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Anécdotas: “El día que Evita perdió” |
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Escrito por Rodolfo Spadano
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miércoles, 07 de diciembre de 2005 |
“El día que Evita perdió”
Evita es para algunos un ángel y para otros un demonio. Hay quienes veneran su memoria y quienes maldicen el día que nació. Pero no importa de qué lado del cerco nos encontremos Ud. y yo, hay dos cosas en las que muchos están de acuerdo: Evita tenía una genuina preocupación por el bienestar del sector más pobre y más ignorante de nuestra sociedad. Tenía también, pese a sus modales de reina (producto de su educación teatral, que le permitía estar cómoda ante princesas o Papas), un carácter tan fuerte y terrible que podía amedrentar por igual a empresarios y a sindicalistas. Me atrevo a decir que si Evita hubiera estado viva en el mes de septiembre del '55, con el reducido apoyo militar que les quedaba y armando a los sindicatos con armas que ya estaban en camino desde Holanda, hubiera sumido a la Argentina en un baño de sangre con tal de mantener a Perón en el poder. Nunca le hubiera permitido renunciar. Lo que les voy a contar sucedió durante la segunda presidencia de Perón, cuando la situación económica comenzaba a deteriorarse, agotadas las divisas despilfarradas por falta de programas inteligentes. Era la época del año cuando se renovaba el contrato laboral del matadero Lisandro de la Torre, en el que trabajaban cinco mil personas, la mayoría de las cuales le rendía una devoción a los Perón tan inigualada, que la mesa redonda donde se discutían los aumentos del personal estaba presidida personalmente por Evita. En un momento dado, como está asentado en los libros y aparece en la película argentina “Eva Perón”, Evita se paró y dijo: “El que pide un aumento, en la situación en el que está el país en este momento, es un traidor a Perón”. Las palabras “La vida por Perón” no eran simplemente un cantito para la gente del matadero: esta gente era de veras capaz de dar la vida por el líder, y así se lo hicieron saber a Evita, parándose al unísono y usando palabras que no son reproducibles en una revista decente. Evita, furiosa, llamó a la policía y mandó poner en la cárcel a todos los delegados. Un telefonazo alertó a la gente que estaba trabajando y cinco mil personas bajaron los cuatro pisos para reunirse en el hermoso césped que rodeaba el edificio, ante la desesperación de mi padre, que era jefe de jardineros. Por un designio de Dios o una vuelta del destino, los obreros habían dejado sus herramientas de trabajo en las playas: el tremendo cuchillo del faenador, el descarnador o el matambrero, de 50 cm. de hoja, cuyo filo probaban afeitándose el brazo. De otro modo, lo que fue un sainete, una comedia de los “Keystone Cops”, pudo haberse convertido en la tragedia del siglo. La media docena de antiperonistas que trabajábamos allí no bajamos al jardín, sino que mirábamos todos desde los amplios ventanales de la planta baja. De pronto, cuando los obreros estaban cantando el Himno Nacional, se abrieron los portones y entraron un montón de camionetas de asalto de las que descendieron en formación de ataque unos 200 policías con máscaras y rifles de gases lacrimógenos. Estos comenzaron a disparar gases en tal abundancia que en un par de minutos la multitud estaba envuelta en una nube blanca. Los obreros salieron corriendo a lo largo del edificio, en dirección a los corrales y desaparecieron de la vista, seguidos por los policías. Minutos después, no podría decir cuántos, se escuchó un griterío de pánico y vimos aparecer a los policías alrededor del edificio. Pero no venían en orden o formación, venían sin máscaras, muchos sin gorras y habían tirado sus rifles para poder correr mejor. Nos preguntábamos qué diablos estaba pasando. Pronto vimos la respuesta. A cierta distancia, detrás, precedida por un sonido ensordecedor, venía la novillada, dos mil, tres mil, impresionante. Detrás de ellos venían los arreadores al galope, revoleando sus lazos y lanzando un ulular espeluznante; cuando los policías llegaron a las rejas de hierro forjado que rodeaban al matadero, la escalaron con una agilidad increíble, saltaron al otro lado y se metieron en los diferentes negocios que rodeaban al matadero. Cuando la novillada llegó a la reja, la derribó como si fueran escarbadientes y salieron a pasear por las calles de Mataderos. Mucho más lejos venían los obreros riéndose y comenzaron a reunirse nuevamente alrededor del mástil con las banderas. De pronto se abrió el portón y aparecieron tres remises con los delegados que habían sido puestos en libertad, quienes fueron recibidos como héroes por la multitud. Por milagro, aunque hubo muchos rasguños, sólo hubo una persona seriamente herida. El sonido de pezuñas y cascos de caballos repicaron sobre el empedrado de Mataderos hasta las cinco de la tarde, mientras los arrieros se dedicaban a la ardua tarea de volver a embretar la hacienda. En definitiva, los trabajadores del matadero recibieron el aumento buscado y Evita perdió su primera y tal vez única batalla política, no contra sus enemigos sino contra la gente que más la quería. Ø |
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