinearan las vidas de las personas. Pero este frenesí no fue el que nos forjó como pueblo por siglos y siglos. No hay economía que sostenga un valor popular. Y no hay pueblo que trascienda sin principios, sin tradiciones, sin identidad propia.
Los buenos tiempos serán aquellos que los argentinos se animen a recuperar y se animen a construir. No todo tiempo pasado fue mejor, eso lo sabemos, pero no todo tiempo futuro, bajo estas condiciones, será el ideal. Ø

 
< Anterior   Siguiente >

Diez Euros
Dynamic LA
Dynamic LA
Dr. Eric Nepo

Dr. Eric Nepomnaschy

Seguros Latinos

 Seguros Latinos Boton

Surexpress
Surexpress
Berjos

Berjos

Andes Florist
Andes Florist
Andrea's Travel
Encuestas
¿Quién ha sido el personaje argentino más destacado del año?
 
Más Leídas
Notas de la Farándula - Noviembre 2004 
Noticias de nuestra comunidad - Noviembre 2004 
Los diez discos más vendidos - Noviembre 2004 
Cine Argentino - Noviembre 2004 
¿Gato por liebre? No, pernil por jamón 

Otras
El joyero de los joyeros 
Notas de la Farándula - Noviembre 2004 
La negra, La Simone, La dama del tango 
Deportes - Noviembre 2004 
Medios masivos y credibilidad. La prensa al servicio de... 
Policiales Insólitas - Noviembre 2004 


© El Suplemento 2004 | arriba