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Escrito por Rodolfo Spadano
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miércoles, 21 de diciembre de 2005 |
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Durante los últimos años previos a emigrar, trabajé para la compañía norteamericana “Remington Rand”, en la que alcancé el puesto de jefe de ventas. Como tal, una de mis funciones era salir con los vendedores nuevos, juzgar sus virtudes y tratar de corregir sus defectos. Eso me dio experiencias inolvidables, pero hay dos que están especialmente grabadas en mi memoria. Una de ellas es la que les cuento hoy. Se refiere a un vendedor llamado Alberto Esteban Barreiro. Era una persona de buena estampa, con un vocabulario muy rico y un decir muy suave, el que acentuaba juntando los dedos pulgar e índice de la mano derecha y estirando los otros tres, para enfatizar su argumento. Un día estábamos golpeando puertas de negocios en Barrio Norte, cuando pasamos por delante de un negocio de masas finas que era una hermosura por fuera y por dentro. Al entrar vimos unas vitrinas que exhibían unas masas de locura, y un largo mostrador blanco, detrás del cual se encontraba el dueño, un hombre muy bien vestido y de gesto austero. Le tocaba a Alberto romper el hielo; se acercó con una cara que era todo dientes de lo amplia que era su sonrisa, con la mano derecha (su arma de puntuación) en ristre y dijo: “Perdone Sr., pero mirando un negocio tan bien puesto, por lo cual lo felicito, y viendo que no hay ninguna máquina a la vista (se refería a caja registradora, calculadora, etc.) me atreví a ofrecerle mis servicios”. El tipo levantó una ceja al mejor estilo Robert Taylor y sin decir palabra, con el dedo meñique, lo invitó a que se asomara por encima del mostrador. Debajo y todo a lo largo, había un sistema computarizado de IBM; esto en tiempos en que las computadoras estaban en pañales. Con un gesto despectivo, nos dijo: “¿Y esto qué es, verdurita? Hubo un silencio bochornoso; Alberto no sabía qué decir y yo, como jefe, decidí que era el momento de intervenir. También con el dedo meñique, señalé las masas más lindas en la vitrina: “¿Me das dos docenas de estas, por favor?” Sin cambiar el semblante despectivo, tomó una bandejita y unas pinzas, contó las dos docenas y las cubrió con celofán. “Son veinte pesos” me dijo. Yo, sin levantar mis manos, levanté una ceja al mejor estilo Cary Grant y dije “¿Me las envuelve para llevar, por favor? Como persona inteligente que era, el dueño comprendió que la escena había cambiado; ya no era el prospectivo cliente frente a un vendedor sino un vendedor frente a un cliente. Su cara se vistió con la sonrisa más agradable y dijo: “Ah, si, disculpe”. Puso las masas en una caja y como era el mes de diciembre, las envolvió con un papel plateado, y para completarla, le puso un moñito. Alberto y yo salimos a la calle y nos largamos a las carcajadas en plena avenida Santa Fe. Nos hicimos grandes amigos, y socios en una aventura artística que me dejó fondos para emigrar. En un lluvioso día de junio, Alberto fue el único que no era miembro de mi familia que estuvo en Ezeiza para despedirnos. ©
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