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Escrito por Walter Kaderabek   
lunes, 05 de diciembre de 2005
Finalmente se supo: no sólo venimos de los barcos
El 56% de los argentinos tiene antepasados indígenas. El dato surgió del estudio realizado por expertos de la Universidad de Buenos Aires, a través de su Servicio de Huellas Digitales Genéticas y se publicó en diarios de nuestro país durante estas últimas semanas. Desde 1992 y tomando muestras de ADN al azar, de un total de doce mil personas, los científicos lograron reconstruir parte fundacional de la historia de Argentina. Así se sabe con mayor precisión cuánto aportó la población originaria de estas tierras de América a la formación actual de la república.
Cabe señalar que, de acuerdo a lo que detallan los especialistas que trabajaron en el estudio durante estos años, la conformación genética no necesariamente se observa en los rasgos físicos de las personas. Así mismo, una de cada diez personas con raíces genéticas indígenas es amerindia pura.
Con esta investigación y el resultado que arrojó, las enciclopedias, manuales de historia y los numerosos ensayos sobre sociedad e identidad cultural caen definitivamente en desuso por imprecisión en el relato de la realidad o por ser falaces frente a una muestra científicamente probada. Como señala en su columna Felipe Pigna, la frase “los argentinos descienden de los barcos” llenó de orgullo a muchas generaciones de compatriotas y de vergüenza a otras” es ahora insuficiente y poco cercana a nuestra identidad nacional y americana. También señala Pigna que “estas culturas amerindias respetaban y respetan al resto de los seres vivos. No practican ni practicaban la caza deportiva y cuidaban y cuidan el medio ambiente. Los ancianos y los niños eran y son los más respetados en sus sociedades porque veían y ven en ellos a la memoria y la sabiduría en un caso y al futuro en otro”.
Creo que quizá, si nuestra dirigencia no hubiera abortado la asimilación del acervo cultural amerindio muchas desgracias y males de este tiempo habrían tenido mayor contrapeso para la defensa de valores prioritarios, hoy devaluados. Por ejemplo, sostener la guerra de la triple Alianza nos hizo (contribuyó por lo menos) segundos de Brasil geopolíticamente hablando. Negamos la expansión territorial como riqueza y Brasil es hoy dueño de una parte clave del pulmón más importante que tiene el planeta en momentos en que la riqueza de recursos naturales pasa a jugar un papel definitorio en la preservación de la calidad de vida de la población mundial.
Lo cierto es que los “aborígenes”, “indios” o “salvajes” que aparecen en los libros como parte del pasado están presentes en la sangre de la argentina actual. La “civilización” de cañonazos y genocidio sistemático que dio paso a la Argentina moderna no pudo borrar el rasgo autóctono que hace de nuestro país un integrante más de la América Latina, lejos de la perspectiva europeizante diseminada desde mediados del siglo XIX en adelante.
Discriminando por rasgos físicos o costumbres, leyendo una historia sin sustento y auto convenciéndonos de un status social diferente del resto de Sudamérica, llegamos al siglo XXI necesitados de brújula.
¿A dónde irá México si niega su procedencia azteca o maya?, ¿a dónde irá Perú si olvida su origen incaico? ¿A dónde va China si obstruye sus venas por donde fluye la visión de un mundo particular para pararse frente al mundo occidental? Estados Unidos asimiló su esencial rasgo cultural de sistematizar la vida de su población como formato organizacional de base y para ello usó algunas reglas griegas. Pero en algunas sociedades donde ha llegado este rasgo norteamericano (como influencia de sistematización) no hizo más que grietas en la vida social y familiar cotidiana; Francia, como ejemplo, tiene a su juventud fragmentada en busca de quién sabe qué cosa...Quizá olvidaron a Napoleón. Se dice que tenía sarna pero él supo estar con la población aunque tuviera sarna y su grandeza pasa también por no haber negado su procedencia.
La sarna de los argentinos es el origen amerindio. Bienvenida sea...
No somos lo que (muchos) creemos que somos. Lo que tampoco significa es que seamos peores o mejores. La sarna de los argentinos es el origen amerindio y quizá seamos distintos por una característica poco feliz y nada útil a nuestro porvenir; el desconocimiento y/o negación de nuestra identidad más profunda. Será cuestión de cambiar una distinción por otra. Buscar que el conjunto de la comunidad se aboque en los próximos 100 años a, primero, difundir masivamente dicha identidad, luego asimilarla socialmente y finalmente darle lugar en el devenir de los desafíos políticos y sociales que se presenten. El principio de todo este intento va a determinarlo la educación. Por ello el Ministerio puede y debe desarrollar programas que abarquen esta nueva perspectiva. Ø
 
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