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Este mes se cumplen 40 años de la trágica muerte de Julio Sosa Tal vez sea cierto que 20 años no es nada, pero los poco menos de 38 que Julio Sosa estuvo en este mundo, le sirvieron para dejar una huella imborrable que los amantes del tango -los de ahora y los que están por nacer- nunca olvidarán. Dotado de una voz poderosa y afinada, combinada con una actitud ganadora en su breve pero intensa vida, Julio Sosa dejó un legado tanguero que lo erige como una de las figuras populares fundamentales del género porteño. En la transición de los años '50 a los '60, cuando el tango fue desplazado del gusto popular por desabridos ritmos extranjeros, Julio Sosa fue el principal defensor de nuestra música ciudadana. Su actitud era la necesaria para combatir la invasión de tilinguerías que copaban las pantallas de un nuevo y revolucionario medio: la televisión. Sosa parecía hecho a la medida de ese medio. Cantaba mirando directo a la cámara seduciendo a la audiencia con su enorme talento. Canchero y seguro, parecía contarle la historia personalmente a cada uno. Su versión televisada de “Otario que andás penando” es impagable. Nació pobre, en Las Piedras, departamento de Canelones, Uruguay, el 2 de febrero de 1926. Fue vendedor ambulante, repartidor de farmacia y marinero de segunda. En junio del ‘48 cruzó el charco. Cantaba por $20 la noche en el café Los Andes, en la esquina de Jorge Newbery y Córdoba, en donde el compositor Raúl Hormaza lo escuchó. Lo recomendó a Enrique Francini y Armando Pontier quienes enseguida lo incorporaron a su orquesta, en la que empezó ganando $1.200 por mes. En abril del '53 pasó a la típica de Francisco Rotundo, en donde dejó una excelente versión de “Justo el 31”. En el '55 empezó a cantar con la de Pontier, quien al comprobar su popularidad, le aconsejó que se lanzara solo. Lo hizo en 1960 con Leopoldo Federico como director musical. Fue una de las mejores cosas que pudieron pasarle al tango. La musicalidad de Federico hizo lucir la calidad interpretativa de Sosa como nunca antes. La voz de Julio hizo brillar el talento de Leopoldo y sus músicos con un esplendor irrepetible. Juntos dejaron grabadas versiones definitivas, de esas que hacen que una canción les pertenezca para siempre. Insuperables son sus creaciones de Cambalache, Nunca tuvo novio, El último café, Qué falta que me hacés, Tarde, María, El firulete, Nada, En esta tarde gris, La Cumparsita (recitando la glosa de Celedonio Flores “Por qué canto así”). Su temprana y trágica muerte en Buenos Aires, el 26 de noviembre de 1964 en un accidente de auto, nos privó de más referencias. Pero las muchas que dejó lo certifican como una de las mayores glorias en la historia del tango. Por eso Jajarai, jajai, jojó, celebremos su paso por este mundo escuchándolo cantar. Ø
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