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¡Albricias! |
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Escrito por Hugo H. Rodríguez
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viernes, 31 de diciembre de 2004 |
Nuestro presidente y el dictador del caribe, preocupados por dos chicos argentinos Parece un cuento, pero es verdad. Hace ya unos diez años, un cubano -Roberto Quiñones- se casó con una mujer argentina, y tuvieron dos hijos (argentinos) ahora de 9 y 3 años. La madre de Roberto -nacionalizado argentino- se llama Hilda Molina. Ella es una médica cubana de gran prestigio internacional, famosa en Argentina pues tuvo a su cargo la atención -en el nosocomio que dirigía- del conocido político radical argentino (ya fallecido) César Jaroslavsky. También fue representante en el Congreso cubano. Por discrepancias personales con las autoridades del régimen que no permite ningún disenso, fue raleada, y por supuesto vejada, ignorada y vilipendiada. Su hijo conoció a su ahora esposa y fueron a vivir a Buenos Aires. Desde hace diez años Hilda (no es una cosa reciente como dicen algunos periódicos), ha tratado de conseguir permiso de salida para visitar a su hijo, nuera y posteriormente a sus nietos, que no conoce; pero en el paraíso comunista no existe el derecho de entrar y salir del país sin una decisión del barbado dictador. En diciembre del 2003 se hicieron trámites diplomáticos para que le permitieran venir a la Argentina, pero sin resultado. Se hicieron contactos diplomáticos y no diplomáticos con resultado negativo. El mandamás dijo: “ella es un cerebro cubano y debe quedarse en Cuba”. Pero este año, se hicieron trámites diplomáticos vergonzosos para no ofender al amado Fidel, como por ejemplo, el Canciller que viajó especialmente a México para pedir a Gabriel García Marquez “Gabo”, como amigo incondicional del comandante, para que intercediera ante el gobierno cubano para permitir el viaje de la madre Molina, y también se pidió a los Reyes de España para el mismo trámite, aparentemente sin resultado. También Bielsa habló y pidió al mandamás diplomático Perez Roque, -que no se destaca por su diplomacia ni por su versación- que resolviera este asunto, también sin resultado. Entonces ocurrió algo insólito. Nuestro Presidente, le pidió a su querido amigo Fidel que permitiera a la señora viajar a Argentina, que lo hiciera por los niños que son inocentes y no conocen a la abuelita. Sin duda, nuestro Jefe máximo creyó, lógicamente, que su amigo diría que si, dado la ayuda que recibió del Presidente argentino, el cual,entre otas cosas, lo defiende en las Naciones Unidas, y ya le dijo que van a estudiar de cancelar la deuda que tiene con nuestro país por más de dos mil millones de dólares (qué bien vendrían para mitigar el hambre en Argentina) y que sirvieron a Cuba para apoyar a los insurgentes de América Latina. Nuestro Presidente, con su infantil carta, implícitamente reconocíó la justicia de la posición cubana, arbitraria, fuera de la ley internacional y desvergonzada. Sin embargo su amigo dijo que daba “seguridades” para que la familia de la señora Molina viajara a Cuba sin inconvenientes, y magnánimo él, les pagaría el viaje. ¡Qué rasgo de humanidad! Esta contestación puso en ridículo a nuestro país, a nuestras tradiciones. No podemos mendigar derechos, y menos a alguien que no conoce de derechos humanos. Todo esto produjo una situación embarazosa, al gobierno, y a la diplomacia -que parece carecemos- que motivó, entre otras cosas, las renuncias del Embajador Argentino en Cuba, Ariel Taleb, y del Jefe de Gabinete de la Cancillería, Eduardo Valdés. No se sabe cómo terminará esto. Cuando la revista salga a la calle, posiblemente las cosas hayan cambiado, y la sensación de que carecemos de diplomacia, se haya olvidado. Yo pregunto: ¿no hubiera sido mejor que nuestro Jefe Patagónico hablara con su compañero de ideales y le hubiera dicho: Fidel, aceptá los pedidos de los muchachos; no te olvides que te estaremos siempre reconocidos por las ayudas tuyas a los activistas montoneros en los momentos difíciles de la Argentina y que cobijaste en tu suelo a muchos de tus compañeros de lucha?. Si aceptás este pedido quedarás como un campeón de la libertad y de la democracia, y podremos todos decir las palabras señeras de Gabriel García Marquez, tu gran amigo: “Cuba es la mejor democracia del mundo”. Fidel se hubiera sentido halagado, y hubiera dado el permiso que en los países decentes no hay necesidad de tramitar. Para terminar, lo que dijo el médico cubano-argentino, Roberto Quiñones, es más que elocuente: “Con Fidel todo el mundo se afloja, no sé por qué”. Ø
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